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Cuando las caras son un puzle: el problema de no reconocer a los demás

Hay gente que es muy buena recordando y reconociendo las caras. Ven un rostro en la multitud y pueden afirmar, con plena seguridad, que es la dependienta que les atendió hace un par de años en una tienda de ropa, o un señor que una vez tuvieron delante en el metro, o aquel compañero que solo estuvo tres días trabajando en la fábrica. Otras personas, en cambio, son (somos) un desastre y contemplamos esas habilidades con auténtico pasmo. Somos perfectamente capaces de pasar al lado de una vecina de toda la vida y no identificarla, sobre todo si se ha cambiado el peinado, lleva gafas de sol o se encuentra en un lugar desacostumbrado, y las caras con las que nos vamos cruzando por la calle nos sumen a menudo en agobiantes dudas: ¿es, no es, a lo mejor sí era...? Por supuesto, el uso generalizado de mascarillas ha potenciado al máximo ese desconcierto cotidiano, en un 'más difícil todavía' que eleva el saludo a la categoría de reto.

La capacidad de reconocer visualmente a nuestros semejantes, que se da por descontada en sociedad, es uno de esos rasgos que nos hacen humanos. «Hay una parte del cerebro, en el lóbulo temporal, que se llama circunvolución fusiforme: ahí tenemos el área facial fusiforme, una región que solo poseemos los seres humanos. Hemos desarrollado evolutivamente el mecanismo de identificar las caras, a la vez que el paquete muscular que nos permite tener cierto control de la expresión de las emociones. Un perro puede adoptar una posición agresiva, o de sumisión: expresa las emociones a través del cuerpo. El ser humano también, pero sobre todo usamos el rostro», desarrolla Diego Redolar, profesor de Neuropsicología en la Universitat Oberta de Catalunya y cofundador del laboratorio Cognitive Neuro-Lab. Estos circuitos «nos vienen de base, de hardware», pero se van modelando a través de nuestra experiencia del entorno: por eso las caras de las personas de otras etnias pueden parecernos tremendamente parecidas, indistinguibles, aunque en realidad sean tan únicas como las nuestras. «El reconocimiento de las emociones lo hacemos todos bastante bien, a menos que tengamos una lesión cerebral –añade Redolar–, pero en la capacidad de acordarnos de los rostros mostramos grandes diferencias individuales. También sucede, por ejemplo, con el aprendizaje espacial, y por eso algunas personas encuentran rápidamente su coche en el párking, siguiendo un mapa mental, y otras pueden tirarse horas dando vueltas».

«Mucha gente me odia porque creen que les falto al respeto», se quejaba en una entrevista Brad Pitt, que dice sufrir 'ceguera facial'

Se calcula que entre un 2 y un 3% de la población experimenta apuros para reconocer las caras, porque alguna parte del proceso de memorizar las facciones y consolidar ese recuerdo a largo plazo no funciona de manera eficiente. En principio, es una habilidad que se puede mejorar con entrenamiento, ya que en alguna medida se relaciona con nuestra manera de enfocar la atención al interactuar con el prójimo. «Estas personas pueden pasar más tiempo mirando partes de la cara que no son tan útiles para distinguir unos rostros de otros, como el pelo, en lugar de otras regiones que resultan más significativas, como los ojos», ha resumido en un artículo para 'The Conversation' la profesora australiana Romina Palermo, especializada en esta cuestión. «A nivel de inteligencia artificial, se está enseñando a las máquinas a reconocer los rostros e incluso las emociones que expresan –apunta Diego Redolar–. En seres humanos también se puede potenciar esta capacidad. Hemos comprobado que, cuanto más haces la tarea, te vas volviendo mejor».

La dificultad extrema en el reconocimiento de los rostros se conoce como prosopagnosia o 'ceguera facial', que puede llegar al nivel de no identificar a familiares y amigos. En algunas ocasiones se trata de una condición adquirida, provocada por alguna lesión que ha dañado zonas específicas del cerebro, pero en otros muchos casos es un rasgo que, al parecer, puede tener cierta base genética. Un paciente explicaba hace unos años en el 'British Medical Journal' algunas implicaciones sociales que acompañan a esta condición, mediante un repaso lastimoso a su infancia («me castigaban por no descubrirme ante una profesora»), su juventud («ignoraba a chicas que había conocido la noche anterior») y su vida adulta («reconozco a los compañeros de trabajo por sus uniformes y sus placas: con otra ropa y diferentes peinados son desconocidos para mí»). Este hombre, como todos los que padecen prosopagnosia, acababa encomendándose a detalles como la manera de vestir, la voz o, sobre todo, el contexto: «Una persona de ciertas características en determinado pasillo es mi compañero, pero en el supermercado es seguramente un extraño».

Grande y barbudo

El neurólogo y divulgador británico Oliver Sacks, fallecido en 2015, es un ejemplo bien conocido de persona que sufría 'ceguera facial', una característica que compartía con su hermano y que no identificó hasta alcanzar la mediana edad: según desgranó en un artículo para 'The New Yorker', en alguna ocasión fue incapaz de reconocer a su asistente personal (pese a que este le estaba esperando en el sitio donde habían quedado) e incluso podía contemplar como ajena su propia cara. «Varias veces me he disculpado por estar a punto de chocar con un hombre grande y barbudo, para después darme cuenta de que ese hombre grande y barbudo era yo mismo en un espejo», aseguró. También la primatóloga Jane Goodall, la princesa Victoria de Suecia o los actores Stephen Fry y Brad Pitt mantienen una relación complicada con los rostros de los demás. «Mucha gente me odia porque creen que les falto al respeto», se quejaba Pitt en una entrevista con 'Esquire'. Un caso singular es el del pintor y fotógrafo estadounidense Chuck Close, especializado precisamente en retratos: «Otros pintan manzanas o botellas, pero a mí me importan un bledo las manzanas y las botellas. Las caras de la gente constituyen una urgencia para mí, nada me importa tanto como saber quién es la gente», ha justificado.

No sabemos qué secuelas va a dejar este tiempo de mascarillas en los niños que están afianzando sus mecanismos de reconocimiento facial.

La pandemia ha llenado las calles de personas embozadas y ha vuelto mucho más peliaguda esta tarea básica del reconocimiento, hasta el punto de hacernos muy conscientes de las dificultades para identificarnos. «Nos lo ha complicado a todos, pero, lógicamente, más aún a las personas que no tienen una capacidad buena de acordarse de los rostros», comenta Diego Redolar. No obstante, como neurocientífico, le preocupa más otra vertiente de la situación, que tiene que ver con el acondicionamiento al entorno de los circuitos neuronales que participan en este proceso. «Tenemos muchas evidencias de que la red que interpreta la información del rostro nace muy inmadura, para amoldarse después a la sociedad en la que vivimos. Llevamos un año de pandemia y los niños que estén en esa edad crítica, los que tengan los circuitos en ese momento de flexibilidad, podrían experimentar en ese sistema las consecuencias de vivir rodeados de gente con mascarillas. No lo sabemos, ni siquiera sabemos la edad a la que eso ocurre, pero seguramente habrá algún tipo de afectación».

Los 'superreconocedores' y la Policía

Si alineamos a la humanidad en función de su habilidad para recordar las facciones ajenas, en un extremo quedarán los casos más graves de prosopagnosia, esas personas que pueden mirar a sus padres, sus cónyuges o sus hijos como si fuesen extraños. Pero en la otra punta del espectro también nos encontraremos con unos seres humanos singulares, a los que se suele aplicar desde hace algo más de una década la etiqueta de 'superreconocedores'.

Fue en 2009 cuando un estudio documentó su existencia, al comprobar que algunas personas no mentían al atribuirse una capacidad extraordinaria de memorizar caras. Se trata de individuos que reconocen a alguien con quien han tenido un trato ocasional hace años, aunque haya cambiado radicalmente de aspecto, o que ven a un extra en el cine y saben en qué otra película pasó fugazmente por la pantalla. Muchos de ellos están acostumbrados también a disimular su prodigioso 'superpoder', ya que a menudo suscita el desconcierto o incluso la desconfianza de las otras personas, que temen estar siendo sometidas a algún turbio espionaje.

Oliver Sacks escribió en alguna ocasión que la diferencia entre los grandes 'reconocedores' y quienes, como él, sufrían 'ceguera facial' se podía comparar «con la que existe entre la gente con un cociente intelectual de 150 y la que tiene 50». Las dotes de los 'superreconocedores' pueden tener aplicaciones muy interesantes en un ámbito muy concreto: el policial y forense. Por supuesto, son un tesoro como testigos de algún delito, o en una rueda de reconocimiento, pero esa aportación puede llegar a profesionalizarse. En 2015, la Policía Metropolitana de Londres formó un equipo de personas con este rasgo para dedicarlas a revisar imágenes captadas por cámaras de seguridad. La mayoría de los seres humanos experimentamos serias dificultades a la hora de identificar rostros fotografiados o filmados con mala iluminación o con una definición mediocre, muy especialmente si se trata de vincular dos imágenes distintas de un desconocido, pero estos 'tops' del reconocimiento facial pueden desempeñar ese cometido con llamativa seguridad.

De hecho, varios estudios científicos han llegado a la conclusión de que, dadas las enormes diferencias entre unos individuos y otros en esta tarea, los cuerpos policiales deberían someter a pruebas a su plantilla para elegir a los más aptos de cara a quehaceres como la revisión de documentos de identidad en las fronteras.

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