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Crítica: 'A descubierto', la película de acción de Netflix con Anthony Mackie

Hay películas que son como una noche desesperada en la discoteca: apuntan a mil sitios distintos sin tener claro su objetivo con la evidente esperanza de dar en el blanco. A descubierto, la última de las representantes de esta nueva era de "blockbusters" de Netflix, es uno de esos trabajos, una película bélica de ciencia ficción con ideas recogidas de mil películas que han sido relevantes o exitosas y que han sonado bien a la hora de crear una película para un amplio sector de público, ese que cada noche se sienta a ver las novedades de la plataforma. Pero que, digámoslo ya, en realidad no hacen sino desorientarnos sobre el plan de sus creadores, si es que realmente semejante cosa existía.

Estamos en el año 2013. Un piloto de drones, Dharp (soso Damson Idris) prueba de cerca eso que se ha venido a llamar el dilema del tren: salvar a varias decenas de soldados sacrificando la vida de dos. Repudiado por sus superiores, Dharp recala en una zona de guerra de Europa del Este (donde, ya saben, es más barato rodar) dominada por Leo (Anthony Mackie), un soldado artificial creado por el Ejército que le absorbe en una carrera contrarreloj para evitar el ataque nuclear de un Señor de la Guerra.

Como ven, A descubierto incluye un soldado biónico como el de las aventuras Marvel (de hecho, su protagonista, un correcto Anthony Mackie, interpreta a Halcón en la monumental franquicia); una competente mezcla de personajes digitales con acción real (que se apoya en los logros visuales de District 9, solo que en aquella eran extraterrestres) y una concepción de las peleas heredada de la trilogía John Wick. Y añade el concepto de muro porque, ya saben, vivimos en la América de Trump y hay que añadir una connotación social. Incluso tiene tiempo de añadir un giro previo al tercer acto, en el que no abundaremos, pero que acerca el ejercicio a cintas de acción como Broken Arrow y La Roca (por supuesto, mucho mejores ambas que las que nos ocupa).

Voluntariosa, sin duda; lograda, menos. Una cosa es la teoría y otra es la práctica en una película que sufre de un defecto demasiado habitual en las películas producidas por Netflix, al menos, de las que no llevan asociadas un director relevante que cohesione y otorgue una cierta impresión autoría visual o temática, ya sea Martin Scorsese en El Irlandés, Charlie Kaufman en Estoy pensando en dejarlo o sí, Michael Bay con 6 en la sombra. De esta última hereda un gusto por una violencia excesiva que aplaudimos, pero que en el caso de la película de Mikael Håfström resulta innecesaria y hasta descoloca al no ir asociada a otras decisiones creativas (para empezar, el sentido del humor). Una de las ironías que sufre el filme es que él mismo trata de poner sobre la mesa este tema en relación a la guerra, que como Leo, es necesariamente fea y sucia una vez te internas verdaderamente en ella.

El director sueco, firmante de dos competentes terrores como 1408 y El Rito, así como una simpática serie B de acción como Plan de Escape, no puede hacer más que poner el piloto automático y perderse en las diferentes propuestas de un guión indeciso que debería haber recibido no un enorme pulido, sino un centrado por parte del estudio, y que además considera sus abundantes elementos de ciencia ficción como un mero elementos decorativo, sin relevancia real en el argumento (prueben a quitarlos y les quedará la misma película). Su trabajo es más pulcro que otra cosa pero avanza en todas direcciones sin realmente concretar su propio meollo: el choque entre humanidad y disciplina en la nueva hornada guerreros de un futuro que en realidad está ya aquí... como los blockbusters de streaming.

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