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Blanco y oro, última etapa para un destino

En el rostro de Manolete se marcan las huellas del cansancio. Vestido de blanco y oro, siempre gustó de colores vivos y alegres, el torero atraviesa al terminar el festejo el ruedo del coso de Cuatro Caminos de Santander. La corrida de aquel 26 de agosto de 1947 no pasará a la historia. Los vega-villares de Rogelio Miguel del Corral no se han prestado al lucimiento. Manolete camina cabizbajo. El peso de la púrpura es cada vez mayor. El hombre está cansado. Los aplausos del público entusiasta le hacen esbozar una tímida sonrisa. Es solo un espejismo. El espada vuelve a recogerse de manera íntima y, así, meditabundo, absorto en lo más profundo de su espíritu, abandona el coso cántabro.

Al llegar al hotel Guillermo, su fiel mozo de espadas le ayuda a desvestirse. La chaquetilla queda sobre una silla de la estancia. Le sigue el rosado corbatín, el leve chalequillo, la camisa, la taleguilla sudada y manchada de sangre. El terno queda hueco, vacío, inanimado. Guillermo recoge las prendas y las ordena. Ya habrá tiempo de limpiarlo y dejarlo dispuesto para una nueva puesta, o tal vez no. Manolete está cansado. Piensa en retirarse. Está agotado. Todos le exigen cada vez más. Solo su amor propio, su vergüenza profesional y su torería le mantienen en píe. La temporada, a pesar de haberla iniciado tarde, está siendo agotadora y más para un hombre que estaba cansado de todo lo que le había hecho convertirse en un ídolo.

Tras asearse, se sienta relajado y enciende un Philip Morris. Le da una larga calada y comenta con sus allegados sus impresiones de la tarde. Se queja a Camará, su apoderado, del mal juego del ganado. Los toros cumplieron en el caballo, pero ahí acabo su juego. En la muleta quedaron sosos, desrazados y cobardones. Una pena que para una corrida benéfica, en la que se habían puesto muchas esperanzas, se hubiese elegido un ganado tan mediocre.

A pesar de todo, Manolete había mostrado su tauromaquia desgarrada, seca y descarnada. En su toreo está la verdad, nunca engaño a nadie. Quietud en su primero con el fino percal. Se lució en un quite a la verónica en el que fue muy aplaudido. Tras el tercio de banderillas tomó la muleta. La faena es intensa. Sacó agua de un pozo seco. Los olés rompen en los tendidos, tanto que solo son acallados por las notas musicales de un torero pasodoble. Todo toca su fin. Llegan los remates culminados con sus personalísimas manoletinas. Estocada certera que remata con un golpe de verduguillo. Manolete da la vuelta al ruedo entre los vítores y aplausos de un público volátil que puede que en su segundo le reproche cualquier cosa.

El segundo de sus toros es un animal cobarde y reservado. Aún así, Manolete vuelve a demostrar por qué es la máxima figura. Busca el lucimiento y, sobreponiéndose a las dificultades del toro, lo logra poco a poco. El toro es receloso. A pesar de la buena disposición del torero, no hay para más. De nuevo el público le aplaude. Sus compañeros, Juanito Belmonte y Rovira, padre del cantante mexicano Enmanuel, tampoco han podido lucir sobremanera. Al igual que Manolete, el pobre juego de los astados han dado al traste con su afán de lucimiento.

Manolete vuelve a encerrarse en sí mismo. A penas habla. En silencio vienen a su mente muchos interrogantes. ¿Hasta cuándo podrá aguantar la presión que le atenaza? ¿Por qué tiene ganas de poner punto y final a lo que le ha llevado a ser una personalidad notable? ¿Por qué no le dejan vivir como a un hombre normal? Se levanta y se sonríe. ¿Qué habrá llevado a Rovira a brindarle el último toro de aquella tarde tan gris?

El terno blanco y oro –que ahora conserva la Hermandad del Resucitado de Córdoba– es recogido por Chimo, el ayuda del mozo de espadas, y dispuesto para viajar a un nuevo destino. Guillermo dice que no hay prisa. Para Linares dispondrá un rosa pálido y oro, muy ligero de bordados, y un verde manzana y oro con alamares de mariposa, al objeto de que Manolete vista el que más le agrade.

Manolete y su gente viajan hasta Madrid. Allí recogerán a Antonio Bellón, periodista y amigo personal del torero, quien les acompañará hasta la ciudad minera. Allí, Manolete, alejado de las grandes plazas y ferias, pero muy cerca de su tierra, volverá a vestir el chispeante. Le esperan toros de Miura y la competencia de un arrollador Luis Miguel, que como afirmó el mismo Manolete, “venía con la escoba”.

El Buick azul toma el último camino hacia el destino dispuesto. En el maletero, un “lío” con un traje blanco y oro que cobró, por última vez, la vida un día sin historia, o tal vez no. Porque a la postre fue el que vistió Manolete la última tarde en la que salió por su propio pie de un coso taurino.

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