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Cuando todo es un gran silencio

El confinamiento ha reducido la ciudad a un escenario inerte, de circunstancias. Donde antes había vida y regocijo, ahora todo son caras grises  y vidas apagadas. Las calles se han convertido en un gran silencio. 

Día soleado después del cambio de hora. El ánimo va como el ralentí de un coche de carburación antigua. Hay sensaciones que son sueños, elucubraciones sin sentido para el sofá de un psicoanalista. Ahora somos eso, mero acertijo de circunstancias.

El sol, rasante como cualquiera de inicio de primavera. El cambio de hora no nos afecta, a lo sumo nos resta una hora de estar confinados. 

En la calle, el semáforo se abre. El dispositivo para ciegos gana protagonismo; nadie cruza, nadie camina. Es necesario mirar a un lado y a otro para asegurarnos que la calle es la de siempre. Decía George Braque, el precursor del cubismo, que “El jarrón da forma al vacío y la música es el silencio”; la calle es hoy el gran contenedor de emociones inversas. Pasa una ambulancia, inevitable pensar en el maldito virus que ha colonizado nuestras vidas para vivir entregados al miedo. Lo imaginamos como esa figura redondeada de tentáculos que nos han mostrado; si al menos se pudiera ver, todo sería un poco más sencillo. 

En la mañana

El silencio siempre será valorado, pero este duele, cortante; si fuera niebla no se vería nada. La mañana a primera hora está fresca. Al fondo de la calle una vecina limpia con la escoba las ventanas de la galería, resuena como si estuviera encima. Un joven entrado en kilos saca a pasear el perro, saluda. Cuando la vida se reduce a una presencia mínima, saludas y hablas por instinto, casi obligado. Todo semeja más íntimo. Al llegar a un espacio ajardinado lo para. La escena se repite. Por un momento pienso en la cantidad de cosas que a esta hora de un domingo normal estaríamos haciendo. Cuánto se echa de menos los cafés abiertos, los bares, el comercio, sin ellos las calles no son nada, sin ellos el vacío semeja casi existencial. Si el virus fuera visible, al menos podríamos tratar de machacarlo a garrotazos. Así, todos confinados. En un coche un señor avanza con guantes y mascarilla. El miedo al contagio ha convertido los cuerpos en objetos de supervivencia. En la mañana llegarán a invitarme a una dosis de gel hidroalcohólico, lo agradeces como antes cuando te invitarían a un café. 

OURENSE 29/03/2020.- Historias del coronavirus. José Paz

“¿Hola, va a pasar?”, en la otra acera -Calle Saínza- una señora con la cabeza cubierta y desconfianza en la mirada inquiere a un vecino que está en la parada de bus. “No”, responde. Hasta para entrar al portal hay que preguntar quién va primero; cualquier encuentro con el vecindario semeja una realidad incómoda. Los ascensores han dejado hace días de funcionar de motu propio. Desde las ventanas la gente mira a la calle con una nostalgia de otros tiempos. El abrir y cerrar de las ventanas es un gesto íntimo. El Posío cerrado duele. Desde el enrejado, Lucita, la oca, grazna como desesperada, ella tan acostumbrada a los humanos. Sobre la acera, las flores mustias de las camelias. 

Junto a la gasolinera, el dependiente y un taxista conversan, “Entre nós os dous e gardando as distancias”, comentan, y sonríen. No hay intimidad que valga. 

En la rúa do Vilar, desde el interior de una ventana abierta alguien carraspea, con flemas. Ni mirar siquiera; invocas a San Roque, desde el pórtico del hospital de San Roque. Protector de la peste. Todo el mundo está de puertas adentro, en la calle Barreira, alguien juega con el móvil. La Plaza Mayor es un anfiteatro de silencio, impone. Unas palomas se hacen carantoñas entre ellas, lOURENSE 29/03/2020.- Historias del coronavirus. José Pazas miras con envidia. Por fin algo de normalidad. 

En la iglesia catedral dan las 11 horas, retumba el empedrado. La Plaza de Santa Eufemia, el Paseo, un gran contenedor vacío. Por Santo Domingo, San Lázaro, todo son gente paseando chuchos, a modo de entente cordial. En San Lázaro encuentro a Levente Badean, el rumano que reportajeamos hace 15 días; duerme en la puerta de un comercio. Le pregunto -desde lejos- por qué no está en el albergue. “Me han echado”, responde. ¿Quién?, pienso. Al regresar lo busco, ya no está. Misterio.

El camino de vuelta es como todos los domingos, pero vacío. Junto a la Catedral me paro en el quiosco de José, que agradece la visita. Los quiosqueros en la cuarentena semejan fareros, los que nos dan un poco de luz en el camino; nunca como ahora se han visto tan esenciales. La zona se resiente, sin bares ni feligreses, la calle impone.

En el Casco Vello intercalo las calles. como quien busca diferencias. Uno se imagina el confinamiento del medievo entre calles y casas que aún mantienen las tipologías. La gente se despierta de puertas adentro. La calle Pelayo, siempre tan a su bola, es un témpano a pleno sol. 

En Julio Prieto Nespereira, un vecino a todo trapo tiene puesto “Don Juan”, De Fanny Lu..., encantado de que alguien dé la nota. Pues eso. 

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