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«Dudo que Alemania nos pueda dar lecciones de rigor, honestidad y transparencia»

Hace cinco años un vuelo de Germanwings en el que viajaban 150 personas se estrelló en los Alpes franceses. No fue un accidente involuntario. El copiloto, Andreas Lubitz, hizo descender el Airbus A320 con la voluntad de destruir el aparato y que muriera en el acto todo el pasaje. En ese vuelo iba Cristina Muñoz Abellán (Sant Quirze del Vallès, Barcelona) una bióloga que se dedicaba a estudiar el estrés. El filólogo y periodista Marçal Girbau, amigo de la fallecida y de su hermano Sergio, ha escrito un ensayo periodístico que es un homenaje a la víctima mortal, pero también una denuncia. Para empezar, la caída de avión no fue un percance fortuito. «Si se mira en el diccionario la definición de accidente se encontrará la acepción de hecho repentino y no provocado. En este caso había una clara intención deliberada de destruir. Si los jueces lo han considerado un accidente ha sido por intereses económicos», alega Girbau, autor de 'El vuelo de Cristina' (Comanegra), quien subraya que estaban en juego cuantiosas indemnizaciones.

Llama la atención que una sociedad tan aparentemente eficiente y previsora como la alemana no dispusiera de los mecanismos para evitar que una persona como Lubitz, con un fuerte desequilibrio mental, lograse ponerse al mando de un avión que hacía el recorrido Barcelona-Dusseldorf. Sin embargo, el joven, con un largo historial psiquiátrico, pasó todos los controles durante su periodo de instrucción. El día de los hechos, el 24 de marzo de 2015, Andrea Luvitz estaba de baja laboral y sometido a tratamiento farmacológico. Pero ninguna alarma se disparó. No solo eso, nadie comunicó a las autoridades aeronáuticas ni a la compañía, filial de Lufthansa, la depresión que sufría uno de sus trabajadores. El juez Lars Theissen, del Tribunal de Essen, desestimó la petición de unos familiares y resolvió que no era competencia de la aerolínea ni de su escuela detectar el estado mental de sus empleados.

En uno de los pasajes más duros del libro, Girbau destaca que el suceso no supuso grandes contratiempos a Lufthansa, ni en el plano económico ni en el reputacional. Tampoco tuvo que afrontar duras consecuencias el sistema sanitario alemán ni la clase política del país, que salieron libres de polvo y paja. Para Marçal Girbau, el malhadado vuelo GWI9525 es un escándalo equiparable al 'dieselgate'.

«Punta del iceberg»

¿Por qué entonces esa laxitud y ausencia de rigor? Girbau argumenta que la catástrofe de Germanwings es «solo la punta de iceberg de un país tan avezado en la corrupción, o más, que el nuestro, pese a sus apariencias de sociedad modélica». «Dudo mucho que nos puedan dar lecciones de rigor, honestidad y transparencia», aduce el escritor.

Aparte del devenir judicial del caso, a Girbau le duele que Cristina Muñoz fuera una «exiliada profesional». Brillante bióloga y doctora en neurociencias, Muñoz tuvo que abandonar su país en busca de una vida mejor porque en España nadie aprovechó su talento. A pesar de que se abrió camino en Leverkusen (Alemania) trabajando para Bayer, la ciudad siempre le pareció fría, mortecina y tediosa. Quizá porque añoraba Formentera o porque echaba de menos a su novio Xarli, la científica se sentía liberada de sus obligaciones con Bayer. No en balde, su currículum había sido seleccionado por una empresa de Barcelona y mantuvo una entrevista de trabajo. Fue precisamente ese proceso de selección lo que la hizo postergar 24 horas su vuelta a Alemania. Si no hubiera comprado un billete para el día siguiente, Cristina Muñoz se habría salvado.

«Su deseo era trabajar y formar una familia en su tierra. La entrevista fue muy bien y de hecho la iban a dar el trabajo. Era una excelente profesional e investigadora, con unas ganas locas de vivir con su gente», explica Girbau. Lo peor de todo es que del terrible coste en vidas de la tragedia no se ha sacado ningún aprendizaje. Tanto en el vuelo de Germanwings como en los atentados contra las Torres Gemelas del 11-S los causantes de la masacre se encerraron en la cabina de la aeronave. «La herramienta que permite a los pilotos encerrarse en la cabina para evitar el secuestro del avión permitió al copiloto provocar la tragedia. Después del 24 de marzo de 2015 no ha habido ningún cambio en la navegación aérea europea»

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