Spain

El Carnaval de la Calima

Para un tinerfeño, quizá sólo hay una cosa más complicada de explicar a un peninsular que la particular idiosincrasia de Carnaval, y es la calima, ese polvo en suspensión procedente del Sáhara que parece que no puede ser entendido en su traicionera plenitud (es un fenómeno meteorológico capaz de dar un paisaje onírico mientras te asfixia) sin sufrirlo. Sea como fuere, el destino ha querido unir ambos conceptos, desatando el caos y el desconcierto en Santa Cruz de Tenerife primero y en el resto de la isla después.

Lo que eran bromas y cachondeo sobre esa especie de plaga bíblica que parecía cernirse sobre el estadio Heliodoro Rodríguez López durante la victoria del Tenerife sobre el Elche en la tarde del sábado se tornó en protestas y perplejidad cuando el Ayuntamiento de Santa Cruz, presidido por la socialista Patricia Hernández, decidió suspender desde la medianoche todos los actos relacionados con el Carnaval por la calima y los fuertes vientos que se esperaban en el Área Metropolitana, donde se encuentran los escenarios y las zonas de recreo.

Para un chicharrero, quedarse sin el sábado de su gran fiesta es un disgusto supino y, como era de prever, la suspensión no evitó que cientos de personas se echaran a la calle con su mejor disfraz. El rumor de que los kioskos y los bares podrían seguir pinchando música al tratarse de negocios privados acabó siendo un bulo, por lo que la incertidumbre se adueñó de las calles, con la policía mandando a parar la música entre el abucheo de los presentes, que rápidamente se mudaban a otras zonas de la ciudad donde sonara mínimamente algo bailable. Una noche extraña donde las facciones que se peleaban en las redes sociales tendrían que, oh paradoja, cambiar de discurso al salir el sol.

Porque contra todo pronóstico, tras tomar la arriesgada decisión de apagar la música en su primer sábado de Carnaval de Gobierno, el Ayuntamiento decidió a primera hora del domingo mantener el Carnaval de Día pese a que la calima ya ha convertido a Santa Cruz de Tenerife en Marte y los incendios se suceden en la isla mientras cierran los dos aeropuertos de la isla. Los jóvenes hacen botellón luciendo sus mejores fantasías (disfraces); los niños juegan corren, saltan, disparan, transformados en sus personajes favoritos mientras sus padres bailan, beben y sacan fotos que no necesitan filtro alguno para mostrar un paisaje dominado por un manto naranja.

"La fiesta debe continuar", es el lema general, pese a que no se sabe a ciencia cierta cómo afecta a la salud la densa nube de polvo en suspensión (spoiler: bien, bien, no). Y quienes criticaban la suspensión de las fiestas por motivos políticos el sábado se preguntan ahora por qué se mantienen los actos mientras, por el momento, el Ayuntamiento capitalino guarda silencio ante los ataques. Los incendios que se suceden en el norte de la isla (La Orotava, Los Realejos, Santa Úrsula y La Guancha) junto a la calima puede ser suficiente motivo para suspenderlo. Pero el hacerlo puede provocar una salida masiva de la ciudad y colapsar aún más la autopista del Norte de la isla. Un Carnaval diferente en el que entra en juego dos conceptos algo ajenos a su bendita locura: paciencia y prudencia.

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