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Abdicaciones y cinco exilios: éxitos y caídas recientes de la monarquía en España

Los últimos doscientos años han sido un caldo ardiendo de cambios y revoluciones constantes en Europa, que han colocado a poderosas dinastías en el exilio y han ido transformando por completo el color político del continente. Si a principios del reinado de Alfonso XIII lo raro eran las repúblicas, tras la Primera Guerra Mundial, con la caída de los Habsburgo en Viena, los Romanov en Moscú y los Hohenzollern en Berlín, lo inusual empezó a ser sobrevivir encima del trono. Los Borbones, a pesar de todo, han logrado llegar al siglo XXI como la casa reinante en España y afrontar los sucesivos retos del cambio de los tiempos.

Las abdicaciones de Carlos V y Felipe V

El primero de los Austrias en España, Carlos I, y el primero de los Borbones, Felipe V, comparten grandes similitudes biográficas. Ambos llegaron siendo adolescentes imberbes a países que les resultaban desconocidos, con problemas para aprender el idioma y las costumbres locales, y a base de éxitos y tropiezos acabaron siendo grandes representantes de sus respectivas casas. Sin embargo, castigados por problemas mentales y físicos, en el caso de Carlos I tras una depresión que le hundió anímicamente en el invierno de 1555 y en el de Felipe V por un síndrome bipolar cada vez más incapacitante, se vieron obligados a abdicar cuando todavía eran jóvenes.

Carlos I repartió sus tronos entre Felipe II y su hermano Fernando y se decantó por un sitio tan remoto como Extremadura (la tierra que paría conquistadores como churros), concretamente en Cuacos de Yuste, para retirarse del mundo con solo 55 años. Allí moriría tres años después, cuando su ánimo ya estaba recuperado pero no su cuerpo, debido probablemente al paludismo.

Retrato de Carlos V sentado, por Tiziano (
Retrato de Carlos V sentado, por Tiziano (

Felipe V, por su parte, tomó a finales de 1723, con cuarenta años, la decisión de abdicar en la figura de su hijo Luis I y retirarse del mundo «para pensar en la muerte y solicitar mi salvación». Para este retiro espiritual, el Monarca escogió los bosques de Segovia para construirse un palacio de ensueño, más francés e italiano que español, el Palacio Real de La Granja de San Ildefonso. No obstante, la prematura muerte de Luis I, cuando apenas llevaba unos meses en el trono, devolvió a Felipe V al trono. Cada vez menos cuerdo, el Rey intentó abdicar en varias ocasiones, sin que la Reina ni sus ministros lo permitieran, pues el futuro Fernando VI era aún demasiado joven para reinar. Reinar en contra de su voluntad dispuso la mayor de las tragedias de la casa.

Las tres abdicaciones de Carlos IV

Carlos IV, un Rey con buena visión internacional y grandes intereses culturales, tuvo que lidiar con un huracán de unas dimensiones desconocidas para las monarquías europeas, la Revolución francesa, y luego con uno de sus frutos más indeseables, Napoleón Bonaparte. Como resultado de esta colisión y de su mala relación con su hijo Fernando, Carlos IV abdicó hasta tres veces a lo largo de su vida.

En Bayona, Carlos IV cedió el trono de España a Napoleón por una renta anual de treinta millones de reales, pagadera mensualmente, el uso vitalicio del palacio de Compiègne y la propiedad del castillo de Chambord con bosques, jardines y haciendas dependientes. En cuestión de meses la renta adelgazaría hasta la anorexia, el palacio se convertiría en una pequeña parte de este y de las propiedades en Chambord no se volvería a hablar.

En Bayona, Carlos IV cedió el trono de España a Napoleón por una renta anual de treinta millones de reales

Tras lograr salir de Francia, Carlos y su esposa terminaron sus días en Roma, primero en el imponente Palacio Borghese y después en el más económico de Barberini, al que sería muy generoso calificar como palacio.

Rodeado de espías de Napoleón y de Fernando VII, los últimos años de vida del Rey, bien secundado por su fiel servidor Manuel Godoy, estuvieron marcados por la falta de ingresos de su casa y por sus reiteradas peticiones para poder regresar a España.

José I, el Rey «intruso»

Durante las llamadas abdicaciones de Bayona, la corona pasó de mano en mano hasta llegar a la cabeza de José I, hermano del Emperador Napoleón. El pueblo ridiculizó al Rey «intruso» José I como un beodo, «Pepe botella», a pesar de que no tomaba gota de vino fuera de las comidas. El hermano de Napoleón afirmaba que «yo tengo por enemigo una nación de doce millones de habitantes, valientes y exasperados hasta el último punto. Se habla públicamente de mi asesinato pero no es este mi temor [...]. Las gentes honradas no están por mí más que los bribones».

Retrato de José I Bonaparte
Retrato de José I Bonaparte

La pesadilla española de José I terminó tras la derrota en la batalla de los Arapiles, el 22 de julio de 1812, cuando abandonó Madrid para ir a Francia. Salió de España definitivamente el 13 de junio de 1813 sin su valioso equipaje de joyas y obras de arte, que fue interceptado por las tropas de Wellington.

A mediados de 1814, José Bonaparte se trasladó a los Estados Unidos, donde se construyó una mansión en la propiedad denominada Point Breeze, situada en Bordentown (Nueva Jersey), gracias a la venta de joyas, como la Peregrina, una perla de tamaño y forma inusual propiedad de la Corona española, que llevó consigo una vez se marchó de Europa. Se cree que la joya terminó a su muerte en manos de Napoleón III, quien a su vez la vendió al marqués de Abercorn, cuya esposa la lució al menos una vez un baile en el Palacio de las Tullerías. Tras muchos vericuetos acabó en manos del actor Richard Burton, que la adquirió a mediados del siglo XX y se la regaló a su amada Elizabeth Taylor.

En 1841, José Bonaparte recibió autorización para instalarse en Florencia, donde murió tres años después y fue enterrado en París tras reclamar Napoleón III que se le sepultara a la derecha de su hermano en Los Inválidos de París.

El retiro parisino de Isabel II

El reinado de Isabel II fue una montaña rusa que, a pesar de todo, vivió la completa transformación social y económica del país. La Reina se pasó su reinado siembre bajo la amenaza de la caída de la monarquía, pero, a falta de consenso para buscarle una alternativa, ya fuera en forma de otra dinastía u otro sistema de Estado, permaneció en el trono cerca de 35 años, hasta el estallido de la Revolución Gloriosa en 1868.

Bajo la protección del emperador Napoleón III y de su esposa Eugenia de Montijo, Isabel se instaló en 1868 en el castillo parisino de Pau, la cuna de los Borbones que había visto nacer a Enrique IV de Francia, y luego se compró el pequeño palacio Basilewski, que la española rebautizó como de Castilla, situado en el número 19 de la Avenida Kléber. Su marido, Francisco de Asís, apenas llegó a poner un pie en dicha residencia y prefirió vivir a las afueras de París. Rey y reina acordaron su separación legal tras un intenso rifirrafe. En 1870, la Reina abdicó en la figura de su hijo, Alfonso XII, con el fin de allanar el regreso de su casa al trono de España.

Fotografiada de Isabel II, por J. Laurent hacia 1860.
Fotografiada de Isabel II, por J. Laurent hacia 1860.

Todo en la existencia de la Reina Isabel fue demasiado rápido, a excepción de su larguísima estancia en el exilio parisino, en la que llevó una discreta vida social. Incluso cuando se le permitió regresar a España lo hizo de forma puntual y en breves estancias. En París, con las aguas más calmadas, recibió la visita de uno de los mejores cronistas en la historia de España, Benito Pérez Galdós, que celebró con la Reina depuesta una entrevista en 1902 por mediación del embajador español en Francia.

«Pónganse ustedes en mi caso. Metida en un laberinto, por el cual tenía que andar palpando las paredes, pues no había luz que me guiara. Si alguno me encendía una luz, venía otro y me la apagaba...», le confesó la Reina al escritor sobre las graves dificultades a los que se enfrentó desde niña.

La fugaz estancia de Amadeo I

Tras la salida de Isabel II, las cortes eligieron como nuevo Rey a Amadeo de Saboya, hijo del Rey de Italia. La experiencia del nuevo monarca, hombre de impresionante porte con remanentes Habsburgo pero con pocas luces, fue terrible en los tres años que fue rey constitucional de España. La nobleza tradicional se decantó en masa por el retorno de los Borbones, mientras que los independentistas cubanos y los carlistas se encargaron de que Amadeo I no tuviera un segundo de tregua en su aventura española.

Hasta el 11 de febrero de 1873 duró el tormento de Amadeo de Saboya y su familia en España. Ese día el italiano renunció al trono con un discurso con más furia que ocho bombas atómicas:

«Dos años largos ha que ciño la corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada vez más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la nación son españoles, todos invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males».

«Dos años largos ha que ciño la corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada vez más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo»

El de Saboya se marchó con su familia a Turín a reanudar su apacible vida burguesa. Se reincorporó al ejército italiano y alcanzó el grado de teniente general. Murió a finales de siglo, con solo cuarenta y cinco años, por una neumonía agravada por los helados vientos alpinos.

La salida de Alfonso XIII

En la noche del 14 al 15 de abril de 1931, el Rey Alfonso XIII partió de Madrid hacia Cartagena al volante de su automóvil Duesenberg y desde allí zarpó para Marsella en el crucero Príncipe Alfonso de la Armada Española para trasladarse después a París. Al día siguiente le siguió la familia real. A su espalda se proclamó la Segunda República y el Gobierno provisional asumió el poder. Como cuenta el historiador Gabriel Cardona en su obra «Alfonso XIII, el rey de espadas» (Planeta, 2005), de París la Familia Real se tuvo que trasladar pronto a Fontainebleau por cuestiones económicas y por presiones del Gobierno francés, de cariz republicano.

El Rey Alfonso XIII asiste a la boda de Don Juan de Borbón en Roma con Doña María de las Mercedes.
El Rey Alfonso XIII asiste a la boda de Don Juan de Borbón en Roma con Doña María de las Mercedes.

El Rey permaneció en esa primera etapa de exilio largas temporadas en Irlanda y viajó a Austria, Egipto y la India. Con su mujer llevaba dieciséis años sin hacer vida marital, por lo que su separación definitiva no resultó traumática. Habitaron en ciudades separadas. La Reina Victoria Eugenia se instaló primero en Inglaterra, visitó Estados Unidos y solo regresaría una vez más a España, justo en el bautizo del actual Rey Don Felipe. Alfonso XIII no había abdicado, ni renunciado a la Corona, únicamente suspendido sus prerrogativas. «Soy y seré mientras viva el Rey de España», afirmó en el extranjero.

Alfonso decidió establecerse definitivamente en Roma en 1933, primero en la «Villa Titta Ruffo» y luego en el Grand Hotel, por el buen clima de la ciudad, la cercanía de los monárquicos y por las facilidades fiscales. Por sus problemas médicos, renunció Alfonso XIII como jefe de la Casa Real de España el 15 de enero de 1941 (apenas un mes antes de su muerte por complicaciones cardiacas).

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