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El infierno de Trump

El miércoles Joe Biden asumía la presidencia de los Estados Unidos poniendo fin al periodo más nefasto y grotesco de la Casa Blanca. El nuevo mandatorio norteamericano no necesitó saludar a su predecesor, que ni siquiera tuvo la cortesía de asistir a la ceremonia. Es seguro que Biden lo agradeció porque cualquier gesto público de gentileza con semejante personaje chirría. 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una foto de archivo.

La mayoría de quienes se han mostrado afectuosos y complacientes con Donald Trump por interés político o económico esconden las fotos que antes exhibieron por miedo a que ahora resulten tóxicas. Ninguno de ellos imaginó que todo un presidente de los Estados Unidos llegara tan lejos como llegó aquel 6 de enero arengando a los tarados que asaltaron el Capitolio. Ni el propio Trump imaginó las consecuencias de encender la mecha de aquella traca final que dejó atónito a todo el planeta. Su egolatría patológica le impidió predecir que aquello podría írsele de las manos. De esa forma, justo al contrario de lo que pretendía, inoculó en unas horas la más eficaz de las vacunas que pudiera concebirse contra el trumpismo. No hay que ser un avezado sociólogo para colegir que buena parte de los más de 70 millones de norteamericanos que le votaron en noviembre, visto el alcance de sus delirios, no lo volverían a hacer.

En la base de Andrews donde dijo que volvería "de alguna forma" había cuatro gatos escuchándole y su propia esposa al llegar a Florida le soltó la mano dejándole solo en la escalerilla del Air Force One. El divorcio le ronda.

"No es descartable que [Trump] acabe enfundado en uno de esos trajes naranjas que uniforman a los inquilinos de las prisiones federales"

Con Biden en la presidencia y mayoría demócrata en las cámaras, al Partido Republicano le espera una larga travesía del desierto y una catarsis profunda tras un proceso de desintoxicación del trumpismo. No será fácil porque algunos de sus líderes más estelares se han quemado en la misma hoguera que su malogrado candidato a la reelección. Y quienes siguieron fanática e irreflexivamente al histriónico flautista habrán de soportar la visión del ídolo caído abrasándose en las llamas del infierno judicial que le aguarda.

Una vez aprobado el impeachment en el Congreso será el Senado quien lo juzgue por incitación a la insurrección, lo que de prosperar le inhabilitaría políticamente de por vida lastrando incluso el futuro de sus colaboradores.

No será este el único problema con la justicia que impida a Donald Trump vivir plácidamente disfrutando de su abultada fortuna personal y haciendo el payaso en las teles de extrema derecha que le engordaron hasta sentarlo en el Despacho Oval. Son tantos los casos e investigaciones que tiene abiertos que resulta más que probable que pase el resto de sus días en los tribunales.

Joe Biden jura ante la biblia su toma de posesión como 46º presidente de los Estados Unidos

Desprovisto ya de la inmunidad presidencial, Trump habrá de enfrentarse al fiscal de distrito de Manhattan, que le acusa de una "amplia y prolongada conducta criminal" en la que se acumulan distintos delitos, como el fraude bancario y de seguro o la evasión de impuestos. Baste recordar las revelaciones de The New York Times según las cuales el multimillonario Donald Trump solo pagó a Hacienda 750 dólares en el 2016 y ni un solo dólar en 10 de los últimos 15 ejercicios. Si a ello sumamos las investigaciones abiertas por fraude inmobiliario, financiación ilegal de campaña, por difamación, que tiene varias, y otras como la de su sobrina, que le demandó por estafarla utilizando documentos falsos, el futuro de Trump pinta en bastos. Tanto que no es descartable que acabe enfundado en uno de esos trajes naranjas que uniforman a los inquilinos de las prisiones federales. Es el infierno que se ha ganado.

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