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El heroico capitán Bulnes, los niños cornetas de la Guerra del Rif y otras historias del «Correo del soldado»

Melilla, 1921. Los soldados aprovechan los momentos que les dejan libres los deberes militares para escribir cartas+ info
Melilla, 1921. Los soldados aprovechan los momentos que les dejan libres los deberes militares para escribir cartas - Lázaro

«Amigos y lectores del Ejército y de la población civil de Marruecos me escriben diariamente enviándome datos y referencias sobre los sucesos ocurridos en las diferentes zonas y muy especialmente, ahora, en la de Melilla. El interés que ofrecen esas informaciones espontáneas me mueve a abrir en las columnas de ABC esta sección, que alternaré con las otras que me están confiadas. La que inicio hoy con el título del «Correo del soldado» reproducirá o extractará, con el comentario correspondiente, si hubiera caso, esas noticias. Inútil adertir que no me ocuparé sino de aquellas que vengan con firma autorizada, bien que yo las reserve cuando sea conveniente».

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Con estas palabras el célebre escritor José Ortega Munilla abrió el 6 de agosto de 1921 un hueco en este periódico a cientos de pequeñas historias relacionadas con la guerra del Rif. Una sección que fue seguida con gran interés por los soldados destinados a Marruecos y sus familiares ya que narraba en ella detalles personales de sucesos o compañeros que conocían bien. O incluso de ellos mismos.

Ortega Munilla publicó una quincena de estos correos del soldado durante 1921 y 1922, con relatos heroicos como éstos que a continuación recordamos de forma resumida:

El capitán Bulnes

«A los que en Melilla y en Málaga, por las referencias de los viajeros, conocen los terribles acontecimientos de Igueriben, se les oye referir con voz entrecortada por el dolor, lo que sufrieron aquellos hijos de España en ese trance... Millares y millares de moros surgían de los barrancos, cercaban la posición de Igueriben, atacando con furia y tesón extraordinario. Agotadas las municiones de nuestra tropa, agotados los víveres, pasaron cinco o seis días los soldados sin un sorbo de agua con que remediar la sed. Y eso en el clima africano, en pleno campo, sin defensa contra el sol... Nadie pensaba en rendirse a nadie se le ocurrió la idea de huir y de abandonar la posición. Los españoles aguantaron el terrible fuego. Perdida ya la esperanza de salud, sólo les mantenía en su puesto el imperativo del deber: había llegado al hora del supremo heroísmo.

El capitán Arturo Bulnes+ info
El capitán Arturo Bulnes

(...) El capitán Arturo Bulnes entró unos momentos en su tienda y salió vestido con su mejor uniforme -era la etiqueta de la muerte- guardando en el bolsillo de la guerrera dos fotografías: la de su familia y la de la mujer con quien iba a contraer matrimonio en breve. Y dijo a los soldados: "El día 7 de agosto iba a casarme. Adelanto unos días la boda. ¿Reunirnos...? Aquí no puede ser; será desde luego, en la otra vida..." Ordenó Bulnes a los muchachos que aún quedaban en pie que se marchasen. Murió el comandante Benítez y luego perecieron todos los oficiales: todos menos uno, porque Bulnes seguía en pie. Era el jefe de la posición.

Se le veía desde lejos, con los prismáticos, mover su sable, disponiendo la retirada de los soldados. Parece que no quedaba ya ninguno. Bulnes, enhiesto sobre el parapeto, señaló al enemigo su pecho para que disparase sobre él. Las balas le respetaban; pero al fin hubo una que nno podía equivocarse. Y el héroe desgraciado cayó muerto...»

Los trompetillas de Lusitania

«Pocas tardes ha que embarcaba en Málaga para Melilla el regimiento de Caballería de Lusitania, que tan brillantes glorias alcanzó en las pasadas campañas del Rif. Entre la masa de soldados destacábanse dos niños vestidos con el lindo y bizarro uniforme del Cuerpo. Eran dos cornetillas del regimiento. Uno de ellos, llamado Isidoro Pérez Mellado, natural de Loja, tiene quince años de edad. El otro, Rafael González Chacón, de catorce, nació en Granada. Ambos habían ingresado en filas como voluntarios en el mes de Febrero último...

El público despidiendo a las tropas que embarcaban para Marruecos+ info
El público despidiendo a las tropas que embarcaban para Marruecos

Sin fanfarronería, conservando los mozuelos la impresionabilidad infantil, un poco conturbados por la atmósfera de entusiasmo que allí palpitaba, respondían a las preguntas afectuosas de las gentes. "¿A qué vais a Marruecos?" "A cumplir con nuestra obligación". Unas damas de la Cruz Roja regalaron a esos niños, que acaso son los soldados más jóvenes del Ejército, unas cuantas pesetas. Ellos aceptaron el regalo, dando gracias con humildes palabras. Tal vez ellos, al ver cerca de sí mujeres cariñosas, pensaron en sus madres... Cuando llegó la hora, los chicuelos pasaron por la tabla que unía el vapor con el muelle y desaparecieron en la masa militar que llenaba el puente... Yo e atrevería a suplicar al ilustre jefe de Lusitania que disponga que alguien me dé nuevas de los trompetas».

Cumpliendo su deseo, el coronel D.F.R. del Porlat le escribió una carta en la que le decía que hasta ese momento se estabn comportando «como soldados veteranos, animosos y valientes, siempre con la alegre canción en los labios, contentos, desdeñadores del peligro». «Ellos agradecen a usted que se haya ocupado de ellos y me encargan que le transmita la carta que le han escrito», de la que Ortega Munilla extractaba algunas palabras: «Hemos leído el artículo de ABC y estamos muy agradecidos a todos los que se interesan por nosotros.. (...) Nos dice el ayudante que nos va a sacar un retrato. Cuando lo haga se lo enviaremos, y verá usted que no somos tan chicos...».

Vicente Fernando García

«En el padrón de la gloria que ahora llena sus hojas con listas larguísimas de héroes y de mártires merece especial mención el alférez de Regulares D. Vicente Fernando García y García de la Torre. Era uno de esos muchachos que surgen de las Academias militares con el corazón lleno de ansias de gloria. Contaba diez y nueve años. Al salir de la Academia de Infantería fue destinado a Algeciras, donde residía su madre. Poco después pidió pasar a África como voluntario. Tomó parte en diversos combates. Aún quiso ver más de cerca la muerte. Entonces logró ingresar en las fuerzas Regulares. Tomó parte en una acción, y al saber que iban a pelearse de nuevo (la localidad está borrosa en el periódico), solicitó de su capitán que le mandara a la refriega. No le tocaba. Él forzó la suerte. Fue el día 29 de junio último.

El grupo de ametralladoras de los Regulares de Ceuta batiendo al enemigo+ info
El grupo de ametralladoras de los Regulares de Ceuta batiendo al enemigo

Vicente Fernando García se portó como un bravo. Serenidad, brío, ímpetu (...) Una bala rifeña hirióle en el vientre. Sintióse morir, pero conservó la grandeza de su espíritu. "Siete horas -dice un elocuente cronista- duró su accidentada peregrinación desde la línea de fuego al hospital de sangre del Zoco del Arban de Beni-Hassas... Viendo que su vida iba a consumirse, exclamó: "Telegrafiad a mi madre que me muero, pero muero contento, porque he dado mi sangre por la Patria"... Falleció el día 3 de julio"».

Una crítica y una petición

Aquel 11 de agosto Ortega Munilla relató también el heroísmo del legionario Manuel Torres Menéndez y avisó a sus lectores que como tenía que ser breve se limitaba a consignar estas historias sintéticamente. Su intención era sacar a la luz «aquellos sucesos notables en que se demuestra el valor y la abnegación de los luchadores». «Si nos resignáramos al silencio o a la necesariamente lacónica y fría narración de los despachos oficiales -sostenía- no seríamos dignos de la intrepidez de nuestros soldados».

Aunque en el siguiente «Correo del soldado», su lealtad para con los lectores le obligó a manifestar que en medio de la multitud de cartas que le dirigían aplaudiendo su iniciativa rememoradora de héroes y víctimas, había unas pocas que le decían: «Estamos ante un gran desastre, y no es la hora de elogios para los combatientes. Es mejor la de las responsabilidades». Una consideración con la que Ortega Munilla no estaba de acuerdo. «¿Cómo sería tolerable el silencio respecto a sus actos de bravura y de sacrificio?», se preguntaba. Y continuó contando historias que quería que quedaran en la memoria de todos. Como la del soldado Jesús Cuevas, propuesto para la Laureada por su conducta en el ataque de Teffer, o la del cabo del regimiento de Alcántara Epifanio Lázaro Barbas, o la del teniente del regimiento de Ceriñola José Castrillón, destacado en Annual.

Vista general del campamento de Annual+ info
Vista general del campamento de Annual

En una carta que había recibido le narraban cómo «Llevaríamos como una hora disparando. Diósenos orden de abandonar la posición. Salió la compañía bajo la salvaguardia del jefe de la cabila, que había prometido no hostilizar a la tropa. En cuanto comenzamos la retirada, los moros nos acometieron. Creo que no serían ni 20 los que quedamos a vida; y de éstos casi todos heridos. Allí murió el capitán D. Julio Andreu. El teniente Lasso y de igual graduación Sánchez cayeron también. La misma desgracia sufrieron cuatro sargentos y un asistente... El cabo Salgado, que fue herido y es el narrador del suceso, ya va mejorando: anhela pasar unos días con su familia antes de volver, ya curado, a operaciones. ¿No sería esto posible? Muchos se hallan en ese caso. Ello disminuiría el número de hospitalizados y abreviaría las convalecencias... Del teniente Castrillón nada se ha sabido. Su joven esposa sufre el martirio de la incertidumbre...»

Los de Intendencia

«Ahora inspira estas líneas el copioso archivo que tengo sobre la admirable conducta de los jefes, oficiales, clases y soldados del Cuerpo de Intendencia. (...) Uno que conoce bien lo que han hecho y hacen los de la Intendencia me envía notas que debieran ser publicadas íntegramente», escribió Ortega Munilla antes de reproducir alguna de ellas: «Lo escaso de esos efectivos obliga a veces a hacer cada grupo un convoy diario, andar muchos kilómetros aguantando los calores y los chubascos, sin tiempo para comer descansadamente, en perpetua zozobra. No sólo han de cuidar del sagrado depósito que se les entrega, y del que dependen la salud y la fortaleza de las tropas, sino también del ganado porteador. Y muchas veces, a la hora en que se rinde el más vigoroso, esos hombres han de prestar por la noche el servicio de parapeto para la seguridad del recinto.

Llegada de refuerzos. El muelle durante el desembarco de los soldados de intendencia en agosto de 1921+ info
Llegada de refuerzos. El muelle durante el desembarco de los soldados de intendencia en agosto de 1921 - José Zegri

El heroico sacrificio de la sección de Igueriben, al mando del alférez Ruiz Osuna, quien falleció en la lucha, y la ordenada retirada, añadieron lauros a los ya conseguidos. La conducta de los de Intendencia en Melilla en los primeros angustiosos momentos que sucedieron al desastre, cuando acudieron al servicio de vigilancia a las órdenes del insigne coronel Riquelme, constituyó nueva causa de gloria».

Los Veterinarios Militares. Tomás López Sánchez

Tras destacar la labor de los veterinarios militares en Marruecos y el juicio abierto para la concesión de la laureada de San Fernando al veterinario segundo Tomás López Sánchez por su heroico comportamiento en la defensa de Zeluán, Ortega Munilla refirió este relato: «López Sánchez estaba destacado en Monte Arruit, donde vivía con su esposa y sus tres hijitos. Al saber que iban a ocurrir allí graves sucesos, López envió a su familia en el último tren que pudo efectuar el recorrido. Él quedó en su puesto.. Recibió orden del comandante de la posición de ir a Zeluán en demanda de municiones. Rompiendo el cerco enemigo, evitando el fuego de los fusiles que en la negrura de la noche buscaban víctimas, llegó López Sánchez a Zeluán y cumplimentó lo que se la había mandado. Intentó regresar a Monte Arruit; pero ya entonces llegaba la fuerza en retirada».

La reconquista de Zeluán. Entrada de las tropas en la Alcazaba+ info
La reconquista de Zeluán. Entrada de las tropas en la Alcazaba

El jefe de Caballería Francisco Bravo, que se salvó de la tragedia, escribió: «El enemigo nos hostilizaba constantemente, desde el cementerio, donde se había atrincherado, imposibilitándonos la aguada. El capitán Carrasco, de Policía, jefe de la posición, pidió voluntarios para una salida, con el propósito de desalojar a los harqueños de sus defensas; Tomás López acudió en el momento y con otros veinte bravos, de todas las armas, realizó la asombrosa salida, matando a 16 moros que ocupaban la trinchera. Aquel día conseguimos realizar la aguada sin contratiempo. Esta empresa la repitió López Sánchez otra vez: cercó a los hostiles, mató a los que no huyeron y recogió muchos picos y palas que los rifeños empleaban para atrincherarse, y que nos sirvieron para abrir un pozo: desgraciadamente no dio agua y siguió el martirio de la sed». Y Bravo concluía diciendo: «Cuando se rindió la Alcazaba, de cuya defensa había sido el alma, le vi por vez última (a López Sánchez) y no sé la suerte que correría». El veterinario perdió allí su vida.

El Alférez Lazaga

«El nombre del alférez de navío D. José Lazaga y Ruiz es popular en todos los ámbitos españoles: un niño que se ha hecho célebre, dejando en la memoria de los buenos ciudadanos una estela luminosa de honor... He aquí una síntesis de sus hechos y de los de su colega D. Pedro Pérez de Guzmán: "Comisionado por su comandante, fue con dos hombres señaleros a la posición de Sidi-Dris, estando sitiada por numeroso contingente enemigo, y atravesando la línea hostil y bajo un intenso fuego, llegó a la posición y se hizo cargo de sus necesidades. Regresó nuevamente a bordo para dar cuenta de su comisión. En virtud de sus noticias, el comandante Sr. Salas envió al alférez de navío D. Pedro Pérez de Guzmán con 15 hombres y dos ametralladoras, coadyuvando dichas fuerzas a la defensa de la posición; tomó el citado oficial el mando de la Artillería, al morir el oficial heroico que la mandaba.

Entierro de un héroe en San Fernando (Cádiz). Llegada al Panteón de Marinos Ilustres del cadáver del alférez de navío Lazaga
Entierro de un héroe en San Fernando (Cádiz). Llegada al Panteón de Marinos Ilustres del cadáver del alférez de navío Lazaga - Florez

Cuando la evacuación de Sidi-Dris, el señor Lazaga en un bote del Laya y el señor Pérez de Guzmán en otro acudieron a la playa para salvvar a los soldados que buscaban amparo en nuestros buques y allí fue herido mortalmente, bajo el nutridísimo fuego del enemigo, que materialmente los fusilaba para oponerse a la operación, así como el motorista, su ayudante y varios marineros; y el Sr. Pérez de Guzmán también fue herido, aunque más levemente, consiguiendo ambos recoger a cuantos acudieron a refugiarse en los botes y conducirles a bordo del cañonero».

El Artillero Bandín

«No hay iniquidad más negra que el olvido de los altos servicios», afirmó Ortega Munilla antes de recordar con todo lujo de detalles la gesta del capitán de Artillería Manuel Bandín Delgado, quien, pese a encontrarse enfermo en Melilla, al enterarse de lo ocurrido en Igueriben y del ataque a Annual, marchó hacia allí para estar junto a su batería. Una vez logró llegar a la posición, durante varios días «no tuvo ni un momento de reposo, encontrándose siempre en los sitios en que con mayor empuje atacaban los moros, que no dejaban de hostilizarla, continuamente; apenas comió ni bebió, no desnudándose ningún día ni durmiendo, por encontrarse siempre al frente de todo».

Desastre de Annual. Recogiendo cadáveres+ info
Desastre de Annual. Recogiendo cadáveres

El 30 de julio, una vez que llegó el general Navarro y tomó el mando, se encontraba en el parapeto haciendo fuego con un fusil, pues era muy buen tirador, fue herido de gravedad en el pecho. «El día 9 de agosto, fecha en que fue evacuada la posición, el heroico capitán era sacado en una camilla y ya no se sabe más de él, asegurándose que fue asesinado junto al teniente de su batería, D. Pedro Gay, que marchaba a su lado y cuyo cadáver ha sido identificado», según el relato que reprodujo Ortega Munilla.

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