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El «boom» de los chapuzones privados: la pandemia dispara el alquiler de piscinas particulares en chalés

El verano pasado, Marta descubrió el «Airbnb de las piscinas» y quedó grabado en su mente. Nunca recurrió a esta opción, que entonces apenas asomaba la cabeza en el país, hasta la llegada de la pandemia que frustraría los tradicionales planes estivales. «Debido a la situación actual por el Covid, veía pocas posibilidades de tener una piscina», explica, en conversación telefónica con ABC. En mayo, cuando comenzaron a relajarse las medidas del confinamiento, buceó de nuevo en la página web de Swimmy y alquiló una piscina privada en Colmenarejo, a 40 kilómetros de su hogar, por 17 euros por persona. «Es una preciosidad, repetimos seguro», afirma.

La crisis sanitaria y sus restricciones en los espacios públicos han disparado el alquiler de las piscinas privadas, un negocio joven, que dio sus primeros pasos en Madrid (y en el resto del país) hace un año. «Se nos ha empezado a conocer este año. El Covid nos ha catapultado», declara la directora de comunicación de Swimmy, Anaïs Ferrández. Esta plataforma, que nació en Francia hace tres años y aterrizó en España en julio de 2019, es la más consolidada y la que acapara la creciente demanda.

«Empezamos a tener algunas reservas el 11 de mayo y el 25 de mayo se dispararon completamente; desde ese día, hay un exceso de demanda en Madrid y Sevilla», cuenta Ferrández. No es de extrañar; ese 25 de mayo, la Comunidad de Madrid saltó a la fase 1 de la desescalada, recuperando la vida social con terrazas y reuniones de hasta diez personas. Pero, más adelante, la apertura de las piscinas públicas, el pasado 1 de julio, no ha perturbado el negocio.

«Las personas tenían ganas de volver a verse y en las piscinas municipales tienes que comprar los tíques por internet, solo puedes ir medio día, hay aforos, las duchas son comunes...», destaca Ferrández. Si antes del estado de alarma Swimmy ofertaba una quincena de piscinas privadas, ahora suman 40, con un precio medio de 15 euros por persona para media jornada. «El año pasado había muy pocas piscinas, la semana pasada se ha disparado. Antes eran más exclusivas, ahora te encuentras de todo», asegura Marta, una de los 3.000 usuarios que ya suma la plataforma. El «boom» se ha extendido por el territorio nacional, aunque en menor medida, con un puñado de piscinas en las Islas Canarias, Galicia, País Vasco...

Sin miedo al contagio

Mientras Swimmy se estrenó antes del patógeno, Piscilovers nació a raíz del Covid-19. «Vimos las restricciones, el miedo a los espacios públicos y aglomeraciones...», recuerda Sara Orozco, que fundó a principios de abril, junto a su socio Sergi Baquero, la segunda plataforma de su tipo. «Tenemos más demanda en Madrid y Barcelona, sobre todo, en la primera, porque no hay playa», esgrime Orozco. Por ahora, solo disponen de unos cinco anfitriones que abren sus piscinas en la región y sus alrededores; siempre, bajo las pertinentes medidas de seguridad.

«Les saludo con mascarilla y luego tengo a una chica que lo limpia todo», asegura Masha, que alquila la piscina de su chalé de 650 metros cuadrados en Villaviciosa de Odón, una de las más cotizadas en Swimmy. «Ellos son los primeros interesados en tenerlo limpio», corrobora Ferrández, que antes del confinamiento ya compartió una guía anticovid con los usuarios y que incluye la parafernalia habitual: geles, mascarillas y desinfección de las zonas utilizadas.

Al margen de la «seguridad, tranquilidad, intimidad», en palabras de Ferrández, que transmite este nuevo concepto de economía colaborativa, es un salvavidas para muchos. Hace tres años, Masha perdió su puesto de directora de comunicación en una empresa de telefonía móvil. «Te encuentras con 59 años y cómo te levantas», rememora. Fue entonces cuando decidió subir su hogar, que dispone de siete habitaciones con baño privado, a la famosa Airbnb. Hace dos semanas, tras tres meses sin recibir invitados, se apuntó también a Swimmy. «Me interesa para los días que no tenga huéspedes, ojalá lo hubiera puesto antes», reconoce.

Para que sea rentable, Masha establece un mínimo de cuatro personas (a 25 euros por cabeza), ya que la plataforma obtiene un 15 por ciento de comisión. «Esto lo hago por mantener la casa, por sacar un ingreso y porque me gusta», asevera. «La economía colaborativa es maravillosa, yo misma, al verlo, me lancé a la piscina». Nunca mejor dicho.

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