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Carta de un enfermero en activo: «Esto no es vocación; estoy aquí por responsabilidad»

Qué difícil es esto. No es duro, es difícil, muy difícil. Paso todo el día metido en casa, solo y pendiente de algún mensaje, alguna respuesta. Miras de reojo los titulares de la televisión sabiendo ya lo que dicen. A las ocho de la tarde llega ese ratito de sacar a los perros en el descampado de detrás, mientras dos vecinas que siempre están ahí, en la ventana sin visillo, me miran con cara de "qué suerte tienes". Si ellas supieran.

A las 9 de la noche monto en mi coche, música a tope y la carretera desierta, extrañamente solitaria. En la rotonda unas luces azules me devuelven a la realidad. Les digo que voy al hospital, que soy enfermero y me toca guardia esa noche. No me mandan de vuelta a casa, dicen que parezco de fiar, vaya...

Mismo aparcamiento, misma escalera de acceso, mismo paciente en la puerta del hospital, fumando con el suero gastado y mismo vestuario. Con las mismas caras que me encuentro todos los días hasta mi taquilla. ¿Son las mismas? Es que ahora están tras una mascarilla. No sé.

Me he cambiado de ropa y el ascensor, hoy, no se hace esperar. Tantos años y tú también te pones en mi contra. Y encima, no te paras en ninguna otra planta, lo que nunca has hecho. La entrada a mi unidad no es la de siempre, ya me lo temía. La puerta de cada habitación, dieciseis en ese laaargo pasillo, está flanqueada por una mesa que sostiene un contenedor grande, negro. Comparte espacio con un frasquito de lejía diluida, un contenedor de residuos contaminados y algunas batas de papel.

¡Los EPI´s no han llegado! Los que sí que están aquí son los infectados, uno por habitación. Leñe, mis compis van de azul, ¿me he equivocado de planta? Pues no. Han instaurado pijamas de trabajo desechables, de usar y tirar. "Pues esto va a ser que los EPI´s están guardados en otro lado". ¡Y un mójon para mí! Sí que hay algunos, pero solo se pueden usar para los casos confirmados; para los dudosos, de los que aún no tenemos confirmación de laboratorio, no.

Al menos hay mascarillas, y son naranjas, qué chulas. Lástima que ese sea el único cambio. Por lo demás siguen siendo de papel, para engañar al virus, tan tonto él que a mí no me pillará porque le deslumbra el naranja. "Hala, a trabajar, que para eso te han aplaudido a las ocho de la tarde". Yo no puedo evitar acordarme de los gladiadores. No, no lo puedo evitar, aunque me pese.

Cincuenta y nueve años, fumador empedernido, nada "popular" en el gremio. Ya sé que para mí no habría respirador, me lo dicen todos los días en las noticias. ¿Qué hago yo aquí?. No es vocación. ¡Pero si yo quería ser veterinario! Responsabilidad, sí, eso sí. Treinta y cinco años en Geriatría, cuidando personas dependientes al ciento por ciento, que se van y vuelven. Miro a mis compañeras, Magdalena, Mari Ángeles, Ruth... con el mismo miedo que yo, aunque no lo digan, aunque no se nos note. ¡Me quedo! ¡Todos a una!. Si ellas pueden, yo también. Y mañana será otro día.

(Otro día)

No nos quejemos, ¿hay motivos?... Ya tenemos en la unidad los Equipos de Protección Individual. ¡Por fin! Ahora podemos medirnos con el virus de igual a igual. Los jefes no lo han hecho tan mal, después de todo solo han sido veinte días a pelo. Y nada más que 550 de nosotros han caído en las batallas.

Pero fíjate, ahí estamos con nuestras flamantes batas impermeables, nuestras mascarillas FPP2 y nuestros cascos de gladiadores. Hay que comprenderlo, las FPP3 son demasiado caras. Qué pena que a alguien se le haya "olvidado" incluir en el presupuesto las protecciones para el calzado.

A lo mejor ha sido un acierto, porque así, en las habitaciones aisladas, vamos pisando y aplastando los "bichos" del suelo. Y cuando salgamos de la zona contaminada, los que se esparzan por ese pasillo largo los vamos a pisar una y otra vez. No creo que quede ni uno vivo, lo recorremos continuamente.

Nosotros, por si acaso, hemos puesto en el suelo salvacamas absorbentes empapados en lejía. Dirán que somos unos exagerados, pero por ahí cuentan que "es mejor prevenir".

Hoy sí he podido permanecer un ratito con cada paciente, preguntándoles su estado, aliviando sus miedos, y sonriendo con la mirada. Es lo único que me ven. Uno de ellos me ha dicho que "le ha tocado la enfermera más fea", hasta que ha oído mi voz y el pobre se ha asustado.

¿El entorno del paciente? Deprimente. Cuatro paredes, una ventana cerrada a cal y canto, una cama desangelada, aspirador, toma de oxígeno, sueros, saturímetro y un sinfín de utensilios sanitarios desperdigados que deben permanecer ahí siempre. Solos, aislados, mirando a un infinito tan lejano como la pared de enfrente, con sus seres queridos rezando y temiendo por ellos allá, en la cárcel de su hogar.

Dios mío. ¿Es que nadie ha pensado en la persona que hay dentro de ese cuerpo invadido? ¿No hay ningún protocolo para esas mentes torturadas? Solos, hora tras hora, día tras día atenazados por la incertidumbre, por un miedo que se sublima en el terror. ¡Canallas!

* Fernando Parra Blasco es enfermero y vive en Almería.

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