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Caleidoscopio de sensaciones

La pandemia ha trastocado la vida. Toda una verdad absoluta y, por desgracia, manifiestamente constatable. La mayoría de las profesiones han debido de reinventarse para no sucumbir en medio de un drama que tiene el color del miedo y de la incertidumbre. La profesión artística es de esas que peor lo están teniendo. Sus autores han visto reducidas a lo mínimo las formas habituales de canalizar sus trabajos; las exposiciones, por culpa de la reducción de horarios y por la escasa movilidad entre zonas, han perdido sus cadencias y, en las programaciones culturales, casi han desaparecido. Las galerías de arte, si estaban en un proceso de claro cuestionamiento, ahora, con la situación anómala y cruel, ven diluir sus horizontes. En definitiva, muchas circunstancias esquivas para un arte y sus ejecutores que lo están pasando muy mal; diría que en una imparable agonía. Es hora, no obstante, de que todos, artistas, galeristas, centros de arte, instituciones, coleccionistas –ahora es el momento de apostar por el arte, iniciar colecciones o ampliar fondos–, críticos, aficionados…. apoyemos una creación plástica que pasa olvidada en medio de la negrura generalizada. Pensemos que los artistas están ahí, continúan con su incesante ejercicio aunque la mayoría puedan creer que viven del aire. Hay muy poco pero lo poco que existe debe ser potenciado y patrocinar una realidad que, a pesar de todo, sigue permanentemente viva.

Kimika es una artista japonesa, afincada en Sevilla, que está en posesión de un sabio, lúcido y personalísimo lenguaje plástico, manifestado desde la fuerza impactante del color. Es artista que funde las conciencias y los conceptos formales de lo oriental y lo occidental, generando una obra de sutil fuerza cromática y de claro impacto visual.

La muestra del Castillo de Santa Catalina, amplia, bien estructurada museográficamente y con un desarrollo expositivo acertado, con los elementos perfectamente adecuados a la singularidad y magnitud del espacio, nos ha conducido por la personalísima realidad de una artista que se ha valido de su experiencia vital en los territorios saharauis para establecer una obra distinta, bella y emocionante de principio a fin.

Kimika ha pasado temporadas en los campamentos de refugiados en Tinduf, allí donde, desde hace años, se viene celebrando ‘Artifariti’, encuentros de artistas internacionales en los propios campamentos que sirven para poner de actualidad la problemática de aquellos pueblos, desamparados por la política de los países implicados y el yugo amenazador de Marruecos que miran hacia otro lado ante la aplastante y descarnada realidad existente. En aquellos territorios, la artista ha conocido de primerísima mano la problemática, llenándose de los infinitos esquemas de un pueblo con muchos registros, tanto existenciales como culturales.

Allí colaborando estrechamente con ellos ha asumido muchas de sus costumbres; por eso la obra que ha ocupado los espacios del antiguo recinto militar gaditano está llena de muchos de esos rasgos distintivos captados en la vivencia íntima con la gente; especialmente de las infinitas manifestaciones coloristas que se encuentran en torno a la vida de las mujeres saharauis. Muchas de las obras presentadas están realizadas con trozos de telas coloristas provenientes de la vestimenta tradicional de la mujer, la melfa, que ellas han ido entregando a Kimika para componer bellos lienzos donde el expresionismo de la forma juega un papel importante desde la pasión cromática que comportan. Estas vistosas telas, tintadas a mano, son los elementos compositivos de la obra de la artista, funcionan como un magnífico y particular caleidoscopio de imposibles y bellísimas formas donde la realidad extrema de la entidad del pueblo se abre expectante en un desarrollo cromático de especialísima singularidad.

La obra de Kimika es distinta, única, extrema, personal e intransferible, como el mundo extremo de la mujer saharaui que se convierte en la obra de la artista en una referencia absoluta para introducirnos en un universo cercano pero alejado de los intereses de casi todos. Las melfas de Kimika son las obras de las mujeres oprimidas, el propio sentido de una mujer que expande verdad y vida, como los máximos colores que construyen bellas formas desde una naturaleza dura donde lo real es tan apabullante como esa plástica inquietante de una artista cuyo trabajo va mucho más allá del propio sentido material de su obra.

En unos momentos existenciales de especial dureza, la obra de Kimika atempera el drama y abre una ventana de esperanza dentro de la aplastante realidad que encierra. Es Kimika una artista que ya nos ofreció parte de su inquietante trabajo en la Neilson Gallery de Grazalema y que, después de atravesar muchos desiertos personales vuelve con una fuerza desmedida a ofrecer su apasionante y gestual forma plástica.

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