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Como nunca y como siempre

Un paseante se encuentra de pronto con un mitin callejero, muy concurrido, donde un político agita los brazos con energía en su discurso a los congregados. Como no le entiende bien, el paseante pregunta a uno de los asistentes:

¿Qué está diciendo el candidato?

Promete que, si sale elegido, solo trabajaremos una semana al año.

Buah, ¿y de las vacaciones no ha dicho nada? - repregunta decepcionado el paseante.

Las vacaciones pagadas son una institución del siglo XX, esencialmente de la década de 1930, cuando el capitalismo tuvo que ofrecer algo para que los trabajadores no se pasaran al comunismo revolucionario. Estos descansos fueron muy positivos para el propio sistema, pues dieron lugar a nuevas industrias y servicios relacionados con el ocio y el turismo, y también permitieron a más gente disfrutar de la cultura. Algunos hábitos aristocráticos y burgueses se generalizaron. Al mismo tiempo, la extensión de la educación elemental también produjo una alternancia entre el tiempo de escuela y las semanas libres. Y la administración igualmente fue generando la costumbre de tomarse tiempos de reposo, en España por razones obvias durante el verano. Profesionales liberales y negociantes solían tomarse asimismo sus tiempos de asueto, mientras que para la gran masa campesina era más complicado.

Santander y Cantabria en general se beneficiaron de la explosión de tiempo libre. No solo porque nuestros trabajadores fueran logrando periodos vacacionales, sino porque se pudo aprovechar la voluntad turística de otros. Símbolo de todo ello sigue siendo el Palacio de La Magdalena, pero además numerosas casonas y mansiones, hoteles, balnearios...

El coronavirus nos va a obligar a repensar, aunque solo sea por un año, esta institución vacacional. Parece complicado fingir que no ha pasado nada en los sectores donde la cifra de negocio se ha desplomado. Parece también poco claro que, si una persona queda forzosamente inactiva ahora, pero el estado y su empresario le aseguran todo o buena parte de su ingreso anterior, luego deba obsesionarse con el tiempo libre. Aclaremos que no se trata de renunciar a ningún derecho laboral, sino de considerar reflexivamente el interés y el deber.

El interés, porque el tortazo del PIB será de campeonato y conviene arrimar el hombro para recuperar la parte de 2020 que hemos perdido con la parálisis de la alarma. Intentar que el PIB de este año acabe a 31 de diciembre no demasiado lejos del que hubiera sido sin coronavirus es una buena causa macroeconómica y egoístamente del trabajador que mira al horizonte: el endeudamiento extra de otros no le saldrá gratis a él, sino que, como siempre, será el primer pagano de las dificultades para desahogar estados y empresas. La marea sube todos los barcos y conviene comprometerse con la pleamar. Y el deber, porque recibir renta cuando no se genera producto solo es posible por solidaridad momentánea de otro, y sería buena la reciprocidad.

Esto no ilusionaría al sector del turismo este año. Pero será un ejercicio difícil de todos modos, por el miedo de la gente a viajar. Quizá sea más positivo diseñar un año especial enfocado al turista propio, el cántabro, y al limítrofe. Aunque trabaje en verano, tendrá su tiempo libre, sus fines de semana, sus fiestas, su amor al monte o a la playa. Una buena reprogramación de congresos y encuentros en el segundo semestre también ayudaría mucho al sector, así como una promoción especial de cara a 2021, para que el conjunto del bienio resultara equilibrado en el negocio y sus empleos.

La excepción podrían ser las profesiones para las que la pandemia no ha supuesto un parón completo o parcial de actividad, sino todo lo contrario. Pues necesitarán aún más descanso de lo normal (y podrían ser muy buenos turistas locales). Si el resto se compromete en la recuperación como ellos en la pandemia, la región saldría a flote más rápidamente. Ahora puede parecer conversación metafísica, pero, cuando llevemos muchas semanas de restricciones, el problema estará más claro. Recuerdo que nuestro profesor de Economía en la Complutense me dejó un día perplejo al explicarnos que la opción del factor trabajo es entre dinero y tiempo libre. Nunca lo había visto así. Pero es así. Una frase genial que oí mucho después a Mario San Miguel lo resume: «tiempo y dinero se oponen». Un virus lo hace más verdad que nunca.

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