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Carolina, la «enemiga de los okupas»

«Duermo con el enemigo de los okupas», bromea Rodrigo. Su esposa, Carolina, ha evitado dos ocupaciones ilegales en cuatro meses. Ambos intentos en su pueblo, Mocejón, un municipio toledano de 5.000 vecinos situado en la comarca de La Sagra, muy azotada por el fenómeno okupa desde hace años.

La primera intervención providencial de Carolina fue el 31 de enero, antes de iniciarse el estado de alarma por la pandemia. Ella vive en un edificio de tres plantas, con tres viviendas por piso. A primera hora de la mañana, sobre las ocho y media, dos hombres comenzaron a golpear en la puerta de una vivienda, vacía y propiedad de una entidad financiera, en la tercera planta. Carolina subió a preguntar. «Somos cerrajeros enviados por el banco», le respondieron.

Desconfiada, ella telefoneó a su marido, que le aconsejó que llamara a la Guardia Civil. Carolina lo hizo y luego subió al tercer piso para comunicar a los dos hombres que había telefoneado al cuartel.

No contenta, les pidió algún documento que acreditara que eran cerrajeros enviados por el banco. No mostraron ninguno. «Pero nos quedamos aquí para aclararlo», recuerda que le dijeron. Como todo le pareció extraño, Carolina telefoneó también al administrador de la finca, quien le confirmó que no esperaba a ningún cerrajero.

Pero, cuando ella entró un momento en su casa, los individuos huyeron. Días más tarde, le aseguraron desde la inmobiliaria que sus cerrajeros siempre llevan una acreditación o una carta; y que también comunican antes con la comunidad de vecinos para informar.

«¡Señora, tranquilícese!»

Lo que Carolina no se imaginaba es que, cuatro meses después, los okupas le iban a tocar tan directamente. El 5 de junio a media tarde, se las vio con otros dos también en Mocejón. Alberto, su padre, fue a depositar ropa en un contenedor de Cáritas. Al pasar por delante de un chalé vacío de su propiedad, el hombre observó que unas persianas estaban subidas. Sospechó que alguien había entrado y avisó a la familia.

Acudieron su esposa, Marisol, y Carolina, que iba con un paraguas en las manos. Ella aporreó la puerta de entrada, cuya cerradura la habían cambiado ese mismo día. Un hombre entreabrió la ventana de un baño y espetó: «¡Señora, tranquilícese!». Carolina golpeó entonces la ventana y la persiana. Poco después, los dos okupas que estaban dentro se marcharon a la carrera por la misma tapia trasera por la que se colaron.

Carolina y sus padres descubrieron luego la puerta de cristal que los okupas habían fracturado para entrar. Afortunadamente, Alberto los sorprendió a tiempo, porque ya tenían preparadas garrafas con agua y utensilios para limpiar antes de llevar sus muebles. «Han tenido suerte porque no hay un colchón; se podrían haber quedado sin casa», dijeron desde la Guardia Civil, que les aseguró que eran individuos que «compran» casas a mafias para ocuparlas. Un tercer individuo apareció más tarde para llevarse el coche que, supuestamente, se habían dejado de los okupas en la calle al huir.

Ahora los padres de Carolina han alquilado el chalé a un conocido para no tenerlo vacío y evitar otro intento de ocupación ilegal.

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