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“Contratar es imposible" en el campo, panaderías y tiendas: la otra cara de la subida del salario mínimo

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¿Se puede estar en contra de una subida del SMI (Salario Mínimo Interprofesional)? A priori, parece difícil. Cualquier empleado –tenga el sueldo que tenga–, aprueba el incremento por algo que, en principio, es beneficioso. Pero, ¿y si resulta que el empresario no puede asumir el incremento? ¿Y si eso deriva en decir ‘no’ a una nueva contratación? En ese caso, ¿sigue siendo algo bueno para todos (trabajadores y empresarios)? Para Asaja (Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores), desde luego, no; para Antonio, hostelero, tampoco; para Andrés, tendero, es una mala noticia… El debate, obviamente, está servido.

El Gobierno del PSOE (ahora junto a Unidas Podemos) ha subido el Salario Mínimo Interprofesinal más de un 29% desde octubre de 2018. Entonces, incrementándolo de 736 a 900 euros; y esta misma semana, haciendo lo propio hasta los 950 euros. Algo inédito en Democracia y prácticamente único a nivel continental. Sólo Lituania, que en los dos últimos años lo ha aumentado un 51,7% hasta los 607€ mensuales, supera el ‘empujón’ de España.

“Esto resulta inadmisible por sí mismo y más aún si se tiene en cuenta lo que implica en términos de costes laborales”, se quejaban, desde Asaja, en una nota de prensa hecha pública tras el anuncio de la subida. En el sector agrario, castigado durante años por los bajos precios de origen, no comparten la felicidad del ejecutivo. Como tampoco lo hacen las pequeñas empresas, las empleadas del holgar –uno de los colectivos más vulnerables a esta subida, según reconoció el Gobierno en la anterior subida–, los autónomos, panaderos, tenderos… En EL ESPAÑOL nos cuentan por qué están preocupados.

Francisco, agricultor

Francisco Echandi lleva toda la vida dedicado a cultivar tomates en Tenerife. En el 2000, tenía una cosecha de 99 kilos; el año pasado, no llegó a cinco kilos y medio. Con los años, ha ido viendo cómo decrecía su negocio. Ahora, la subida del SMI le puede dar la puntilla. A él y a muchos de sus compañeros. “Depende de la decisión que se tome, a lo mejor hay que despedir a alguien o cambiar de cultivo”, lamenta.

Él tiene contratados a fijos discontinuos y a eventuales para campañas concretas. En total, 600. “El año pasado, con la subida del SMI, les tuve que subir el salario”, reconoce. “El problema es que tú ya tienes acordados los precios de venta. De repente, incrementan los costes y tú no puedes volver a renegociar”, añade.

No sabe qué hará en la próxima campaña. Todo dependerá del precio de venta. En cualquier caso, no está en contra de la subida, sino de que se haga a “la ligera, sin analizar las consecuencias que pueda tener”. “Para los trabajadores está bien, pero, claro, si incrementas el salario en sectores que dan pérdidas… Igual al año siguiente no contratas a nadie”, sentencia.


Juan José, agricultor

Juan José también es agricultor y sufre, como Francisco, las consecuencias de un sector con muchos problemas. Él tiene dos trabajadores fijos para recoger aceitunas y almendras. Y, de vez en cuando, contrata a algún eventual en función de las circunstancias. “El problema que tenemos es que, en los dos últimos años, las cosechas han sido cortas y el fruto se ha pagado a un precio muy bajo”, cuenta a EL ESPAÑOL.

A corto plazo, no sabe qué hará. Juan José, de primeras, reza para que llueva. Es lo que le garantiza la cosecha. A partir de ahí, tiene dos opciones: recogerlo rápido y con mucha gente; o más lento y con menos. En cualquiera de los dos casos, lo hará. “Pero si los jornales suben y el precio es barato...”. Entonces, difícilmente contratará.

Nieves y Naby, panaderas


Nieves y Nabi, venezolanas, madre e hija, llegaron a España en noviembre de 2017. En marzo de 2018, montaron la panadería Montipan en el 50 de la calle Melchor Fernández Almagro (Madrid). En Venezuela, Nieves ya estaba jubilada y Naby era notaria. La inestable situación del país las obligó a emigrar.


La panadería funciona bien: en el barrio las conocen y en su negocio no para de entrar gente. Los clientes las tutean y charlan más allá de la simple venta de barras de pan y cruasanes.


En su corta historia nunca han tenido un empleado y ahora ni se lo plantean: “Con el anterior salario mínimo podría ser viable, al menos a media jornada. Ahora es imposible”. Nieves se muestra muy escéptica con la subida del SMI. Al fin y al cabo, ya lo vivió en Venezuela: “Si subes los salarios como hicieron allá, la inflación se dispara”, afirma, apoyada en el mostrador.

Antonio, empresario

Antonio tiene una empresa que suministra y equipa en la hostelería. Fundó su empresa en 1994. En algún momento, llegó a tener entre 10 y 12 empleados, pero durante la crisis tuvo que prescindir de ellos. “Desde entonces, estamos tan solo los familiares”. Así, sobreviven como pueden. “Los autónomos no estamos valorados”, lamenta.

A día de hoy, no contempla contratar a nadie. “Sobrevivimos. Es que imagínate. Si yo contrato un comercial y le tengo que pagar el SMI, el IRPF… ¿Cuánto tiene que rendir esa persona para que a mí me salga rentable?”, se pregunta, retóricamente. Por eso, le pide al Gobierno que sea “coherente”, que se “apriete el cinturón” y que no haga “demagogia”.

Andrés vende lámparas


“Hace años había cerca de 40 tiendas de lámparas en Madrid. Ahora estoy yo”. Así resume Andrés el estado del pequeño comercio en la capital. “Nos dábamos tortas por una tienda en Bravo Murillo, ahora todos los comercios de toda la vida están cerrados”, cuenta el empresario bajo la luz de decenas de lámparas de araña.


Andrés regenta Lámparas Moreno, la tienda abierta más antigua de esta calle: lleva 55 años en el número 217. Llegó a tener a siete personas empleadas pero ya solo están él y su hermano. “No puedo contratar a nadie porque no vendo, es así”, lamenta el comerciante. “Y con la subida de ahora, ¡para qué hablar! La contratación está imposible en España”.


Esta tienda la componen dos plantas a rebosar de focos de distintas formas y usos, casi todas de corte clásico. ¿No se ha planteado vender por internet? “Nada, ese mercado está saturado”. Mientras tanto, sobrevivirá. 

Gustavo, empresario

Gustavo lleva trabajando 27 años –ocho de ellos como autónomo. Actualmente, tiene dos tiendas, ambas de ropa femenina. Una en Tres Cantos y otra en Madrid. En total, dos personas contratadas y con el salario que les corresponde por el convenio textil de la Comunidad de Madrid. ¿Y cómo le va? “Me va, me va...”, espeta, sin concretar.

La primera tienda la abrió hace tres años y medio. La segunda tiene menos tiempo. “Pero, de momento, no me planteo contratar a ninguna persona”, sentencia. No está en contra de que se suba el salario mínimo. Todo lo contrario. “Los trabajadores se lo merecen”. Pero cree que le puede afectar a algunas empresas. “Particularmente, algo habrá que hacer porque te obligan a reaccionar”, sentencia.