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Clotilde Cerdà, niña prodigio y activista política silenciada

Clotilde Cerdà (Barcelona, 1861; Santa Cruz de Tenerife, 1926) no tuvo que esperar al siglo XXI para empoderarse. Desde muy pequeñita fue consciente de sus posibilidades artísticas y no tardó en acariciar ambiciones políticas. Hija ilegítima del urbanista Ildefonso Cerdà, responsable de la reforma del Ensanche en la Ciudad Condal, no le afectó demasiado que su padre oficial o putativo la desheredara a los tres años y rompiera con su madre. Mantuvo el apellido Cerdà pero, en todo lo demás, le bastaba el apoyo de su progenitora, la pintora Clotilde Bosch. Una artista con fortuna propia –su familia se había hecho rica con la explotación algodonera en Cuba– que alentó sus muchos talentos y le dio alas para tocar techo.

La joven no se conformaba con ser una arpista de prestigio internacional, alabada por Liszt y Wagner, que ofrecía conciertos en Viena, Roma, Tokio y Nueva York. Lo que ella buscaba era cambiar el mundo: luchando contra la esclavitud y la pena de muerte, sin olvidar la causa de los derechos de la clase obrera y de la educación de las mujeres. Era una fina articulista y los intelectuales liberales la adoraban, lo mismo el ecuatoriano Juan Montalvo que el catalán Víctor Balaguer y el cubano Enrique Trujillo, pasando por la autora turca Fatma Aliye.

«¿Por qué no la conoce casi nadie en España? Muy sencillo: era un personaje incómodo que acalló el 'establishment'. Igual que otras tantas mujeres con su misma iniciativa y sensibilidad que han caído en el olvido. No todas se quedaban en su casa cosiendo...», recalca la historiadora Isabel Segura, autora de 'Los viajes de Clotilde Cerdà i Bosch', el primer trabajo en profundidad sobre las andanzas de la arpista. Se publicó en 2013 y, desde entonces, afortunadamente han surgido más líneas de investigación para arrojar luz sobre una mujer «a la que nadie le enseñó a ponerse límites en razón de su sexo».

En 1885 fundó en Barcelona la Academia de Ciencias, Artes y Oficios para la Mujer

El trabajo más concienzudo se refleja en una exposición que acoge el Palau Robert de Barcelona hasta el 4 de octubre. Recoge gran parte del material recuperado en un anticuario de Naumburg (Alemania), que atesora la Biblioteca de Cataluña. Fotos, cartas, recortes, programas de conciertos, tarjetas de visita... recrean el mundo de Clotilde Cerdà. Una mujer cosmopolita y llena de sueños.

La influencia de la masonería

La comisaria de la muestra, Lorena Fuster, es profesora de Filosofía y Teoría Feminista en la Universidad de Barcelona. En los últimos años ha ahondado en el carácter pionero de una activista «que conciliaba su condición de católica con su afiliación a la masonería». Más allá de los rituales y símbolos, llamativamente estrafalarios a ojos de los profanos, la masonería es un colectivo que siempre se ha definido por sus ideales de fraternidad y progreso social.

A ella han pertenecido figuras tan dispares como Mozart, George Washington, John Wayne y Ernest Lluch. En la familia de Clotilde Cerdà había varios masones, como su propia madre sin ir más lejos. «En los viajes era habitual que contactaran con logias. Así sucedió, por ejemplo, cuando Clotilde tocó ante el presidente de Estados Unidos, Grover Cleveland. La mujer de este dirigente, Frances Folsom, era masona», desvela Fuster.

Reproche del secretario regio

En sus inicios la arpista catalana se sentía muy arropada y segura de sí misma. Se dejaba llevar por sus sentimientos y actuaba en consecuencia. Con esa actitud, a los 14 años no le cuesta obtener el indulto de Alfonso XII para dos condenados a muerte. Su madre había sido dama de honor de Isabel II y ambas gozaban del favor de monarcas, sultanes y emperadores. La jovencita se hacía llamar 'Esmeralda Cervantes' (nombre artístico que le pusieron Victor Hugo y la propia Isabel II) y estaba dispuesta a llegar muy lejos. No solo en los escenarios. Había vivido con apenas 10 años la Comuna de París –la primera experiencia socialista en Europa– y había terminado haciendo suya la lucha de los trabajadores.

En 1876 recala en Cuba y enseguida sintoniza con los movimientos antiesclavistas. Ahí cambian las tornas: la monarquía y la burguesía catalana empiezan a verla con otros ojos. El toque de atención definitivo llega en 1887, dos años después de que se aliara con Antonia Opisso (autora de la novela antiesclavista 'Diario de un deportado') y con Dolors Aleur Riera (primera doctora en Medicina de España) para fundar la Academia de Ciencias, Artes y Oficios para la Mujer en Barcelona. El conde de Morphy, secretario de la reina regente María Cristina, le manda una carta muy dura para reprocharle que se haya erigido «en protectora de la clase obrera y de la educación de la mujer».

Las presiones y la falta de ayudas le obligan a cerrar el local. Tiene 26 años y por primera vez se siente desorientada. Así que se marcha de España, retoma las giras de conciertos y la docencia; colabora en revistas como 'La Ilustración de la Mujer'; funda conservatorios y guarderías en Brasil, se casa con un industrial alemán y nunca dejará de soñar. En 1918 fija su residencia en Tenerife. Allí fallece a los 65 años y está enterrada bajo un panteón de estilo neoclásico. En Barcelona, solo hay un jardín interior (que indica mal su fecha de nacimiento) consagrado a su memoria.

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