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Comercios rurales que venden cercanía y sensibilidad

Traspinedo es un ejemplo de cómo la solidaridad y el apoyo entre vecinos y trabajadores en el sector alimentario ha dado paso a un cambio en la forma de mercado. Tanto la panadería como las dos carnicerías y la tienda de alimentación del municipio no se lo han pensado dos veces y, desde el inicio del confinamiento,no han dudado en repartir a domicilio pedidos –para que los vecinos se movieran lo menos posible– e incluso en fiar el dinero de las compras a aquellas personas que no disponen de efectivo para pagar.

El banco de la localidad solo atiende dos días al mes y son muchos los mayores que no tienen la posibilidad de usar una tarjeta. Por eso y con el objetivo de no dejar a nadie sin lo necesario, los establecimientos del pueblo llevan a cabo este servicio cargado además de trato cercano y hospitalidad.

«Nosotros repartimos por las casas a los que nos lo piden. En la panadería mucha gente compra para varios días, otros prefieren venir a diario y en el caso del reparto fiamos, porque es mejor no estar en contacto con el dinero y más cómodo a la hora de no dar las vueltas. Simplemente lo apuntamos y ya nos lo pagarán cuando puedan», explica Félix Arribas, de la panadería que lleva su nombre en el municipio.

Vocación de servicio

El perfil de las personas a las que les llevan el pedido a domicilio en este momento de pandemia por la covid-19 es muy variado. «Nosotros estamos dando toda clase de facilidades, repartimos a diario y unos nos pagan al momento, otros cuando pueden… Muchos clientes son mayores, y como no está el banco abierto no tienen opción de sacar dinero. Ha habido un cambio en la forma de comprar y aunque para nosotros es mejor la venta diaria, esta es una situación especial y nos hemos adaptado desde el primer día. Tenemos que poner de nuestra parte, nos tenemos que ayudar unos a otros y agradecemos a los clientes su apoyo», explica Jesús Bazán, cuarta generación de la tienda Alimentación Teyo que regenta. Con un hijo enfermero y otro guardia civil, tiene claro que en su familia prima «el deber de servir a los demás».

Lo mismo sucede con las dos carnicerías que hay en Traspinedo. Los encargos –que incluso llevan a Valladolid– han sido atendidos desde el primer momento del encierro y «sobre todo los primeros días, que no teníamos datáfono, preferíamos fiar que estar en contacto con el dinero. Ahora ya la mayoría, excepto la gente mayor, paga con tarjeta. Lo importante es que estemos todos bien y que los mayores salgan lo menos posible, ya habrá tiempo de hacer cuentas», señala Saúl Villa desde Carnicería Eva.

Juan José Cardeñosa, de la panadería La Cruz de Villabrágima, cuece el dinero que recibe de sus clientes en el horno para desinfectarlo.
Juan José Cardeñosa, de la panadería La Cruz de Villabrágima, cuece el dinero que recibe de sus clientes en el horno para desinfectarlo. / M. G. M.

En otro establecimiento del mismo sector, Conce, pusieron las mismas facilidades repartiendo a domicilio y preocupándose por sus clientes más que por la forma de cobro si alguien tenía alguna dificultad a la hora de pagar. «En eso no ha habido problema, ahora la mayoría nos pagan con tarjeta e incluso mediante transferencia, los métodos de pago han cambiado con esta nueva situación», explica Rubén Herrero, quien añade que «para estar aún más convencidos de que el nuestro es un espacio seguro, hemos comprado una máquina de ozono para desinfectar a diario la zona de carnicería y obradores».

Solidaridad y sentimiento de comunidad es lo que define a estos trabajadores que siguen día a día velando para que a sus vecinos no les falte de nada, y demostrando que lo principal es el bienestar de sus clientes por encima de cualquier medio de pago.

Monedas cocidas a 190 grados

Prueba de que es así es también el panadero de Villabrágima Juan José Cardeñosa, que dedica todos los días algo de su tiempo a llevar el pan a algunos vecinos que se lo piden y a los que, cuando hace falta, se lo fía hasta que puedan pagarlo. Antes del mediodía, bien en coche o bien andando, se acerca a las casas para dejar los pedidos que le hacen, la mayoría de las veces para varios días pues Juanjo –como se le conoce en el pueblo– ahora solo hace sus panes, barras y fabiolas tres veces a la semana (lunes, miércoles y viernes). La producción se redujo a la mitad, porque «ya no venían de los pueblos cercanos a comprar», explica Cardeñosa, que lamenta que haya vecinos que hayan dejado de ir a la panadería La Cruz por temor a infectarse pese a que guarda todas las medidas de seguridad fijadas por las autoridades sanitarias e incluso va más allá.

Con mascarilla y guantes, el joven panadero se protege él mismo y a sus clientes de posibles contagios. Algo que también persigue todas las tardes cuando mete todo el dinero que ha llegado ese día a la panadería al horno a 190 grados de temperatura, con el fin de desinfectarlo. Esas monedas cocidas son las que utiliza al día siguiente para dar la vuelta a sus clientes. Las precauciones son tantas que ni siquiera toca el efectivo con el que le pagan el pan a él, ya que «lo echan en un bote y de ahí va al horno».

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