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El burro delante

La izquierda, una y trina. Tres personas distintas -socialismo, comunismo, independentismo- y una sola naturaleza: la lógica del poder. Sobre ese dogma se asentó el pacto de investidura. Si las previsiones se torcieran en Galicia por culpa de una abstención mucho más alta de la prevista, la alternativa a Feijoo vendría por esa vía trinitaria. Iglesias la propuso también para el Gobierno vasco: Bildu, PSOE y Podemos. Los tres juntos en la misma peana.

Hace tiempo que el éxito político, en España, ha dejado de depender de la abundancia de los apoyos en las urnas. En Valencia, Ximo Puig le arrebató la Generalitat al PP con la cosecha electoral más raquítica de la historia de su partido. Moreno Bonilla se apoderó de la Junta de Andalucía con las mismas credenciales. Sánchez llegó a La Moncloa tras empeorar varias veces seguidas los resultados de sus antecesores. Hay muchos más ejemplos. Ya no se trata de ganar, se trata de gobernar. El Podemos con peores registros en unas elecciones generales es el que ha logrado sentarse en los escaños del banco azul. Hoy en día, los buenos políticos no se acreditan gestionando grandes éxitos, sino maquillando fracasos mayúsculos con alianzas de Gobierno.

El PSOE, para que la aritmética del poder funcione, necesita la aportación de Podemos. Y Podemos, a su vez, para colmar la medida, necesita arrastrar a la composición de la mayoría la coda independentista. La izquierda una y trina, ya digo. Lo que caracteriza el momento político que estamos viviendo es que esa extraña trinidad se encuentra amenazada.

A Iglesias las cosas le van mal y su dote matrimonial mengua a pasos agigantados. Salvo catástrofe en los índices de participación (hipótesis que no conviene descartar porque el miedo a la pandemia no deja de acrecentarse día a día), los podemitas gallegos y vascos saldrán esta noche a vender unos registros electorales espantosos. No solo se van a pegar un tortazo descomunal, sino que además sus magros resultados irán directamente al contenedor de lo prescindible. En Galicia, si Feijóo alcanza la mayoría absoluta, la izquierda trinitaria seguirá siendo un dios pequeño, de influjo minoritario.

En el País Vasco, el valor emergente de la bancada siniestra será Bildu. Podemos, con un tamaño cada vez más liliputiense, verá con ojos melancólicos cómo el PSOE se arrima de nuevo al PNV y les deja en la orilla de la Oposición, tirados como una colilla.

Añádase a ese futuro ruinoso el caso Dina, que ha sacado a la luz el verdadero rostro del caudillo comunista -intrigante, vengativo, manipulador, machista y embustero- y se verá en todo su esplendor el negro panorama que le circunda. ¿Qué puede hacer Iglesias para tapar sus vergüenzas? Ruido. Cuanto más, mejor. Por eso le ha ordenado al corneta Echenique que toque fuego a discreción. Se trata de disparar a todo lo que se mueve. Al Rey, a los periodistas, a la Guardia Civil, al partido de Arrimadas y a Europa.

Los frugales norteños han ganado la batalla del Eurogrupo y la cumbre del próximo fin de semana, que debe fijar la cuantía y la condicionalidad del fondo de reconstrucción, se prevé muy adversa para los intereses social-comunistas del Gobierno de coalición. Pincho de tortilla y caña a que en menos que canta un gallo Iglesias empieza a incluir a Merkel en la nómina de los conspiradores que urden conjuras para echarle del poder.

El victimismo y la causa populista de acabar con la opresión de las estructuras hereditarias (Monarquía), mercenarias (Prensa), reaccionarias (Benemérita), derechistas (Ciudadanos) o gasticidas (Europa) que machacan a los débiles es la última oportunidad que le queda para retener el apoyo de un electorado que huye en estampida.

El principal problema de esa política de devastación estruendosa es el de la inacción de Pedro Sánchez. Mientras su vicepresidente se revuelve contra el tinglado institucional en beneficio propio, él prefiere mirar a otro lado y desentenderse del destrozo. Si para no perder su apoyo debe dejarle ejercer de dinamitero, qué se le va a hacer. Entre la debilidad del sistema y la suya en el puente de La Moncloa, la elección no ofrece dudas. Ya lo dice el refrán: el burro, delante para que no se espante.

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