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“A menudo los escritores hablan como si todo el mundo tuviese acceso a la cultura”

La protagonista de El lunes nos querrán (Destino) crece en “la periferia de la periferia” barcelonesa condenada por todos a vivir “entre dos mundos” por el origen marroquí de su familia, aunque su mundo es uno: el barrio. Najat El Hachmi (Nador, 1979) ganó el último Premio Nadal con este relato sobre los corsés a los que el personaje se enfrenta por su condición de mujer, por su origen, por su clase social y por su calidad de amiga, esposa, amante, madre e hija. El próximo 3 de marzo a las 16:30, la autora presentará esta obra en la Biblioteca Cánovas del Castillo (Centro Cultural MVA), en Málaga, en conversación con Cristina Consuegra; y el día 4, a la misma hora, hará lo propio en la Fundación Tres Culturas de Sevilla en compañía de Alejandro Luque

-¿Cómo fue la escritura de El lunes nos querrán, más parecida a una selección de testimonios y momentos recogidos por su parte o a un aluvión creativo?

-En mi caso, la escritura es un continuo que nace de mi contacto permanente con otras personas en contextos sociales bien definidos. Es un proceso que tiene que ver con la observación de la realidad, la reflexión en torno a la misma y, finalmente, la concreción de todo eso en la novela. Lo que pasa es que la perspectiva que tomas en cada caso es distinta. Como escritora, tengo la sensación de ir cada vez más allá, de afinar cada vez más en ese proceso, en parte porque he podido conocer a muchas mujeres que se parecen a las protagonistas de mis historias. He escrito sobre personajes de carne y hueso que en muchos casos, la verdad, no sé si me habrán leído, aunque cada vez son más las mujeres de origen marroquí dispuestas a contar sus propias historias con mucha, mucha generosidad. A partir de ahí, se trata de encontrar elementos comunes en esas vivencias y trenzar el relato con una aspiración lo más universal posible.

-En la novela se da la paradoja de que los personajes son considerados a menudo extraños y al mismo tiempo son muy cercanos: viven aquí, en el barrio.

-En la consideración de estos personajes como extraños tienen mucho que ver las historias que se cuentan, quién las cuenta, quién puede escribir y quién es capaz de hacerlo con cierta repercusión. Es una cuestión de poder. A priori, todo el mundo puede escribir. Sin embargo, el acceso a la cultura es todavía muy complicado y está lleno de condicionantes. No hay más que comprobar quiénes son reconocidos habitualmente como grandes escritores. Para muchos, las mujeres escritoras constituimos aún una especie de subcategoría, por mucho que las cosas estén cambiando aunque sea por la evidencia de que ya somos más.

-Si su novela es una historia de superación en la que una mujer decide enfrentarse a los corsés impuestos, ¿en qué medida la literatura es otro corsé, otro instrumento para la segregación?

-También puedes verlo por el lado contrario. La literatura te permite poner sobre la mesa a personajes y situaciones que, de otra manera, tal vez el lector no llegaría a conocer nunca. La literatura tiene el poder de transformar la mirada sobre el mundo, y siempre podemos aprovecharlo. El problema es cuando este poder se utiliza para perpetuar la misma mirada, para representar a quien siempre se ha visto representado; entonces, ese poder transformador queda anulado. Es importante reivindicar que la sociedad, y la vida misma, son fenómenos mucho más complejos que lo que anuncian las listas de los libros más vendidos. Es cuestión de decidir qué mundo quieres proyectar en tu obra.

"En muchas librerías encuentro aún mis novelas en las secciones de literatura traducida o internacional”

-En Francia es habitual encontrar a creadores de origen magrebí reconocidos por su aportación cultural y con capacidad de llegar a públicos amplios. ¿Por qué cree que en España esto constituye todavía una excepción?

-En España hay una cierta tendencia a observar como singulares fenómenos en otros países cuando al mismo tiempo se están dando también aquí. Cuando alguien, por ejemplo, hace una declaración contundente contra el racismo en EEUU, no faltan manifestaciones de admiración, pero es que aquí en España hay mucha gente luchando contra el racismo con una resonancia menor. Convendría partir de la base de que publicar una novela o rodar una película no es fácil, en general, ni aquí ni en Francia. Pero para avanzar sería fundamental que dejaran de considerarnos de una vez autores extranjeros a quienes somos, por ejemplo, de origen marroquí. Todavía me encuentro mis novelas en las secciones de literatura traducida o literatura internacional en muchas librerías. Demasiadas veces no se nos considera autores propios, constituimos una especie de clasificación aparte, casi una anécdota. Pero hemos crecido aquí, muchos de nosotros han nacido aquí, no tenemos otro sitio al que volver, nuestro sitio es éste. A mí, como escritora, no me interesa Marruecos, sino mi país, que es en el que vivo. En esto es fundamental la educación. Insisto en esto: a menudo los escritores hablan como si todo el mundo tuviera acceso inmediato a la cultura, pero esto no es cierto. Mucha gente necesita a alguien que les abra las puertas, que les descifre los códigos propios de la cultura. Si no aportamos las herramientas necesarias, será muy difícil que en determinados ámbitos una niña pueda imaginarse en el futuro como escritora, como investigadora o periodista.

-¿Esa dificultad del acceso a la cultura tiene que ver con la prolongación de un prisma colonial?

-En ese sentido hay dos estereotipos bien definidos. Por una parte está el racista, que te excluye directamente; y, por otra, está el buenista que te señala los moldes a los que debes adaptarte para integrarte en la sociedad y que, muchas veces, no tienen nada que ver contigo ni con la realidad misma, que es por lo general compleja y contraria a los estereotipos.

-¿Es optimista respecto a la superación de ambos estereotipos?

-A día de hoy, no. Estamos viendo un resurgir de actitudes que creíamos ya enterradas. Se están poniendo en duda logros sociales que estaban fuera de cuestión desde hacía ya años. En consecuencia, no nos corresponde sólo trabajar y avanzar, también defender lo que ya habíamos conseguido. Y eso es desmoralizador. Estamos encontrando adversidades muy complejas y difíciles de superar para las mujeres, para los que somos considerados los otros. Creo, sin embargo, que a la larga el mundo tendrá que cambiar hasta abrazar la justicia. Porque cuando hablamos de igualdad nos referimos, exactamente, a la justicia.

-Más allá de la literatura, ¿le convendría a la política y a la economía tomar más decisiones desde el barrio y su realidad?

-Sí, bueno, ya estamos acostumbrados a que en campaña electoral todo el mundo hable del barrio y luego, a la hora de la verdad, nadie haga nada por resolver sus problemas. Eso explica también la elevada abstención en las últimas elecciones catalanas, donde, precisamente, la abstención fue más acusada en los barrios y en las periferias de las ciudades. En estas zonas, la gente ya no se siente representada. Y no sé qué razonamiento siguen los políticos para actuar así, pero lo que sí sé es que su actitud acarrea un coste que ya está pasando factura. Como sociedad, nos jugamos mucho más de lo que parece a simple vista. El hartazgo no deja de crecer y las consecuencias también son evidentes.

-¿Se siente, como escritora, parte de alguna tradición literaria, o al menos de alguna influencia?

-No, no me siento parte de nada en ese sentido. No me gusta hablar de influencias porque el impacto que pueda causarme un libro no tiene por qué percibirse en mi escritura. La lectura me permite añadir instrumentos, claro; pero no me paro a comprobar cómo.

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