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Spain

Cáceres y Éibar

Cáceres y Éibar han hecho de la necesidad de virtud. En Éibar tenían muy poco espacio, pero echaron mano de la imaginación para crecer y en Cáceres había muy poca agua y sus habitantes supieron sobrevivir a base de imaginación, pozos y aljibes. Este domingo, en un ambiente de gala, se enfrentaban en el estadio Príncipe Felipe los equipos representativos de estas dos ciudades con imaginación y venció el Eibar con mucha suerte.

Otra coincidencia, esta futbolística, relaciona también las dos ciudades: el mismo año (1953) en que el Cacereño descendía de Segunda División, el Eibar ascendía a esa categoría. Después, ambos clubes vivieron trayectorias paralelas de equipos ascensores.

La gracia del partido de Copa del Rey era que el Cacereño no se enfrentaba a un equipo de Primera, se enfrentaba a una referencia: el Modelo Eibar, o sea, una manera de entender la gestión económico-deportiva que se estudia en la escuela de negocios IESE y que debería ser de obligada aplicación en toda entidad deportiva seria y con aspiraciones.

La Sociedad Deportiva Eibar, fundada en 1940, tiene un estadio con menos capacidad que el Príncipe Felipe (8.165 espectadores) en una ciudad de 27.000 habitantes y con unos 6.000 abonados, pero es propiedad de 11.000 accionistas, ninguno de los cuales posee más del 5% del club. El modelo de gestión del Eibar (resumido: no gastar más de lo que se ingresa) fue impulsado por Álex Aranzábal, directivo de la sociedad desde 2005 y su presidente entre 2009 y 2016. Aranzábal es profesor de la Universidad de Deusto, está especializado en Dirección Financiera y ha escrito dos libros: 'El modelo Eibar', explicando las claves del equipo, y 'Vivir dos veces', donde, a partir de su experiencia como presidente, expone un modelo de superación personal basado en el ejemplo y las enseñanzas de los jesuitas. Su presidenta actual, Amaia Gorostiza, es hija de una señora que convirtió un taller mecánico en una industria de diseño y fabricación de componentes automovilísticos. Algo parecido al Eibar.

Cuando se viaja de Bilbao a San Sebastián por la autopista de peaje, llama la atención un pueblo encajonado en un valle y un estadio pegado a la autopista. Ese pueblo es Éibar y ese estadio, Ipurua. En Éibar, no hay terreno llano, allí o se sube o se baja, y el campo de fútbol se construyó sobre el relleno de una escombrera.

En un espacio alargado y estrecho, entre montes, con el río Ego en medio, la ciudad creció ocupando laderas y bancales y esa carencia de suelo forjó un espíritu de ocupación y resistencia que se trasladó a la industria y al fútbol. Fue el primer pueblo en proclamar la II República y desde el siglo XV, trabajan el metal. Famosa por sus armas, pero también por sus bicis, sus motos, sus electrodomésticos o sus máquinas de coser, en la ciudad se palpa un orgullo por lo bien hecho que se traslada al fútbol.

Aprovechando que están a 50 kilómetros por carretera de Mendizorroza, San Mamés y Anoeta, el Eibar ha sido el club de formación de los jugadores de los equipos vascos, pero también de otros grandes clubes, que enviaban allí a sus promesas para que se forjaran en el espíritu eibarrés: de allí salieron Gárate, Silva, Xabi Alonso, etcétera.

El Eibar es el triunfo del minimalismo bien gestionado frente al gigantismo futbolero, la victoria de la sensatez frente a los delirios de grandeza, de la artesanía resistente frente al despilfarro. Como escribe Valdano en el prólogo del libro 'El modelo Eibar', han vencido a la geografía y a los pronósticos. Ayer vencieron al Cacereño, que empleó las mismas armas que han encumbrado al Eibar: tesón, entrega e imaginación. Faltó la suerte, pero quedó el ejemplo y la evidencia de que el Cacereño ha entendido que el camino para ganar y emocionar es el mismo que ha recorrido el Eibar: el trabajo bien hecho, los pies en el suelo, una afición comprometida e imaginación, aunque no haya espacio, aunque no haya agua.

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