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El horror de la lasaña congelada del supermercado: insana y cargada de calorías

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Con el permiso de la archiconocida pizza, la lasaña es uno de los platos italianos más típicos y más populares fuera de sus fronteras. Como es el caso de mucho otros, cuyos orígenes se remontan en el tiempo, la lasaña era muy diferente hace siglos de cómo es hoy, evolucionando y adquiriendo variaciones antes de configurar su configuración actual.

La versión más típica de este plato es la lasaña a la boloñesa, con la conocida como salsa boloñesa o salsa ragú, aunque existen multitud de recetas en las que se incluyen otros ingredientes, como, por ejemplo las espinacas, u otras verduras, que complementan o sustituyen a la carne. Otros ingredientes necesarios para poder cocinar una buena lasaña son la harina, el huevo, y la bechamel. Todo ello ligeramente recubierto, en la capa capa superior, con queso parmesano.

Y, a diferencia de muchos otros platos del país transalpino, su elaboración, en la que no puede faltar el horneado, es bastante compleja. Por ello, en muchos hogares prefieren no hacerla en casa, sino comprar una de las múltiples variedades precocinadas, por lo general, congeladas.

Es cierto que en sus versiones caseras no es un plato aconsejable para todos los días. Sin embargo, no debe considerarse especialmente perjudicial para nuestra salud, en especial algunas de sus variedades, siempre y cuando se consuma con moderación y los ingredientes sean adecuados.

Ultraprocesada, mala elección

No obstante, las lasañas precocinadas son otro cantar, y es bien sabido que los alimentos congelados y ultraprocesados son enemigos claros de una dieta sana y equilibrada. Si la lasaña y la pizza rivalizan por ser el plato italiano más popular, también lo hacen en la pugna por ser el más famoso de entre los ultraprocesados que podemos encontrar en los congeladores del súper.

Este tipo de alimentos, según la clasificación NOVA, herramienta encargada de categorizar los alimentos en función de su procesamiento, son los que en su elaboración ha tenido lugar un procesamiento industrial, modificando parte de los mismos. El procesado de los alimentos en ocasiones nos sirve para asegurar otras cuestiones. Si bien en algunos casos, este procesamiento puede tener rasgos positivos, como el uso de tratamientos por calor que destruyen bacterias o los aditivos que previenen la aparición de otros microorganismos, lo cierto es que también implica añadir otros nutrientes muy poco saludables, como el hecho de añadir azúcares y grasas saturadas a los alimentos naturales.

De esta forma, se consigue que al paladar nos resulte mucho más sabroso. En el caso de las lasañas este tipo de operaciones puede significar la inclusión de grasas saturadas, azúcares para contrarrestar la acidez de las verduras o mayores cantidades de sal. De esta forma, se alteran los valores nutricionales de una plato que elaborado de forma casera, sería mucho menos perjudicial.

Otro problema que nos podemos encontrar en este tipo de productos es que a lo largo del procesamiento, los alimentos pierdan parte de sus propiedades, al alterarse su composición de vitaminas, minerales u otros nutrientes, que también puede ocurrir durante el procesamiento de los alimentos es la pérdida de propiedades. Determinados alimentos contienen vitaminas o minerales en gran medida y tras el procesamiento industrial los pierden.

Trazabilidad en precocinados

Un tercer factor que debe tenerse en cuenta es el de las dificultades para conocer de dónde proceden los ingredientes de los que se compone la lasaña. Un problema que se puede dar en otros platos de este tipo. Así, la trazabilidad resulta muy complicada y puede dar lugar a que la calidad de los mismos no sea la esperada. Un caso extremo que fue muy sonado en su momento, fue el que ocurrió en Reino Unido, aunque se extendió a otros países de Europa.

Un análisis encontró que entre los ingredientes de un determinado tipo de lasaña precocinada se encontraba la carne de caballo, algo muy diferente a lo que, obviamente, se especificaba en la etiqueta y que, seguro, no fue del agrado de los consumidores. En este ejemplo, se pudo establecer que la lasañas procedían de la marca sueca Findus, pero que la producción se hizo en Luxemburgo con la participación de una empresa francesa, mientras que una parte de los ingredientes, la carne, procedía de Rumanía, gracias a las gestiones de unos intermediario chipriotas y holandeses.

De esta forma, la imposibilidad de realizar la trazabilidad de los ingredientes, ya sean carnes o verduras, impide tener la certeza de si realmente son los que dice el etiquetado, si han todos los requisitos sanitarios o si, simplemente, son los que se dicen que son.

Minimizar los factores negativos

La lasaña es un plato muy sabroso, por lo que mucha gente no quiere renunciar a él. Pero, sin duda, prepararlo en casa, controlando los ingredientes y sus proporciones es la mejor opción.

A pesar de todo, es probable que muchos no quieran o no puedan cocinarlo con sus propias manos. Por eso, hay algunas pautas que, en caso de no querer renunciar, pueden minimizar los efectos negativos de comer, como estas recomendadas en la revista Consumer:

  • Reducir a 100 gramos la ración típica de 250 gramos, que aproximadamente supone una ingesta de energía, grasa, grasas saturadas, azúcares y sal por encima de lo recomendado en una comida (2.000 kilocalorías, 70 gramos de grasa, 20 gramos de grasa saturada, 90 gramos de azúcares y 5 gramos de sal).
  • Vigila los ingredientes. Es decir, elegir las que se hayan elaborado con ingredientes que permitan cuidar el perfil nutricional: leche desnatada, pasta integral y verduras. Muy importante vigilar la cantidad de sal.
  • Verdura mejor que carne. Aunque su trazabilidad también es complicada, por lo general, sus valores nutricionales suelen ser más equilibrados.
  • Más caro no siempre es mejor. Hay que tener en cuenta que el coste puede depender muchos factores, y no necesariamente de la calidad. Según señala Consumer, "lo que de verdad influye en el precio es la marca". Por tanto, hay que ser consciente de esto y evitar tomar el precio como garante de un buen producto.

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