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El legado que Nicolás Muller dejó en una caja de zapatos

La muestra 'La mirada comprometida' recopila un centenar de fotografías rescatadas por su hija, la también fotógrafa Ana Muller

El legado que Nicolás Muller dejó en una caja de zapatos
NICOLÁS MULLER

Hay miradas que encuadran la realidad sin necesidad de visor. La de Nicolás Muller (Orosháza, 1913-Llanes, 2000) supo recrearse en el rostro curtido por el sol del campesino. En la espalda encorvada de la vendedora ambulante que, usando un paraguas como bastón, desoye el crujir de sus rodillas.

Esa mirada suya que delimitaba los encuadres mucho antes de disparar no siempre fue respetada. En más de una ocasión, las imágenes de este fotógrafo fueron reajustadas para adaptarse a las necesidades de las publicaciones. Viéndose recortadas y adulteradas, las nuevas estampas a veces se tornaban casi irreconocibles respecto a su original, arrojando apenas un bocado que dejaba siempre con ganas de más.

Un centenar de fotografías que nunca llegó a producir o que fueron usadas en este tipo de trabajos editoriales nutren ahora la exposición La mirada comprometida, que la Sala El Águila le dedica hasta el 30 de mayo. Inéditas en su mayoría, fue su hija Ana quien localizó este material en una caja de zapatos, almacenada durante años en el estudio que su padre había tenido en Madrid. Un hallazgo materializado en más de 3000 negativos guardados en pequeños sobres y que, hasta ahora, habían permanecido sumidos en el más absoluto de los silencios.

La vida de Ana Muller está indisolublemente ligada a esas cuatro paredes, donde pasó gran parte de su adolescencia trabajando como aprendiz de su padre. Tras su marcha a Asturias a finales de los años 70, convertida ya en fotógrafa, volvió a la capital una década más tarde para relevarle al mando del estudio.

NICOLÁS MULLER

Por eso, el contenido de esa caja de zapatos supuso mucho más que un simple hallazgo. Fue la confirmación de que el legado de Muller, hasta el momento limitado a los documentos que custodia el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, seguía creciendo. Sumando nuevas pinceladas al retrato de un fotógrafo que, pese a ser testigo de una época que llenó a Europa de cicatrices, quiso que su mirada fuera más allá de los desastres de las guerras. No hay que olvidar que Muller, miembro de esa selecta nómina de artistas húngaros en la que se enmarcan André Kertész, Brassaï o Robert Capa, vivió en su tierra natal los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial y, al igual que la mayoría de judíos, tuvo que emigrar para salvar la vida.

Visitar ahora esta exposición comisariada por su hija es adentrarse en un recorrido vital por los países en los que vivió y que se integra así por 125 imágenes tomadas entre 1930 y 1960, realizadas en España, Francia, Hungría, Marruecos y Portugal. En esta suerte de diario afloran algunas de las inquietudes del Muller más auténtico, como confirma el retrato cotidiano de la vida obrera de su tiempo. Tal fue su interés que su primer libro de fotografías, publicado en 1937, llevó por título Vida de nuestros campesinos.

Apenas un año después de trasladarse en París, donde la sensación de libertad que tanto ansiaba vino aderezada de la estimulante compañía de una larga lista de artistas, Picasso incluido, la noticia de que Francia entraría en guerra con Alemania le impulsó a desplazarse a Portugal. Tras una corta estancia bajo la dictadura de Salazar, fue encarcelado y obligado a abandonar el país, asentando su nueva residencia en Tánger.

NICOLÁS MULLER

En este lapso de tiempo, en el que abrió su propio estudio fotográfico dedicado al retrato y a todo tipo de acontecimientos sociales, se sucedieron los que él mismo refirió como "los años más felices" de su vida. Se registraron también las inauguraciones de sus primeras exposiciones en Tánger y en Madrid, donde acabó por trasladarse a finales de la década de los años 40.

A partir de entonces, su biografía no deja de salpicarse de momentos destacados: desde la apertura de un nuevo estudio en plena Castellana, hasta la obtención de la nacionalidad española, pasando por su incorporación a múltiples tertulias de las que, más adelante, brotará su famosa serie de retratos de artistas e intelectuales españoles. Pío Baroja, Ortega y Gasset o Camilo José Cela fueron algunas de las caras conocidas que para él posaron. Tras retirarse en 1980 a Asturias dejando su estudio en manos de hija Ana, la estela de Muller pudo seguirse en importantes muestras y exposiciones. Hoy, 20 años después de su muerte, su obra sigue latiendo en el imaginario colectivo. Y también en una caja de zapatos.

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