Spain

Aaron Hernandez, el asesino y suicida que casi gana la Super Bowl de 2012

El Hard Rock Stadium de Miami acogerá el próximo domingo 2 de febrero la edición número 54 de la Super Bowl, que enfrentará a los Kansas City Chiefs y a San Francisco 49ers, y allí no estarán los New England Patriots, campeones en tres de los últimos cinco años (2015, 2017 y 2019) y subcampeones en 2018. Una dinastía liderada por Tom Brady, que tras veinte años en la franquicia de Massachusetts podría anunciar su adiós en las próximas semanas, y de la que pudo haber formado parte el tight end de origen puertorriqueño Aaron Hernandez, un asesino convicto y suicida que estuvo a 57 segundos de ganar la Super Bowl de 2012.

Aquel año, los Patriots llegaron con ventaja (15-17) al último minuto de su duelo contra los Giants, en parte gracias a un touchdown de Hernandez al poco de comenzar el tercer cuarto, pero una anotación in extremis de la franquicia de Nueva York culminó la remontada (21-17) y consumó el cuarto Vince Lombardi de la historia de los Giants.

A sangre fría

La decepción en los Patriots no evitó que meses después, y con tan solo 22 años, Hernandez prolongara su contrato con los New England por seis temporadas, a cambio de más de cincuenta millones de euros. Aaron era ya un prometedor jugador de fútbol americano con una envidiable carrera por delante en el mejor equipo de Estados Unidos, pero también se iba a convertir en un asesino cuando la madrugada del 16 al 17 de junio de 2013 acabó de cuatros disparos con la vida de Odin Lloyd, un jugador semiprofesional, novio de la hermana de la prometida de Hernandez y amigo personal del propio Aaron.

Aaron, tras ser detenido en la puerta de su casa el 26 de junio de 2013
Aaron, tras ser detenido en la puerta de su casa el 26 de junio de 2013

Su vertiginoso ascenso a lo más alto de la NFL y su rápida caída a los infiernos lo retrata Netflix en 'Aaron Hernandez, la mente de un asesino', un brillante minidocumental de tres episodios estrenado la semana pasada. En él, se detalla como el futbolista norteamericano llegó a ser uno de los mejores alas ofensivas del fútbol americano universitario, formando parte de los Gators de Florida, pero a la vez un adolescente criado bajo la tutela de un padre estricto, alcohólico y violento que, paradojicamente, fue el guía de su vida hasta su repentina muerte en un quirófano por una cirugía rutinaria, cuando Aaron solo tenía 16 años: «Hice todo lo que pude para tener una buena vida, pero no funcionó. ¿Qué más podría haber hecho?», se lamenta Aaron en una llamada desde la cárcel a su asistente personal Ryan McDonnel.

Su caso, con connotaciones muy similares al de O.J. Simpson, sacudió a Estados Unidos y al mundo de la NFL, y hoy sigue muy presente por todo lo sucedido desde entonces. Su escondida y reprimida homosexualidad; la complicada relación con su madre -«te vas a morir sin ni siquiera conocer a tu hijo, eso es lo más loco de todo», le llegó a decir en una conversación telefónica desde prisión-; sus malas compañías con personas del narcotráfico y el crimen; o la íntima relación que mantenía con su prima Tanya Singleton (a la que realmente consideraba como su progenitora), gravemente enferma de cáncer y fallecida poco después de ser declarado culpable de homicidio, son algunos de los asuntos escudriñados en este minidocumental en el que se negaron a participar ninguno de los familiares de Aaron, inclusive Shayanna Jenkins, pareja, madre de su hija, y la única persona de su entorno que, aparte de su mencionada prima, siempre se mantuvo a su lado.

Exoneración y suicidio

El 19 de abril de 2017, solo cuatro días después de que Aaron Hernandez fuera exonerado de otra acusación de doble asesinato, el ya exjugador de fútbol americano se suicidó en su celda del Centro penitenciario Souza Baranowski de Shirley (Boston), ahorcándose con una sábana. El juicio por el homicidio de Odin Lloyd sacó a la luz otro caso que estaba sin resolver, el de las muertes de dos inmigrantes de Cabo Verde, Daniel de Abreu y Safiro Furtado, matados a tiros a las puertas de una discoteca en Boston, en julio de 2012.

Aquel doble homicidio tan extraño sobre dos personas sin ningún tipo de antecedente criminal, delictivo, o de drogas, nunca puso esclarecerse hasta que Alexander Bradley, llamado por la Fiscalía a declarar en el juicio de Odin Lloyd, reveló que aquellos dos hombres africanos fueron matados a tiros por Hernandez, enfadado después de que uno de ellos le derramara de manera involuntaria una copa en la discoteca. La excelente defensa del reputado abogado José Báez logró convencer al jurado de que no había pruebas suficientes para condenar a Aaron, que fue declarado no culpable de homicidio.

Hernandez dejó una nota antes de suicidarse en las que, entre otras reflexiones, solicitaba a su pareja, familia y a su defensa que donaran su cerebro a la ciencia, decisión que desveló el último capítulo de su frenética y compleja vida. Ann McKee, experta en neurología de la Universidad de Boston, presentó un demoledor informe en el que quedaba patente que Hernandez sufría CTE, encefalopatía traumática crónica, la famosa enfermedad degenerativa que tanto daño está haciendo a la reputación de la NFL: «Era el caso más grave jamás registrado en una persona de la edad de Aaron. El deterioro de sus lóbulos frontales, claves en el comportamiento y toma de decisiones de un ser humano, era propio de una persona de 60 años», sentenció el estudio científico que sellaba para siempre la vida de Aaron Hernandez, el asesino convicto y suicida que estuvo muy cerca de ganar una Super Bowl.