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El afinador de fuentes (Capítulo 11)

Los meses siguientes los dedicó Jacobo a aprender a tocar los diversos instrumentos que le indicó Farinelli, que lo había convertido en su discípulo predilecto.

Los demás alumnos no se extrañaban tanto de ese favoritismo del maestro –era conocido que cuando intuía en un alumno el genio de la música, volcaba sobre él toda su sabiduría–, como de que se hubiera extendido a su esposa, que raramente acudía al estudio en el que su marido impartía sus clases. Sin embargo, desde que había llegado “Don Giovanni” –como empezaban a llamar a Jacobo sus compañeros– Giovanna acudía casi a diario. De ahí precisamente venía el apodo, pues el interés de la esposa del maestro por el español no pasó desapercibido para ninguno de ellos.

Aunque tampoco para Farinelli, que también había descubierto el novedoso interés de su esposa por las clases de música. Sabiendo la atracción que sentía por Jacobo no se sorprendió al descubrir lo que desvelaba su mirada cada vez que él interpretaba cualquier composición; aunque sí de que éste, en cuanto acababa, la mirara a ella en lugar de a él, como si buscara antes la aprobación de Giovanna que la suya.

Entretanto, el afán infinito que sentía Jacobo por conocer los secretos de las fuentes lo hacía seguir con sus experimentos, ensayando diseños de tubos y la disposición de las piezas y mecanismos. El maestro le había habilitado un pequeño taller en una de las dependencias del huerto, construida hacía tiempo para ser utilizada como orquidario. Otro de los muchos caprichos fracasados de Giovanna que –como casi todos– ella atribuía a la desidia de sus jardineros.

Allí pasaba Jacobo las horas en las que no seguía sus clases de música. Sin embargo, su tiempo no estaba solo dedicado al estudio de las fuentes, sino que gran parte de él lo ocupaba Mencía, cuyo recuerdo no se le borraba nunca.

Sus experimentos seguían teniendo como único fin alcanzar las riquezas y reconocimientos que le hicieran digno de ella. No se desalentaba porque no hubiera tenido ni una sola noticia suya desde que la vio por última vez en casa de don Julián. Se decía: “Estará muy ocupada con las clases de música” o “Seguro que está de viaje con su familia. ¡Viajan tanto y tan lejos!”. Y estas explicaciones inventadas le daban el ánimo necesario para sustentar aquel amor.

A veces, sin embargo, se daba cuenta de que no tenía una sola prueba, un indicio siquiera, de que Mencía siguiera amándolo. En esos momentos se le abría una herida en el corazón, a esas alturas lleno de cicatrices.

Sí, en cambio, había recibido dos cartas de sus padres, en las que le contaban cosas domésticas. En ambas le repetían que don Julián no paraba de preguntarles por él, y que incluso les había insinuado que tenía el propósito de ir a visitarle a Roma. “Seguro que más que por visitarme a mí, viene por conocer a Farinelli”, se dijo sonriendo. En cualquier caso, se propuso escribir una carta a su antiguo maestro, no fuera a pensar que se había olvidado de él y sus enseñanzas.

Habían transcurrido tres días desde aquel en que Farinelli descubrió el deseo de su mujer por su discípulo y el suyo por ella, inesperado y tan efímero.

Como se había propuesto, no dejaba de vigilar a su mujer. Incluso se levantaba antes para que coincidiera su desayuno con el de ella.

Una mañana se asomó al balcón y la descubrió agazapada en un rincón del patio. La vio cruzar a paso rápido la galería y adentrarse después en el jardín de la fuente de las garzas hasta perderse en el huerto.La fue siguiendo a través de la galería del piso de arriba. De pronto, vio cómo desaparecía por detrás de un peral. Se fue moviendo hasta que la descubrió espiando por detrás de la ventana del cuarto de baño de Jacobo. Volvió a sucederse el episodio del patio: ella, excitada por lo que contemplaba; él, por verla a ella inflamada de deseo.

Fue en ese momento cuando, sintiéndose a la vez enardecido y furioso, decidió que hablaría con Jacobo. Nada más terminar la clase hizo que se apartara de sus compañeros con una excusa y le dijo:

–Don Giovanni, quiero que almorcemos juntos.

Jacobo se quedó tan sorprendido porque el maestro conociera el apodo con que lo llamaban sus compañeros que solo atinó a asentir con la cabeza. Al rato, discípulo y maestro salían juntos de la casa en coche de caballos.

En esa época, el gobierno italiano andaba empeñado en construir las infraestructuras necesarias para convertir a Roma en una gran capital. El proyecto se centraba sobre todo en las colinas del Quirinal y el Viminal, y con este fin se estaban trazando ejes viarios como la via Nazionale, la via Cavour, la estación Termini y las nuevas sedes de los ministerios.

Farinelli y Jacobo atravesaban en ese momento la via Cavour, que debía salvar los profundos desniveles del valle de la Suburra. Para ello se habían construido multitud de terraplenes, aunque no pudo evitarse que vías muy antiguas, como la via Urbana o la via In Selci, quedaran hundidas.

Llegaron a la plaza en la que se levantaba la iglesia de San Francisco de Paula, cuyas cúpulas brillaban al sol como frentes ungidas. Al ver Jacobo el reloj de sol de una de las fachadas laterales se preguntó si sería el mismo su tiempo –pregonado con el puro esfuerzo de una sombra– que el del reloj del salón de Farinelli, agobiado de un mecánico tic-tac, como si padeciera una perpetua taquicardia. Giraron a la derecha y se adentraron por las callejuelas de Roma. Los naranjos de las plazuelas deliraban florecidos de gorriones.Pararon en la puerta de una casa con los muros pintados en ocre y Farinelli entró empujando una recia puerta. El lugar era oscuro y flotaba en el ambiente un denso y rico olor a potaje. Apenas había un par de mesas ocupadas. Farinelli se dirigió a un rincón y enseguida apareció un hombre vestido con una túnica gris marengo, ceñida con un fajín de seda verde oliva.

–Maestro, qué honor tenerle aquí de nuevo.

–Gracias, Hassan –respondió él. Ya sabes que disfruto con la comida de tu casa. Farinelli pidió por los dos. La comida sabía exquisita, muy condimentada de especias. A Jacobo le recordó la de su tierra y así se lo dijo a su maestro. “Es que Hassan es árabe”, respondió. Hizo una pausa y dijo riendo: “Aunque no tan árabe como para no servir alcohol a sus clientes”. Y pidió que le sirvieran una botella de brandy y dos copas.

Después de verter el licor, inclinó las copas sobre la mesa. El líquido llegaba justo al borde. Farinelli olió una, probó el líquido y sonrió diciendo:

–Perfecta, hasta de medida.

Guardó silencio durante un momento y siguió:

–Te preguntarás por qué te he traído a comer.

–Pues sí, maestro –contestó Jacobo–.

–Te hablaré directamente, sin rodeos. En un principio había pensado decirte que el marqués no me ha pagado lo que convine con él por tu estancia en mi escuela y que quería proponerte que lo hicieras tú en la forma que ahora voy a indicarte, pero después de tu estancia aquí te he tomado en gran estima y no voy a mentirte. Lo cierto es que quiero que me hagas un favor. Seguramente te resulte extraño, quizás incomprensible, pero para mí tiene mucha importancia… Una importancia trascendental.

Miró entonces fijamente a los ojos a Jacobo y enfatizó:

–Quiero que te conviertas en amante de mi mujer.

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