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El coche de Fernando Alonso despierta las primeras dudas

Fernando Alonso está acostumbrado a que las expectativas sobre él estén altas. Desde sus años de gloria a mediados de la primera década del siglo, el español ha estado siempre entre los pilotos más temidos y respetados de la parrilla, toda vez que con los años se ha unido una devoción de los jóvenes que crecieron con sus hazañas y han acabado corriendo contra él. El problema de las ilusiones es que cuanto más altas sean, más fuerte es la decepción si no se cumplen. Y en este caso, al 'alonsismo' se le ha caído el suflé muy pronto.

Pocas aficiones más fieles, apasionadas y, en ocasiones, exacerbadas que las que rodean a Alonso. Cuando el piloto asturiano anunció que volvía a la Fórmula 1 lo recibieron con algarabía, sobre todo aquellos que habían dejado en barbecho su militancia mientras estaba fuera del 'gran circo'. No se les puede culpar: pocas cosas más dispares que el Mundial de Resistencia y el Dakar, con Indianápolis o Daytona entre medias. En todos estos casos, Alonso recuperó el lustre, ganara o no, porque siempre tuvo buenas actuaciones. Ganadoras o no, pero en la mayor parte de los casos cuando no salían bien las cosas, no era por un error propio.

El asunto es que ahora sí lo es. Lo admitía el propio Alonso, en un gesto que le honra: muy pocos deportistas de élite reconocen tan a las claras que no han estado bien. «Tengo que estar más preparado y listo para la próxima carrera, no importa si tienes más o menos tiempo con el coche. He cambiado muchas veces de equipo y de categoría, y aunque necesitas un periodo de adaptación, nunca ha sido una excusa y no lo va a ser ahora. Debería haber estado mejor, pero lo estaré en Portimao», prometió el asturiano después de la cita de Imola, instantes antes de conocer que la sanción a Kimi Raikkonen le granjeaba un punto de botín.

Alonso tiene motivos para no estar satisfecho. En Baréin podía haber justificado su actuación con que acaba de llegar al equipo, con la escasa pretemporada y con que el coche adolece de serios problemas. Todo ello se podría haber repetido, y de hecho se hizo, después de la segunda cita del campeonato, pero el matiz es importante: mientras en el primer gran premio estuvo bien hasta su abandono por causas ajenas, este fin de semana no dio la talla. Ni el viernes, ni el sábado ni el domingo. Esteban Ocon le superó con solvencia, y eso no entraba en los planes.

La responsabilidad de Alpine

En un equipo de Fórmula 1 todo depende de lo que haga el piloto, que lógicamente es falible. No todos los días se tiene una jornada perfecta, y puede fallar desde el recién llegado Nikita Mazepin (que lo hace más que la media) hasta el mismísimo Lewis Hamilton (que se fue contra las protecciones con la pista mojada y tuvo que dar marcha atrás).

Sin embargo, contar con un coche ganador permite paliar los errores. El propio heptacampeón del mundo es un ejemplo: cayó al noveno puesto, luego se vio beneficiado por la bandera roja y acabó remontando hasta la segunda posición. Cualquier otro piloto con otro coche menos potente habría sufrido más, y eso que Hamilton no lo tuvo fácil, especialmente con los hombres de Ferrari.

En este sentido, Alonso parte con desventaja. El Alpine A521 es un monoplaza justito, siendo suaves. Más que estar en la zona media alta, se encuentra en la zona media baja. Más cerca de los Williams (¿le habrá costado a Russell su bronca con Bottas su futuro en Mercedes?) y los Haas que de los McLaren o los Ferrari. La vieja excusa del túnel de viento, aunque esta vez no sea el de Toyota en su sede de Colonia, ha vuelto a salir a la palestra y eso es sinónimo de que las cosas no van bien.

Los aficionados quieren más de Alonso, que no es difícil. Las próximas dos semanas serán perfectas para que acabe de afinar su preparación, para que reflexione y, sobre todo, para que vuelva a llevar con pulso firme su carro. En él van las ilusiones de miles de personas.

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