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El escaño 82: la EBAU de los agravios

(*Cada semana, Susana Escribano -experta en los entresijos políticos y conocedora de los protagonistas de la actividad parlamentaria en la comunidad- escribe sobre las claves políticas de Castilla y León. Si eres suscriptor, apúntate aquí a esta newsletter.)

Así es la vida, muchachos. Bienvenidos a las bondades de la España autonómica. Welcome, si sois hijos de la escuela bilingüe. Acabáis el Bachillerato y llamáis a la puerta de una Facultad. Para cruzar ese umbral debéis superar la Evaluación de Bachillerato para el Acceso a la Universidad. La EBAU. En muchos casos con una nota fuera de serie. Y tropezáis con un sistema de 17 exámenes distintos, con un volumen de temas (estándares, en argot EBAU) que varía según decida cada territorio.

Ese libre albedrío incide en la dificultad de una prueba que otorga un pasaporte universal a cualquier universidad española. Ecuánime no parece. Ni siquiera razonable. Castilla y León demanda desde 2017 una prueba nacional única. Tuvo poco éxito con Rajoy y todo augura a que tampoco convencerá a Sánchez. «La estandarización total no es buena», esgrimió el lunes, en Salamanca, Alejandro Tiana, secretario de Estado de Educación.

Es una opinión. Luego hay hechos. Un hecho es que en la nota de la EBAU pesa un 60% la media de Bachillerato y un 40% ese examen, que no es un porcentaje menor cuando hay notas de corte muy exigentes para cursar algunos estudios. Esto también es un hecho. Otro sería la evaluación del nivel de los estudiantes. El Informe PISA sitúa a los de Castilla y León en el podio español, con un porcentaje alto de excelencia y lejos, a más de un curso de distancia, de escolares de la misma edad de otras regiones.

Eso no se refleja en la EBAU. Es otro hecho, que puede cimentarse en la exigencia de contenidos y a la hora de calificar en las aulas de la comunidad. Esto es una opinión, equivocada o no, formada tras escuchar a expertos. El exconsejero Fernando Rey, primero en solicitar la EBAU única, decía que el rigor era saludable al calificar, siempre que no rematara en un 'rigor mortis'. Si hay una exigencia desigual entre territorios, debería mover a la reflexión en quien debe velar por la equidad del sistema: el Ministerio y la Consejería de Educación. Incluso en los propios claustros. Si un profesor de Secundaria o Bachillerato suspende a 23 de 29 (no es lo habitual, pero tampoco insólito, pasa más en centros públicos), o está rodeado de zotes y vagos o quizás, solo quizás, debería reflexionar sobre cómo enfoca la docencia. ¿Hay alguien ahí que supervise estos casos?

Superado el tramo que afecta al 60% de la nota de la EBAU llega el examen del otro 40%. En 2017, la media nacional de sobresalientes en Historia fue de 13,9%. En Canarias, 34,2%. En Castilla y León, 9,6%. ¿Eran pruebas equiparables? El Ministerio marcó 97 temas. Mientras hubo regiones que restringieron temario, en Castilla y León entraron todos en el último momento. Al año siguiente, la comunidad fijó 67 prioritarios, que en Cantabria fueron 27 y en Canarias, 40. Los no prioritarios, no entran. Una autonomía, un temario. Algunas eximen de estudiar las «líneas de tiempo» y liberan a sus alumnos de errar en fechas. Al volumen de contenidos hay que sumar distintas tipologías de examen y falta de unidad en los criterios de corrección.

¿Qué problema hay en poner un examen de Historia o de Matemáticas para todo el país? ¿A quién agravia? Lo que hay ahora, está claro, al que tiene que estudiar más contenido. Hay itinerarios hasta la universidad, más si exigen nota alta de corte, para seguidores del 'Carpe diem' y sendas que obligan a emular a los 300 de las Termópilas. Tratar de forma desigual a los iguales es injusto para ellos, por los que se quedan en el camino, y para la sociedad, porque se dopa el principio de mérito y capacidad en el acceso a la formación superior.

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