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Eduardo Mendoza: "El nacionalismo es un fuego artificial, no va a pesar en la historia de Cataluña"

Mientras acaba 'Las leyes del movimiento, su trilogía sobre la historia reciente de España (ya va por los años 80-90), el escritor reedita 'Las barbas del profeta' (Seix Barral) y la semana que viene recibe el Premio Barcino de Novela Histórica.

Eduardo Mendoza en el jardín de su casa.
Eduardo Mendoza en el jardín de su casa. ANTONIO MORENO

Cuando saca la llave del bolsillo y abre una portezuela, la única de la calle, parece como si Eduardo Mendoza fuera uno de sus personajes, como detrás apareciera una cripta embrujada o una reunión clandestina de anarquistas o el príncipe de un reino que nunca ha existido. Pero es el jardín del escritor: un oasis urbano donde aún no ha llegado el otoño. Sí vienen los primeros petirrojos. Y entre las plantas se esconden algunas tortugas (eran las mascotas de su hijo). Desde que empezó la pandemia, Mendoza ha dejado Londres para regresar a casa, a esa Barcelona que escribe desde la falda del Tibidabo.

Reedita 'Las barbas del profeta', un ensayo irónico con pinceladas biográficas. ¿Intenta contar la Biblia como un mito literario?
La Biblia es un libro de una calidad extraordinaria pero casi nunca se la considera como una obra literaria por su gran carga religiosa. ¿Qué pasa si te olvidas y lo lees como la Ilíada? Siempre me ha interesado la formación literaria que uno adquiere antes de saberlo siquiera: las lecturas infantiles y juveniles y estas cosas que nos enseñaban en el colegio de una manera muy rara, porque ni ellos sabían por qué nos contaban la historia de Jonás y la ballena. Hablo de la Biblia como fuente de historias y creadora de grandes mitos fundacionales de nuestra manera de entender el mundo, a veces con crueldad y violencia. En sus paralelismos contemporáneos, ¿ve las profecías de Daniel como antecedente de 'Juego de tronos'?
Al desaparecer de la enseñanza la mitología griega o cristiana la educación se convierte en una cosa muy prosaica y práctica. La gente tiene una necesidad de mitos y los compra en Netflix o HBO. La Biblia como los nibelungos o los dioses del Olimpo responde a una necesidad espiritual. Hablan de seres que gobiernan el destino, las hazañas de Hércules o Sansón nos importan. Los de Juego de tronos, no. Van a entretener y así hemos acabado.¿Faltan mitos en la sociedad actual?
Se necesitan símbolos. Pero a veces se confunde el símbolo con lo que representa. Ahora discutimos si la monarquía tiene sentido. No sé de qué estamos hablando: ¿del símbolo, de un elemento que durante siglos sirvió para cohesioanr la sociedad o de la utilidad práctica de una institución política? Hay que tener cuidado con los mitos porque se nos meten en casa y se nos confunden con la ropa de invierno. ¿Qué otros mitos se meten en casa?
Los mitos políticos, como las ideas de patria y unidades de destino, que últimamente están de moda. En Inglaterra son más listos: usan su mitología imperial para hacer grandes series de televisión como The Crown o los Tudor y no atacarse entre ellos. ¿Aquí, hacer una serie sobre Felipe II o IV? Para ponerlos bien o mal, no importa... Shakespeare les deja a todos como unos gangsters pero construye una especie de olimpo con unos reyes malísimos que envenenan y asesinan, pero tienen una talla. Nosotros no. ¿Es tabú tocar la historia en España?
La historia está secuestrada por los ingleses, ellos la escriben. La Guerra Civil es propiedad de Paul Preston, Hugh Thomas, Gabriel Jackson... Usted cuenta la historia de la ciudad en sus novelas. «Decir Barcelona es decir Mendoza», resaltó el jurado del Premio Barcino de Novela Histórico.
Nunca he hecho novela histórica como tal, que es un género en sí. Aunque es cierto que cada vez más las fronteras se desdibujan y que en mis libros hay un peso de la historia. Si Montalbán se pasea por Barcelona yo la veo desde el Tibidabo, en una evolución histórica, entre la perspectiva aérea y la hemeroteca. En los 70, esa línea era un terreno casi virgen. Luego coincidió con el despegue de Barcelona: pasó de ciudad casi desconocida a referente mundial, que es un fenómeno interesantísimo. ¿Cree que la imagen de Barcelona ha cambiado tras el proceso independentista?
Cada vez estoy más convencido de que el nacionalismo es un fuego artificial más que una cosa que vaya a pesar en la historia de Cataluña. Va reapareciendo continuamente y nadie ha tenido la imaginación ni la capacidad de abordarlo seriamente. Viene de hace dos siglo o más. Unamuno, Ortega o Azaña ya lo trataron. Pero se ha hecho mal. Hay un difícil matrimonio que necesita asesoramiento y replantear sus relaciones. A parte de eso están sucediendo cambios que a la larga van a ser más importantes. Siempre ha dicho que le gustaba vivir en Londres porque le daba distancia para observar y analizar lo que pasa en España. ¿Y ahora que está aquí?
Ahora da un poco igual. En el pasado, siempre he estado entrando y saliendo, más fuera que dentro. Da una perspectiva muy útil. A veces la gente encuentra normal cosas que a mí me sorprenden y al revés: se escandaliza de lo que pasa aquí pero, oye, tú no sabes lo que pasa fuera. Tenemos una especie de lente negativa. Pero mira lo que está pasando en otros países... ¿Por ejemplo, el auge de los populismos?
Sí, aunque aquí menos. Estamos bastante vacunados contra los extremismos de un lado y de otro. Hay conceptos que pueden mover a la gente masiva e individualmente en otros países pero que aquí son difíciles de colocar. El Make America great again, ¿qué sería? Nos lo creemos poco. Hay mas chulería que grandeza. La grandeur de los franceses o la raza superior no calan. Siempre se puede echar mano de localismos: El mejor chorizo es el de mi pueblo. Pero salir del nivel cateto nos costaría más.

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