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Baile fúnebre

No sé por dónde empezar. ¿Tal vez por ese momento inenarrable en que Lucía Muñoz, diputada de Podemos, sube a la tribuna para disculparse ante sus socios habituales por haber pactado con Ciudadanos las conclusiones de la comisión de reconstrucción? Encamarse con el adversario, afirma Muñoz en un arranque de audacia, es un sacrificio patriótico que servirá para que Europa afloje la mosca y el Gobierno pueda aprobar unos Presupuestos de izquierdas. Su deposición fue una de las perlas que nos dejó la sesión parlamentaria del viernes. Pero no la única. Un poco después, Echenique se arrimó al micrófono, como un crooner durante el estribillo de una balada, y les susurró a sus viejos camaradas, atónitos por el espectáculo, que de la reforma laboral del PP no iban a quedar «ni los palos del sombrajo». Era otro modo de decir lo mismo que había dicho la diputada Muñoz, pero con un estilo más cheli: es decir, que ahora no tenían más remedio que pelar la pava con el partido de Arrimadas, pero que más pronto que tarde volverían a su ser. En ambos momentos, en el de Muñoz y en el de Echenique, hubo miradas de hastío entre los escaños del PSOE. No era el mejor día para que Podemos sacara a pasear su pedigrí progre dándole una mano de tortas al único apoyo parlamentario que estaba por la labor de sacarle las castañas del fuego.

Por la mañana, en otro de los momentos estelares de la jornada, Pablo Iglesias había declarado en Radio Nacional que no le devolvió a Dina Bousselham la copia de la tarjeta del teléfono móvil que le habían robado porque en ella había fotos íntimas bastante comprometedoras y no quería que se sintiera sometida a más presión. O sea, que la damisela estaba en apuros y su obligación era protegerla. Si un carca de la derechona rancia se hubiera atrevido a decirle eso a una mujer de veintipico años, feminista y de izquierdas, a estas horas el pobre hombre ya estaría achicharrado en la pira anti machista de las redes sociales. ¿ No es capaz Dina Bousselham de gestionar su intimidad como le venga en gana? ¿Necesita la ayuda de un macho protector para tapar sus vergüenzas? Contaba ayer La Razón que el malestar de las ministras socialistas, tras escuchar la entrevista radiofónica de Iglesias, era indisimulable. Algunos de mis espías paraguayos sostienen que la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros se canceló, entre otras cosas, para evitar que las preguntas a María Jesús Montero se centraran en ese enojoso asunto.

Es posible, de todas formas, que las miradas fulminadoras de las ministras del PSOE no se debieran solo a sus declaraciones sobre su conducta con Dina. Apenas faltaban dos horas para que el presidente escenificara un presunto acuerdo económico con los agentes sociales, empresarios incluidos, y en la misma entrevista el vicepresidente dinamitero no tuvo mejor ocurrencia que comprometerse a tratar de convencer a Sánchez para que derogara la reforma laboral, retomara el «impuesto a los ricos» y recuperara el apoyo de los independentistas. «No renuncio ni a una coma del acuerdo de investidura», dijo con la secreta esperanza de que Garamendi escuchara sus palabras mientras se ponía la corbata para acudir al palacio de La Moncloa. Diríase, a tenor de su argumentario, que pretendía dinamitar el acto. Para él, la cercanía de la CEOE, como la de Ciudadanos, es pan para hoy y hambre para mañana. A pesar de todo, Garamendi no torció el gesto y se prestó a la foto propagandística que le demandaba el presidente del Gobierno. Otro contradiós: el patrón de los patronos primero pone a parir la reforma fiscal anunciada por Sánchez y luego estampa su firma en un papel que sirve para darle alas. No hay quien entienda la política de estos días. Todo el mundo odia a su pareja pero nadie se atreve a pedir que pare la música.

Solo Casado ha tenido las narices de quedarse al borde la la pista. Más le vale que Feijóo no pierda la mayoría absoluta. De lo contrario, pincho de tortilla y caña a que su próximo baile tendrá que marcárselo a ritmo de réquiem.

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