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Barcelona nunca supo llorar a Maradona: la historia de un desamor

Barcelona nunca pudo entender a Diego Armando Maradona. Ni el club, entonces perdedor y angustiado por sus complejos; ni su afición, que le costó aceptar que llegara aquel argentino para arrebatarle el puesto a uno de los suyos, Simonet (Simonsen, el Balón de Oro danés); ni la ciudad, todavía con el olor a naftalina clavado en los huesos y que descubría de repente vicios aún incomprensibles y la vida negada durante la dictadura. Aquel niño rechoncho de pelo alborotado y monstruoso tren i

nferior que ni siquiera podía atarse las botas -los pies de Dios siempre exigieron libertad-, tuvo el impacto fugaz del resplandor. Su genio fue cegador en un lugar donde pocos estaban preparados para ello. Y el imaginario azulgrana, tan dado a la mitología, nunca supo cómo encajar a un personaje que le confundía. Tanto que su fútbol casi siempre fue lo de menos. Maradona pudo serlo todo en Barcelona. Pero, como los amores de verano, de aquello sólo sobrevivió el recuerdo de lo que nunca fue. Demasiado hermoso. Demasiado triste. El día en que Maradona tomó aquel

avión hacia Nápoles

, donde el pueblo lo puso a la altura de San Gennaro, Barcelona no pudo llorarle. No supo cómo hacerlo. Las vitrinas, tras aquel breve sueño, seguían teniendo el mismo polvo que antes. Apenas una Copa del Rey, una Copa de la Liga y una Supercopa de España de más. Los 38 goles tampoco parecían indicar demasiado, por mucho que algunos de ellos fueran borrados de la mente pese a su emocionante perfección [sí, aquella vaselina en carrera en el Pequeño Maracaná que detuvo el tiempo en Belgrado]. Y el presidente

Josep Lluís Núñez

incluso pensó que hizo negocio. Y así lo vendió a aquellos fieles que le apoyaron durante 22 años. Había fichado a Maradona por 1.000 millones de las antiguas pesetas. Lo vendió por 1.200. Y además pudo pagar las remodelaciones del Camp Nou. Así funcionaba aquel Barça. Pero si hubo un desengaño, hubo también un largo cortejo. Porque el Barcelona pasó cuatro años hasta que pudo fichar a aquel argentino que debía cambiar la historia del fútbol en un relato que sólo podía comenzar en la nada. En Villa Fiorito, el agujero sin luz del que nadie salía si no era con los pies por delante.

Josep Maria Minguella

, el legendario agente de futbolistas, fue puesto sobre la pista y acudió a maravillarse en sus partidos con Argentinos Juniors. Bajaron a los infiernos barriales Minguella y también

Nicolau Casaus

, el primero al que el recién escogido presidente Núñez enviaba a cerrar el fichaje del genio. Aquella primera vez no hubo manera de pagar los 100.000 dólares que les reclamaron. Hubo un segundo intento dos años más tarde, ya en 1980. Pero el problema con el que se topó el Barcelona fue aún más difícil de superar, la oposición de la dictadura argentina. El militar

Carlos Alberto Lacoste

se negó a ello. "La patria lo necesita para el Mundial de España", acostumbra a recordar

Joan Gaspart

, principal brazo ejecutor de Núñez en todas las negociaciones. Así que Maradona tuvo que aguantar aún otros dos años, ya en Boca Juniors, hasta que aterrizó en Barcelona con aquella chaqueta azul celeste Puma y una sonrisa que activaría una inaudita industria mercadotécnica a su alrededor. Era aquel un Barcelona que no ganaba la Liga desde hacía ocho años. Es decir, desde la irrupción de Cruyff en la temporada 1973-74. Un equipo al que habían llegado quienes serían los mejores amigos del Pelusa en el equipo,

Marcos Alonso

y

Julio Alberto

. Con otra joven estrella,

Bernd Schuster

, sólo un año mayor que Maradona, que debía también encontrar su lugar. El Diego, al que su representante y amigo de mismo peinado,

Jorge Cyterszpiler

, trataba de concederle cuanto le pedía mientras la caja de caudales se vaciaba antes de volverse a llenar, maravilló a sus compañeros desde el primer suspiro. Llegó al vestuario, enrolló las medidas en una bola y se puso a dar toques como quien come pipas. Aquello no era un simple gesto técnico, sino la evidencia de que lo sobrenatural podía ser rutina. El Barcelona se dispuso a ver controles con la espuela, avances entre cuatro y cinco rivales sin que la pelota dejara nunca de ser acariciada con el botín izquierdo, y un derroche de coraje ante cada una de aquellas faltas salvajes que entonces eran norma. Maradona caía. Se levantaba y volvía a enfrentarse a los demonios. Ajenos y propios. Su amanecer como azulgrana invitó a la fascinación. Ni siquiera parecía importar que el entrenador que llevaba aquel equipo,

Udo Lattek

, no acabara de congeniar con Maradona. "Lattek se bebía tres cervezas antes de empezar el día y luego nos mandaba a correr", decía El Pelusa. El recambio debía ser

César Luis Menotti

. El que permitiera noches sin fin por aquello de los "biorritmos". El mismo entrenador también conoció pronto la discoteca Up&Down. A Maradona, por mucho que sus biógrafos insistieran durante años, no le perdió la cocaína en Barcelona. La nieve nasal no formaba aún parte de su vida. Bastante tenía con el whisky con cola, las noches de cine en su mansión de Pedralbes hasta altas horas de la madrugada con películas de

Louis de Funès

y de

Adriano Celentano

, pero también las orgías. El mito se lleva la leyenda a la tumba. Y aún hoy habrá quien defienda que el primer gran contratiempo de Maradona en Barcelona fue una enfermedad de transmisión sexual. Aunque tanto los médicos que lo trataron entonces como su histórico preparador físico,

Fernando Signorini

, siempre defendieron la versión oficial, que El Diego enfermó de hepatitis. Sus tres meses fuera del campo condicionaron de manera fatal a un equipo que no supo ni por dónde empezar sin su nuevo líder. La Liga fue un imposible. El Barcelona fue cuarto, a seis puntos del campeón, el Athletic. Pero aún faltaba la final de la Copa del Rey, quizá la noche en la que Maradona mejor logró expresarse. Como imagen icónica, la del madridista

Juan José

con la entrepierna machacada en el palo ante el último regate del genio sobre la línea de gol. Aquella alegría sólo podía ser breve, mostrándose otra vez la fatalidad como indeseable compañera de su existencia. En la jornada cuatro de su segunda temporada como azulgrana,

Goikoetxea

hizo añicos el tobillo izquierdo de Maradona. Quienes bajaron aquel día al vestuario recuerdan los gritos agónicos del futbolista, operado de urgencia. De aquélla también salió, incluso antes de lo esperado. Poco más de tres meses duró aquel calvario. Pero fue tiempo suficiente para que los hábitos nocturnos acapararan aún más la atención. En aquella mansión de Pedralbes, incontrolable ya para la mujer de su vida,

Claudia Villafañe

, llegaban a reunirse veinte personas. Treinta. Qué más da. Bendito clan. Todos comían allí en una mesa enorme. Todos vivían de él. Todos querían jugar con él en su pista de tenis. Todos querían acompañarlo en sus rutas nocturnas, que casi siempre comenzaban en el restaurante Corrientes 348. Los colaboradores de Núñez comenzaron a hacer circular que el presidente había recibido un informe policial en el que se aseguraba que Maradona había iniciado su relación con la cocaína. La Liga, a su regreso, continuaría tan alejada como había estado. Para colmo, otra vez el Athletic de

Javier Clemente

, némesis de aquel Barcelona, volvía a cruzarse en su camino. Esta vez, en el de salida. El Bernabéu, con la familia real al frente, fue el escenario de una final de Copa en la que el gol de

Endika

fue lo de menos. El salvajismo, presente durante todo el partido, fue ya extremo a la conclusión. De los empujones se pasó a los puñetazos y las coces. Maradona, ya en el hotel, se dio cuenta de que aquello había acabado. Núñez, más que intentar retenerlo, buscó la manera de sacárselo de encima. Y Maradona tomó aquel avión rumbo a Nápoles. Tan dolido como seguro de haber descubierto el desamor.

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