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El futuro poscoronavirus ya está en disputa

Nosotros, los que hoy estamos vivos, nunca nos hemos enfrentado a una amenaza como la del nuevo coronavirus. Si tantos repiten que el mundo nunca más será el mismo, ¿cuál es el mundo que queremos?

Que nadie se engañe: mientras enfrentamos la pandemia, esa respuesta ya se está disputando. Es la que determinará el futuro próximo. Luchar por la vida que el virus amenaza es la necesidad imperiosa de la emergencia. Pero también hay que hacer algo todavía más difícil: luchar por el futuro posvirus. Si no lo hacemos, recuperar la “normalidad” será regresar a la brutalidad cotidiana que es solo “normal” para unos pocos, una normalidad arrancada de las vidas de muchos a quienes diariamente les dejan el cuerpo exhausto. La interrupción de lo “normal”, causada por el virus, puede ser una oportunidad para diseñar una sociedad basada en otros principios, capaz de detener la catástrofe climática y promover la justicia social. Lo peor que nos puede pasar después de la pandemia es precisamente volver a la “normalidad”.

Las grandes corporaciones ya empiezan a moverse para garantizarse el control de lo que está por venir. La semana pasada, Donald Trump recibió a las compañías petroleras en la Casa Blanca. No fueron para discutir cómo salvar a los más pobres de los efectos de la pandemia. En el Reino Unido, las compañías aéreas están presionando para obtener subsidios gubernamentales y, por supuesto, la desregulación. Tampoco se reunieron para tomar el té y discutir inversiones en el área social.

Ante el nuevo coronavirus, incluso bastiones de la prensa liberal, como la revista The Economist y el periódico Financial Times, ambos nacidos en la cuna del capitalismo, han anunciado que es necesario dar un paso atrás. Una mayor intervención del Estado y políticas como la de ofrecer una renta básica y la de tasar las grandes fortunas, anteriormente consideradas “exóticas”, se han incluido en el nuevo contrato social en el mundo pospandémico. Conceder un poco para garantizar que nada cambie en esencia es un viejo truco.

Con el virus, descubrimos que quienes afirmaban que era imposible dejar de producir, reducir el número de vuelos, aumentar las inversiones gubernamentales y cambiar radicalmente los hábitos simplemente mentían. El mundo ha cambiado en menos de tres meses en nombre de la vida. También en nombre de la vida necesitamos mantener las buenas prácticas que han surgido en este período y presionar como nunca antes por otro tipo de sociedad, tejida con otros hilos.

Es algo inaplazable. Si no hacemos eso, el mundo poscoronavirus será aún más brutal y el colapso climático se agudizará. Para el exterminio de la naturaleza no hay y nunca habrá una vacuna. Nuestro futuro depende de que enterremos el sistema capitalista que ha agotado el planeta y nos ha devuelto al tiempo de las pandemias. El comunismo, que explotó, destruyó vidas, erosionó la naturaleza y oprimió los cuerpos, tampoco sirve. Tenemos que encontrar otros caminos. Y rápido. Muchos dicen que es ingenuo. Otros dicen que es imposible. Lo ingenuo es sentarse en la silla de clavos en la que se ha convertido en el presente y esperar que los efectos de la brutal sobreexplotación de la naturaleza terminen de deformar la faz del planeta. Lo imposible es seguir viviendo como estábamos viviendo.

El aislamiento físico tiene que utilizarse para producir pensamiento social y actuar colectivamente, en red. Este artículo, dividido en dos partes, pretende contribuir al debate del futuro que debe entablarse en el presente. Ahora.

1) En Brasil, todos los caminos conducen al neoliberalismo

El presente, en Brasil, es una trampa. Tenemos a un antipresidente —y la antipresidencia es un concepto creado por el bolsonarismo— que se opone a su propio Gobierno. La técnica ha sido clara desde el comienzo de su mandato, pero ha adquirido contornos dramáticos en la pandemia, cuando Jair Bolsonaro ha empezado una guerra contra su propio ministro de Sanidad. La negación de la realidad como método para mantener el poder tiene varios efectos en la población. Uno de ellos es ocupar las noticias y secuestrar el debate.

En lugar de debatir la amenaza más urgente, estamos entablando el falso debate que Bolsonaro ha lanzado contra los brasileños: aislamiento o no aislamiento, es decir, salud o economía. Esto es lo que sucede cuando se elige a un hombre que, en el pasado, planeaba hacer estallar bombas en los cuarteles para presionar por un aumento salarial. Hoy las bombas de Bolsonaro son de desinformación, apuntan al caos y también pueden matar.

El problema es aún mayor, porque negar la realidad también produce realidad. En este caso, no solo la de poner en riesgo a la población, sino también la de hacer creer a la gente que existe una oposición real. Esta ilusión que crece en Brasil, incluso por desesperación, puede comprometer el futuro de manera irreversible.

Si Jair Bolsonaro renunciara, lo que parece muy poco probable en este momento, o si fuera destituido, lo que también parece distante, el vicepresidente asumiría el cargo. Hamilton Mourão es un general de cuatro estrellas de la reserva que, hasta las elecciones presidenciales de 2018, era considerado un golpista por varias declaraciones públicas que había hecho. Durante la campaña, llegó a decir en una entrevista en el canal GloboNews que, en “caso de anarquía”, un presidente puede dar un “autogolpe” con “la ayuda de las fuerzas armadas”. En comparación con Bolsonaro, hasta un pitbull parece “moderado”. Es lo que sucede con Mourão, como escribí hace más de un año.

El tercero en la jerarquía es Rodrigo Maia, del partido Demócratas (DEM). Además de estar acusado de corrupción, el presidente de la Cámara de los Diputados se identifica plenamente con el neoliberalismo que nos ha llevado a la situación actual y con las fuerzas más conservadoras del país, con la excepción (de momento) de los evangélicos sacadineros. Lo que convirtió a Maia en un ejemplo de moderación y competencia para lo que llaman “mercado” fue llevar a cabo una reforma de las pensiones, que, aunque era necesaria, claramente el modelo aprobado no era ni el mejor ni el más justo para los trabajadores, ya que precarizó todavía más su vida. Maia, a quien, hasta el advenimiento del bolsonarismo, la mayoría de los brasileños prefería ver muy lejos (o en la cárcel), se convirtió en una especie de oráculo del sentido común, lo que muestra la profundidad del abismo en el que se encuentra Brasil.

Y luego tenemos a los nuevos candidatos a estadistas: los gobernadores de São Paulo y Río de Janeiro. João Doria, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), y Wilson Witzel, del Partido Social Cristiano (PSC). Doria, el gestor privatizador, y Witzel, el defensor de la violencia policial en las favelas. Hasta ayer, ambos eran uña y carne con Bolsonaro. O vocal y consonante, en el caso de Doria, que fue elegido como “Bolsodoria”. Para contener la pandemia, solo siguen las orientaciones sanitarias internacionales en sus Estados, pero, como hacer lo obvio es hacer lo contrario de lo que predica Bolsonaro, se erigen en defensores del pueblo contra el bolsovirus. Sus ojos están puestos en las elecciones presidenciales de 2022.

Bolsonaro presta un gran servicio a sus ex mejores amigos. En São Paulo, en particular, libra a Doria de explicar la baja inversión en sanidad pública que ha realizado su partido a lo largo de los más de 25 años que ha estado al mando del Estado. A fin de cuentas, esta falta de inversión en el sistema público de salud es lo que resultará en muertes por coronavirus.

En todo el país, el falso debate eclipsa el verdadero debate. La pandemia ha mostrado la importancia de la sanidad pública. Y ha revelado toda la monstruosidad de la Propuesta de Enmienda Constitucional 95, creada por el Gobierno del expresidente Michel Temer para poner un techo al gasto público, una política neoliberal típica de Estado mínimo que eliminó miles de millones del presupuesto de Sanidad. Gran parte de esta factura se está pagando ahora. Con vidas.

En el certificado de defunción de las víctimas pondrá “muerte por coronavirus”. Pero, en una parte de los casos, lo que los habrá matado es la precariedad de la sanidad pública, el aumento de la desigualdad y de la miseria en los últimos años, la falta de inversión en saneamiento y de una vivienda digna. Y finalmente, el hecho de que una parte de la población todavía está expuesta al virus porque no se les permite dejar de trabajar.

La imagen de la trampa en la que está metida Brasil es el ministro de Sanidad, Luiz Henrique Mandetta. Al enfrentarse al jefe y tomar medidas obvias en la pandemia, Mandetta se ha convertido en el nuevo héroe nacional. Todos los errores, como tardar en proporcionar test, mascarillas y otros equipos de protección, se le perdonan. Bolsonaro, el principal oponente de su ministro, también le presta un gran servicio. Y a su propio Gobierno, ya que, sea cual sea el resultado, se lo puede atribuir o no. Es la astucia ser Gobierno y oposición a la vez.

Veamos quién es el nuevo héroe nacional, hoy adulado y apoyado por todos los campos ideológicos. Mandetta, un conocido defensor de los ruralistas, en el tema de la salud se manifestó abiertamente contra el programa Más Médicos y militó contra la ampliación de los casos en que se permite abortar. También lamentó la fragmentación de las familias que causó la Ley del Divorcio. Dilma Rousseff demarcó muchas menos tierras indígenas que sus predecesores, una de las razones por las que recibe severas críticas de indígenas y ambientalistas. Aun así, Mandetta pensó que la presidenta exageraba. “La presidenta está dirigiendo su ira contra los productores rurales, está poniendo todas sus ganas de que Brasil vaya mal en la agroindustria”, dijo en el pleno del Congreso en 2016. Al año siguiente, fue un crítico feroz de la operación Carne Débil, en la que la Policía Federal que investigó irregularidades en los almacenes frigoríficos.

El nuevo héroe brasileño señala dónde está Brasil. Cada uno que llegue a su propia conclusión. La oposición real, como ya se ha visto, es débil. No muestra cuál es su gran diferencia, y mucho menos convence a la población de que es diferente. Abrazada a Lula y al Partido de los Trabajadores (PT), o peleándose con Lula y el PT, la izquierda ha dejado de disputar por el país. Cree que disputa, por supuesto, pero a nadie le importa. La actuación más sólida es la del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), pero solo hace mella en un pequeño número de brasileños.

Esto no significa que la izquierda sea una solución, ya que una parte significativa de la izquierda brasileña —y del mundo— permanece anclada en el siglo XX, totalmente ajena a los principales problemas actuales, como la crisis climática y la destrucción de la vida natural en el planeta. Quien realmente hizo oposición en el Brasil prepandémico de los últimos años fueron grupos los identitarios: mujeres, jóvenes, negros e indígenas. La oposición es política, pero no tiene a los partidos políticos como protagonistas. Y aún se necesitan partidos políticos para disputar el futuro.

Por lo tanto, en el período posterior a la pandemia, o incluso durante la pandemia, dado que no se sabe si terminará, todos los caminos conducen a la derecha neoliberal. Este es el hoyo que Brasil tiene delante. Y también muchos países, sumidos en la crisis de las democracias occidentales, algunos teniendo que lidiar con déspotas elegidos.

Brasil, por lo tanto, tiene dos desafíos gigantescos. El primero es evitar que el virus mate a miles de brasileños. No hay duda de que serán los más pobres quienes morirán más. Los que no tienen casas compatibles con el aislamiento; los que han sido forzados por los empleadores a trabajar; los que han sido despedidos; los que viven de trabajillos, en la informalidad, y ya no pueden trabajar. Los que no podrán alimentarse con los 600 reales (117 dólares) que ofrece el Gobierno. Los que no tienen alcantarillado, no tienen agua y pronto tampoco tendrán comida. Los que enfermen y no encuentren camas en la sanidad pública, saboteada en los últimos años en nombre de la privatización y el lobby de los seguros de salud privados.

El subsidio de emergencia de 600 reales para los informales es otra prueba del hoyo paradójicamente grande y a la vez claustrofóbico en el que se encuentra el país. Ante los 200 reales (39 dólares) propuestos inicialmente por el ministro de Economía, Paulo Guedes, de repente 600 reales empezaron a sonar con notas de decencia. El valor, sin embargo, es totalmente indecente. Nadie vive en Brasil con una dignidad mínima con 600 reales. A la otra mitad de los trabajadores, los que tienen un contrato formal, el Gobierno ha permitido que se les reduzca la jornada laboral y el sueldo.

Para quien se lía con el significado de neoliberal, es esto. Vale la pena buscar definiciones más sofisticadas y completas. En un párrafo, lo que se puede decir es que los neoliberales creen que el Estado debería interferir lo menos posible y que el Mercado se autorregula. Para ello, es esencial debilitar las representaciones de los trabajadores y la palabra para todo es “flexibilización”. Privatizar, desregular, flexibilizar: estos son los verbos favoritos del neoliberalismo. Cada vez que se “flexibiliza” algo en Brasil, los trabajadores urbanos y rurales, los pueblos indígenas, la naturaleza y otras especies son los que sufren. Al trabajador precario con cada vez menos derechos se le da el hermoso y moderno nombre de “emprendedor”. Libre y autónomo para morir trabajando. Y, si no puede “emprender”, las razones del fracaso también le pertenecen. Fíjate, “emprendedor”, en qué situación te encuentras. Y si eso es lo que quieres seguir siendo.

En la etapa neoliberal del capitalismo, todas las relaciones se reducen y se someten, a la vez, al consumo. Lo que define a cada “individuo” es su capacidad de consumo. Sus opciones se reducen a elegir entre productos, marcas, precios, colores, formatos; su libertad consiste en consumir lo que le permiten sus ingresos y desear agotarse más para tener más dinero para consumir. Toda la vida está mediada por mercancías y, por encima de cualquier identidad, tú eres un consumidor.

Es justo con este sistema que se ha consumido el planeta, supuestamente a disposición de los consumidores; especies enteras han sido destruidas y otras han sido subyugadas para que sus cuerpos se consuman a un ritmo de producción industrial. Así, naces para —consumiendo tu cuerpo y tu tiempo— consumirte. Y, así, desde la revolución industrial, cuando empezó un proceso cada vez más rápido de emisión de CO2 al quemar combustibles fósiles (carbón, petróleo, etc.), los humanos se han convertido en una fuerza de destrucción del planeta.

Presionadas por el colapso de la naturaleza que han provocado y la evidencia de que habrá más pandemias, las grandes corporaciones que controlan el mundo y quienes se benefician de ellas ahora intentan reinventar el sistema de destrucción, como ya hicieron en el pasado, para mantener el control. Tienen muchas posibilidades de conseguirlo.

En Brasil, Bolsonaro ha forzado tanto los límites que ha hecho que todas las fuerzas conservadoras a su alrededor resulten aceptables. No sé si se ha dado cuenta de que este es su papel principal. El hecho es que lo cumple de manera brillante. Cada vez que se comporta como un maníaco, hace que los que hasta ayer provocaban escalofríos ahora se destaquen como estadistas. Antes de él, un Mourão en la presidencia era inimaginable después de más de 20 años de dictadura militar. Antes de él, Rodrigo Maia era solo otro representante tradicionalísimo de un Congreso marcado por la corrupción y la fisiología. Antes de él, Doria y Witzel, cada uno con su propio estilo, nunca recibirían aplausos de la izquierda o halagos de Lula. Antes de él, Mandetta era un político preocupado por apoyar proyectos corporativos del sector de la salud y hacer presión para los ruralistas. Gracias a Bolsonaro y a la incompetencia de la verdadera oposición, todos nos lideran.

¿Será así, entonces?

Brasil —y el mundo— tienen que hacer frente a dos cuestiones urgentes: la disputa por el presente, que es el nuevo coronavirus, y la disputa por el futuro, que también ocurre ahora, en el presente.

Enfrentar una pandemia en un país donde la desigualdad y la pobreza extrema han aumentado en los últimos años por las políticas neoliberales es un desafío inmenso. Pero quizás sea aún mayor el desafío de imaginar un futuro que no sea volver a una normalidad que solo era normal para los privilegiados. En la trampa en que se ha convertido el país, todos los caminos conducen al mismo lugar. Los personajes que disputan el presente y el futuro dentro de la estructura del Estado son, en el fondo, todos iguales, o al menos muy similares.

¿Cómo podemos aprender del coronavirus para crear un futuro que no sea la aniquilación?

Parece casi imposible cuando todas las salidas están bloqueadas por las tropas neoliberales, que ya se están organizando para azotar a la población tras la pandemia, con la necesidad imperiosa de producir para superar la recesión y retomar el dogma del crecimiento. Ya hemos tenido indicios de que el coronavirus se utilizará para imponer pérdidas de derechos y libertades. China, con su comunismo capitalista (sí, eso es posible), ha ampliado aún más su vigilancia despótica de la población. Es solo una señal de lo que está por venir.

Pronto, ya lo verás, los gobiernos pedirán que todos nos sacrifiquemos. Que nunca somos todos, sino los de siempre. Presta atención al significado que se le dará a la palabra “retomar” y piensa en qué se retomará. La pandemia es nueva. Los métodos de quienes han conducido el planeta a este estado de cosas, no.

Parece imposible disputar el futuro en estas condiciones. Pero todo lo que podemos hacer es encontrar una manera de minar a esa criatura llamada capitalismo, que en nuestro tiempo se expresa por medio del neoliberalismo, y evitar que se regenere. Más que nunca, hoy luchamos por la vida.

2) Tenemos que detener a los señores del mundo antes de que puedan pegárnosla (otra vez)

Hacía tiempo que los pensadores occidentales no se empeñaban tanto en interpretar un momento. Tiene mucho sentido. Nada es —o ha sido— mayor que esta pandemia como amenaza global capaz de cambiarlo todo en un segundo. Incluso cómo se ven los humanos, al descubrir que la especie, que siempre se ha considerado dueña del planeta, está amenazada por un ser microscópico. Ya existe al menos un libro con una recopilación de artículos de filósofos sobre el coronavirus y sus efectos. Sin embargo, hay algo que los diferencia. Están los pensadores que han entendido la crisis climática y están los que todavía andan a vueltas con los dilemas del siglo XX, como gran parte de la izquierda mundial, y que no se han visto afectados por las ansiedades de la actualidad.

Entre los pensadores conectados con la emergencia climática está el francés Bruno Latour, autor de una de las mejores contribuciones para reflexionar sobre el momento ya como acción. El texto, disponible en la página del autor, ha sido traducido al castellano por Jocelyn Leyva Santoyo. En su análisis, Latour define así la lección que plantea el nuevo coronavirus: “La primera lección del coronavirus es también la más contundente: la prueba está hecha, es totalmente posible, en cuestión de semanas, suspender, en todo el mundo y al mismo tiempo, un sistema económico que hasta ahora nos habían dicho que era imposible de frenar o redirigir. Frente a todos los argumentos de los ecologistas sobre la necesidad de cambiar nuestros modos de vida, se opuso siempre el argumento de la fuerza irreversible del ‘tren del progreso’, que por nada podría salir de sus rieles; ‘a causa de’, se decía, ‘la globalización’.”

Y señala el riesgo: “todo automovilista sabe que, para aumentar la oportunidad de salvarse y seguir en ruta después de un giro brusco dado al volante, más vale desacelerar primero. Desgraciadamente, en esta repentina pausa del globalizado sistema de producción, no son solo los ecologistas quienes encuentran la ocasión ideal para impulsar su programa de aterrizaje. Los globalizadores, aquellos que después de la segunda mitad del siglo XX inventaron la idea de escapar a las limitaciones planetarias, ven también una oportunidad magnífica para destrozar, de forma aún más radical, los pocos obstáculos que todavía les impiden su fuga de este mundo. Para ellos, la ocasión es por demás perfecta: liberarse de los restos del Estado benefactor, de la red de seguridad de los más pobres, de aquello que queda de las reglamentaciones contra la contaminación y, todavía más cínicamente, de deshacerse de toda esa gente en exceso que atiborra al planeta. (...) No debemos olvidar que aquello que vuelve a los globalizadores tan peligrosos es que forzosamente saben que han perdido; que la negación del cambio climático no puede durar indefinidamente, que no existe ya ninguna oportunidad de reconciliar su ‘desarrollo’ con los diversos revestimientos del planeta, en donde habrá que terminar insertando a la economía. Esto es lo que los dispone a intentarlo todo para obtener, una última vez, las condiciones que les permitirán existir un poco más de tiempo y ponerse a salvo junto con sus hijos”.

Antes de que alguien mencione el bulo del desarrollo “sostenible” como la panacea capaz de volver a encauzar el capitalismo, vale la pena escuchar a otro pensador, este indígena. Autor del libro Ideias para adiar o fim do mundo (Ideas para posponer el fin del mundo), Ailton Krenak provocó odio y e hizo rechinar los dientes a muchos al afirmar, hace tiempo, que “la sostenibilidad era vanidad personal”. Todas las corporaciones, incluso las más destructivas, tienen hoy un gestor de sostenibilidad. Forma parte de la capacidad del capitalismo para cooptar y adaptarse. Una desvergüenza más.

En marzo, cuando la pandemia ya cruzaba el globo, Krenak, al hablar sobre perspectivas anticoloniales en la inauguración de la Muestra Internacional de Teatro de São Paulo, explicó: “Vivimos precariamente una relación de consumir lo que nos brinda la madre naturaleza. Y siempre hemos utilizado lo que nuestra madre nos brinda sin preocuparnos. Hasta que, un día, nos convertimos en una constelación tan grande de personas que lo consumen todo, que nuestra madre naturaleza dijo: espera, ¿queréis terminar con todo lo que puede existir, aquí, como equilibrio y como posibilidad de aquello que es el flujo de la vida? ¿Vais a examinar la producción de vida y decidir cuántos trozos de vida puede tener cada uno? Y, en esta escandalosa desigualdad, ¿vais a ir administrando agua, oxígeno, comida y tierra? Entonces [la naturaleza] comenzó a poner límites a nuestra ambición.

”Una forma que los humanos encontraron para administrarlo fue creando la idea, por ejemplo, de que hay un medio ambiente y que ese universo es algo que se puede gestionar. Y, dentro de este medio ambiente, algunos flujos vitales se pueden medir, evaluar y habilitar, algunos incluso con sellos de sostenibilidad.

”Si tomas agua del acuífero Guaraní, por ejemplo, que es agua de muy buena calidad, y la embotellas adecuadamente, eres una empresa sostenible. Pero ¿quién dice que extraer agua del acuífero Guaraní es sostenible? Practicas violencia en la fuente y recibes un sello sostenible por el camino. Sucede lo mismo con la madera. Eso es un timo, no existe eso de agua sostenible y ni madera sostenible”.

Luego dice la terrible verdad, que es también el punto de partida de cualquier propuesta de futuro que podamos esbozar: “Somos una civilización insostenible, somos insostenibles. ¿Cómo podemos producir algo en equilibrio?”.

Este es el desafío.

Tan pronto como el nuevo coronavirus nos dé una tregua, los profetas del neoliberalismo empezarán a predicar: “¡Hay que producir y crecer!”. No hay mayor dogma en la economía que el crecimiento. Miles de economistas perderán su trabajo en el campo de la astrología económica si se desenmascara el dogma del crecimiento. Crecer es la necesidad imperiosa de todos los países. ¿Quién no recuerda aquel “hacer crecer el pastel de la economía para luego compartir el pastel” que el ministro de la dictadura y el astrólogo económico mayor de Brasil, Delfim Netto, repetía durante el régimen de excepción? Más tarde, con la expansión del neoliberalismo, ni siquiera eso. Bastaba con que los más pobres supieran que, en el caso de que el país creciera, quizás podría quedar alguna cosita para ellos.

El dogma del crecimiento se construye sobre una mentira: la posibilidad de explotar infinitamente los recursos de un planeta con recursos finitos. Dos neuronas son suficientes para entender que no es posible. Y aquí viene el otro dogma, el de la sostenibilidad, como si fuera posible hacer sostenible lo que, en su estructura, es insostenible.

Lo que hace el dogma del crecimiento es proteger los privilegios de los muy ricos: el problema ya no es la distribución equitativa de la riqueza existente, sino un crecimiento insuficiente, que no garantiza lo suficiente para todos. La necesidad imperiosa de crecer se repite hasta la saciedad para encubrir la injusticia estructural: la desigualdad en la distribución de la riqueza. Cargando con su cuerpo exhausto, incluso los pobres llegan a creer que su miseria la provoca la falta de crecimiento. Sin darse cuenta de que, en los momentos en que el pastel creció, los trozos se hicieron más grandes para aquellos que ya poseían el pastel y para ellos quedaron, como máximo, algunas migajas.

En Brasil, el 1% más rico concentra casi un tercio de la renta (28,3%), lo que otorga al país el título de vicecampeón mundial de la desigualdad, según el último Informe sobre Desarrollo Humano de las Naciones Unidas. Brasil solo pierde ante Qatar, y solo por un 0,7%. Cinco multimillonarios brasileños concentran la misma riqueza que la mitad más pobre del país, según un estudio de la organización no gubernamental británica Oxfam, publicado en 2018. Cinco personas concentran los mismos ingresos que 100 millones de brasileños. Este es el problema. Si el país es tremendamente desigual no es por falta de explotación de la naturaleza. Al contrario. El agotamiento de los sostenes de vida del planeta es uno de los principales impulsores de la pobreza y la desigualdad.

El dogma del crecimiento, que hace girar los engranajes del capitalismo, fue determinante para producir la emergencia climática. Lo que la emergencia climática hace explícito es que ya no será posible “crecer”. Hay que cambiar radicalmente nuestro modo de vida porque, como dice la joven Greta Thunberg, “nuestra casa está en llamas”. Ante el sobrecalentamiento global y la pérdida de ecosistemas vitales, es realmente imperioso distribuir la riqueza existente.

Este contenido explosivo hace que las grandes corporaciones que dominan el planeta apoyen a negacionistas del clima como Donald Trump y Jair Bolsonaro. Con estos déspotas electos que difunden mentiras y distraen al mundo con problemas falsos, ganan tiempo. Ya saben que no pueden continuar, pero harán lo imposible para ganar el máximo de dinero mientras sea posible. Salvando las distancias, es como la industria del tabaco: negó el daño durante décadas, contra todas las investigaciones científicas, y ganó dinero produciendo cáncer mientras pudo. Incluso hoy, obtiene cifras multimillonarias.

El desafío que enfrenta nuestra generación es inmenso. Y será duro. Muy duro. Como la crisis climática se desarrolla a otro ritmo, la mayoría siempre pospone el encuentro con la realidad, a pesar de los gritos de los científicos y los jóvenes. Los negadores han salido elegidos porque una gran parte de la población mundial quiere seguir negando lo innegable junto con ellos. Entonces llega el virus y expone la realidad de par en par. No es posible escapar de él, ya que escapar es morir.

Lo que tenemos hoy es una ventana de realidad, el momento en que todos, absolutamente todos, se ven obligados a encontrarse con la verdad. Por eso Bolsonaro se ha vuelto todavía más pirotécnico. Para mantener el poder, debe falsificar la realidad. Lo estaba consiguiendo, pero el virus ha barrido esa posibilidad. Entonces dice que “el virus no es todo lo que dicen”. Porque, aterrorizado, sabe que el virus es mucho más. Ante la verdad de la muerte, las mentiras no sobreviven.

Bruno Latour anuncia así el impasse de la ventana que ha abierto el coronavirus: “Si la ocasión se abre a ellos, se abre también a nosotros. Si todo se detuvo, todo puede ser puesto en tela de juicio; cuestionado, seleccionado, ordenado, interrumpido de una vez por todas o, al contrario, acelerado. El inventario del año debe hacerse ahora. Si el sentido común nos dice: ‘Reiniciemos la producción lo más rápido posible’, debemos gritarle de vuelta: ‘¡Por supuesto que no!’. Lo último que deberíamos hacer es retomar de manera idéntica todo aquello que hacíamos antes”.

Para que podamos seguir este debate, reproduzco aquí las preguntas que plantea para cada uno y para el colectivo:

“Aprovechemos para hacer una lista de las actividades de las que nos sentimos privados a causa de la crisis actual y que percibimos incluso como un atentado a nuestras condiciones esenciales de subsistencia. Por cada actividad, indiquemos si nos gustaría que estas regresaran tal y como eran antes, con mejoras, o que no regresaran en absoluto. Responda a las siguientes preguntas:

”1. ¿Qué actividades que se encuentran actualmente suspendidas le gustaría que no se reanudaran?

”2. Describa a) por qué esta actividad le parece nociva / superflua / peligrosa / incoherente; b) en qué medida su desaparición / puesta en espera / sustitución volvería otras actividades que usted prefiere más fáciles / coherentes. (Escriba un párrafo distinto para cada una de las respuestas).

”3. ¿Qué medidas recomienda para que los obreros / empleados / agentes / empresarios que no podrán continuar en las actividades que usted ha eliminado vean facilitada su transición hacia otras actividades?

”4. ¿Qué actividades que se encuentran actualmente suspendidas le gustaría que se desarrollaran / reanudaran o fueran creadas desde cero?

”5. Describa a) por qué esta actividad le parece positiva; b) cómo vuelve más fáciles / armoniosas / coherente ¿estas actividades permiten luchar contra aquellas que usted considera desfavorables? (Escriba un párrafo distinto para cada una de las respuestas).

”6. ¿Qué medidas recomienda para ayudar a los obreros / empleados / agentes / empresarios en la adquisición de las capacidades / medios / ingresos / instrumentos que permitan la reanudación / desarrollo / creación de esta actividad?”

Añado a la lista una pregunta mía. No hay nada que las grandes corporaciones que controlan el planeta, al igual que los políticos neoliberales que las representan en las diversas instancias del Estado, teman más que la desobediencia civil. En Brasil, las limosnas que otorgan para que los más pobres sobrevivan a la pandemia tienen el objetivo de estancar la posibilidad de que se genere “caos social” o una “convulsión social”. En otras palabras: la gente en la calle y sin nada que perder.

Desde finales de 2018, el movimiento que más ha sacudido la “normalidad” que los señores del mundo aprecian tanto ha sido la desobediencia civil de los adolescentes, que se negaron a ir a la escuela los viernes. En la huelga escolar, denunciaban que los adultos les robaban el futuro al no hacer lo necesario para contener el colapso climático. Sin futuro, ¿por qué estudiar? Como son niños y adolescentes, esta era la desobediencia civil que estaba disponible. Y cómo funcionó.

Entonces, mi pregunta es: ¿cuál podría ser la mejor acción de desobediencia civil en este momento?

En el Brasil de Bolsonaro, sabemos que nuestra principal desobediencia civil es sobrevivir. Pero, además de mantenernos con vida, ¿cómo podemos desobedecer a los productores de muerte para crear un futuro donde podamos existir con todos los otros?

Concluyo con Ailton Krenak, porque creo que las mejores ideas vendrán de los pensadores indígenas, de aquellos que saben vivir sin agotar el planeta y sin producir iniquidades. Dice: “El propio enunciado de algo que vendrá después anima nuestro sentido de la vida. Es la idea de posponer el fin del mundo. Posponemos el fin de cada mundo, cada día, creando exactamente un deseo verdadero de encontrarnos mañana, al final del día, el año que viene. Estos mundos encapsulados uno dentro de otro nos desafían a pensar en un posible encuentro de nuestras existencias. Es un desafío maravilloso”.

¿Vamos?

Eliane Brum es escritora, reportera y documentalista. Autora de Brasil, construtor de ruínas: um olhar sobre o país, de Lula a Bolsonaro. Web: elianebrum.com. E-mail: [email protected] Twitter, Instagram y Facebook: @brumelianebrum.

Traducción de Meritxell Almarza

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