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Cinco toneladas en honor al «Caudillo de Castilla»

Hoy es el flanco de invectivas políticas y su demolición lleva anunciándose desde 2011; pero cuando se inauguró, en julio de 1961, pretendía ser el faro que iluminase el proceder político de los vallisoletanos, el espejo en que mirarse y el ejemplo a seguir, especialmente entre los hombres del campo.

El monumento a Onésimo Redondo en el cerro de San Cristóbal cumplía, de hecho, ese cometido conmemorativo tan prodigado durante el régimen franquista. Le valía, en efecto, de excusa perfecta para un nuevo baño laudatorio de multitudes, pero también de recuerdo perenne de la Guerra Civil, bautizada como «Cruzada», lo que suponía refrendar la «legitimidad de origen» de la dictadura.

Aunque el acto tuvo lugar el 24 de julio de 1961, fecha en la que se conmemoraba el 25 aniversario del asesinato del llamado «Caudillo de Castilla» en la localidad segoviana de Labajos, lo cierto es que venía preparándose desde muy atrás. Al menos, la confección del monumento.

En efecto, del gobernador civil de Valladolid y jefe provincial del Movimiento entre 1954 y 1957, Jesús Aramburu Olarán, partió la iniciativa de erigir el elemento conmemorativo en el cerro de San Cristóbal. De hecho, ya durante el verano de 1957 se tiene constancia de la realización de las obras pertinentes, las cuales, según se quejaban desde La Cistérniga, caminaban demasiado lentas.

Franco se dirige al público asistente al acto de inauguración del monumento a Onesimo Redondo en el cerro de San Cristóbal el 24 de julio de 1961.
Franco se dirige al público asistente al acto de inauguración del monumento a Onesimo Redondo en el cerro de San Cristóbal el 24 de julio de 1961.

Nombrado Aramburu para el mismo cargo en Madrid, fue el siguiente gobernador civil vallisoletano, Antonio Ruiz-Ocaña, el encargado de hacer todos los preparativos necesarios para el evento. Él mismo presidió, de hecho, la comisión que habría de resolver el concurso publicado para construir el monumento, comisión de la que también formaba parte el subjefe provincial del Movimiento, Antonio Lorenzo Hurtado. Finalmente, el ganador del concurso fue el conocido arquitecto Jesús Vaquero Martín, que entonces era jefe de la sección de Urbanismo de Valladolid (posteriormente sería designado arquitecto jefe de la Delegación de la Vivienda), mientras que el escultor canario Manuel Ramos sería el encargado de fundir en molde las cinco figuras del monumento, que representarían a Onésimo Redondo rodeado de estudiantes, trabajadores y agricultores.

Tendría unas dimensiones colosales, de 31 metros de altura (3,5 cada figura y 12 el emblema del yugo y las flechas) y un peso aproximado de 5.000 kilogramos. Hacia octubre de 1960, informaba El Norte de Castilla, el monumento estaba prácticamente terminado.

Días antes del acto, concretamente el 12 de julio de 1961, la comisión organizadora, presidida por el gobernador Ruiz-Ocaña, acudió a Madrid a visitar a Franco. Le acompañaban el citado Lorenzo Hurtado, el consejero nacional por Valladolid, Anselmo de la Iglesia, y el arquitecto Jesús Vaquero, entre otros.

Los comisionados hicieron entrega al Jefe del Estado de varios tomos, lujosamente encuadernados, con las obras completas de Onésimo Redondo, junto a un completo álbum fotográfico del monumento que habría de ser inaugurado.

Aquel 24 de julio de 1961 vino precedido de efusivos llamamientos en la prensa por parte del alcalde de la ciudad, Santiago López González, el gobernador civil y demás autoridades y mandos falangistas, con objeto de lograr el máximo aforo en el Cerro de San Cristóbal. No les defraudaron: más de 60.000 personas se agolparon desde las dos de la tarde para asistir al homenaje al «caudillo castellano».

Llegaron de todos las pueblos de Valladolid y se cuidó especialmente que hubiese una nutrida representación del campo, habida cuenta del ideario y la obra de Redondo en este ámbito. La Jefatura Provincial del Movimiento organizó un servicio de autobuses para trasladar a a los asistentes al acto.

Más de 20.000 falangistas figuraron en el mismo. Todos los presentes acogieron con vivas al Jefe del Estado nada más verle aparecer. La explanada lucía banderas y gallardetes, además de los pertinentes uniformes azules.

Acompañaban a Franco, entre otros, el ministro secretario general del Movimiento, José Solís, el ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias Salgado, y el ministro de Agricultura, Cirilo Cánovas García. A las seis y media de la tarde, después de pasar revista al Regimiento de Infantería de San Quintín, comenzó el evento. En la tribuna presidencial podía verse además a los exministros José Girón y Raimundo Fernández Cuesta.

Una vez bendecido el monumento, el gobernador civil pronunció un sentido discurso en el que calificaba a Redondo como «uno de los mayores héroes de la historia de España», empeñado en «lograr la unidad entre los hombres y entre las tierras» del país en medio de una sociedad, la de 1931 a 1936, «fofa, estrecha y chata».

A continuación el ministro de Agricultura lanzó un extenso alegato a favor del campo español y adelantó un amplio proyecto de reforma «y reconstrucción» de la agricultura, antes de dar paso al ministro secretario general del Movimiento. Pero el discurso más esperado era, desde luego, el del general Franco, cuyo arranque se retrotrajo a los tiempos republicanos, en los que Redondo ejerció su labor política como fundador de las JONS: «Cuando España estaba a punto de desintegrarse, cuando en Rusia se hacían planes para dominarnos y uncirnos al carro de su esclavitud, surgió, como siempre en los momentos críticos, la no conformidad de los españoles; levantándose en tierras de Castilla, esta tierra de horizontes amplios propicios a las grandes empresas, el Movimiento de las J. O. N. S., de las Juventudes de Ofensivas Nacional-Sindicalistas».

Franco reiteró el compromiso de su Régimen con el campo español, asegurando «que haremos todo lo que sea humanamente posible hacer para levantar y redimir a las tierras y los campos de España, para que no se pierda el agua de sus ríos y para alumbrar nuevas corrientes subterráneas: todo lo haremos por aquella España de las ilusiones de Onésimo, que colme vuestros anhelos y aspiraciones y que vuestros nietos, vuestros tataranietos y sucesores disfruten en esa patria grande por la que los mejores dieron su vida y nosotros hicimos todavía muy poco».

Una ofrenda de flores y una misa en el Santuario Nacional pusieron fin a una jornada que El Norte de Castilla calificó en su editorial de «histórica», ya que «Franco estuvo otra vez con sus labriegos, sus Falanges de Castilla, fieles como siempre a su voz de Caudillo y de Jefe y les habló de España, mientras el viento sacudía las horas de la tarde. Su palabra sonó emocionada, latiendo en cada instante, interpretando el sentimiento de todos. (?) Onésimo Redondo recibió el tributo de los españoles, y ahí queda, como un testimonio para siempre al aire libre, su figura de joven héroe, que ya tiene un lugar en la nueva Historia de España».

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