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Aquello que Nietzsche gritaba

Schopenhauer hablaba con él mismo, en voz alta, en la vía pública. Ahora creerían que conversaba por móvil. Cada vez hay menos personas que debatan consigo mismas. La obsesiva histeria de la “actualidad” nos ha habituado a secuencias de debates televisivos y otras tonterías. Y ahí no acaba todo, se han producido cambios que han convertido en extrañas las actividades cotidianas más simples y agradables: conversar con los amigos, callarse, leer un libro y ya no digamos debatir a solas con nosotros. Paralelamente a esto, se ha vuelto incontrolable el impulso destructivo de pasar el día pendientes de la frenética y tantas veces banal actualidad.

Por otra parte, ¿qué hacer con lo supuestamente “actual”? La pregunta me transporta a una tarde de verano de 1979 en la que Roland Barthes está preparando la lección que dará en al día siguiente en el College de France y, en curioso debate consigo mismo, se pregunta (así lo transcribe en La préparation du roman) “si podemos seguir leyendo libros cuando uno se pone a escribir”.

Los franceses eran así antes, ¿no? Se formulaban preguntas de todos los colores, siempre en viva discusión consigo mismos. Esa tarde de verano, nada más plantearse la abrupta cuestión, da un vistazo Barthes al periódico Libération y las noticias (enfrentamientos en Cherburgo, basureros nucleares, problemas en Irán…) convierten en insignificantes sus pequeñas inmersiones personales. “Y todas esas noticias me han golpeado fuerte cuando, con cierta sofisticación, me estaba preguntando si se puede leer cuando se escribe”, comenta poco antes de auxiliarse enseguida a sí mismo, recordando su experiencia del verano anterior cuando, releyendo a Pascal en el avión a Biarritz, tuvo la viva impresión de que el pensador iba a su lado y le hablaba en un lenguaje directo que él no encontraba en el mundo que le rodeaba. “Y me dije: amar la literatura, cuando uno lee, es disipar cualquier tipo de duda sobre el presente, su actualidad, su inmediatez; es ver que es un hombre vivo el que habla, como si su cuerpo estuviera a tu lado, más actual que el ayatolá Jomeini; es escuchar a Pascal expresando el miedo a la muerte y descubrir que sus viejas palabras expresan las cosas presentes que están en mí y no me hacen sentir la necesidad de otro lenguaje”.

En este país, el más enloquecidamente enganchado que existe a “la actualidad”, consuela ver que, a pesar de la avalancha de libros que confunden lo político con lo coyuntural (lógica insigne del mercado), aún queda una cierta resistencia y circulan libros recientes que no ceden a ese chantaje de la actualidad sobre el novelista y nos instan a poner en pie aquello que Nietzsche gritaba antes de caer rendido en Turín: que para ser realmente contemporáneos hay que ser intempestivos, ligeramente inactuales. Porque la contemporaneidad es adherirse a nuestro propio tiempo, pero, a la vez, tomar distancia del mismo, puesto que a fin de cuentas solo así, desde esa posición desplazada, podrá abrirse paso la distancia crítica, la discrepancia política frente al presente.

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