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5-A: Guía de precampaña

Tras el acuerdo in extremis de la izquierda rupturista para reeditar una coalición mezclando comunistas, morados y unos pocos nacionalistas, el tablero parece ya dispuesto de cara a la cita electoral del 5 de abril, y todos se han ido quitando la careta para que los veamos al natural. La izquierda y el nacionalismo dividirán sus votos entre tres formaciones, aunque todos tengan la pretensión de acabar compartiendo cama si el PP pierde la absoluta; y el centro-derecha se fía a Feijóo y su capacidad para convencer a este electorado de que o se le vota a él, o la disgregación del voto regalará a Galicia un multipartito. Incluso para los más acérrimos a Vox, Feijóo se presenta como su mal menor frente a la alternativa de PSOE, BNG, Podemos, Anova, Esquerda Unida...

Todos los partidos han ido tomando posiciones. La del PPdeG ha resistido incluso la tentación de Génova de querer marcar directrices respecto al entendimiento con Cs. Si los naranjas quieren acuerdo será con las reglas que fije Feijóo, y no se le regalarán puestos de salida, como ansían desde Ciudadanos. Galicia no será el País Vasco, y las listas no vendrán hechas por Génova. Hay demasiado en juego como para perder el tiempo con tensiones internas. Casado asume que, en su territorio, Feijóo marca discurso, estrategia y diseño de campaña.

El centro-derecha juega, ahora más que nunca, a ser contención y moderación frente a sumas imposibles en la izquierda. Contra las posturas de los extremos —incluida la de Vox—, galleguismo integrador y centralidad política. El candidato mantiene, encuestas en mano, una buena valoración general de la ciudadanía y su gestión no es especialmente contestada, sobre todo ahora que emerge como el contrapeso a un Gobierno Sánchez más preocupado por reencontrarse con Cataluña que por solucionar problemas reales en Galicia.

Y esta es precisamente la estrategia de la izquierda, negar los dos valores que se le han atribuido a Feijóo desde que llegó a la Xunta: su fama de buen gestor y la honradez de su gobierno. La primera es atacada por la gestión sanitaria, que tendría su razón si fuera una situación coyuntural de Galicia y no un empeoramiento estructural de la sanidad pública en toda España. Pero como hay quienes no ven más allá del Padornelo por dogmatismo —BNG— u oportunismo —PSOE—, se hace recaer en la Xunta todo el peso del conflicto sanitario, cuando la realidad no es el apocalipsis que se retrata, y depende más del Ministerio de Sanidad que del Sergas.

La cosa de la corrupción es todavía más chusca. Gonzalo Caballero se ha visto a sí mismo resucitando a la desesperada el caso Gürtel para ver si consigue enfangar a Feijóo con hechos enjuiciados por un tribunal y que en nada afectaron al PP gallego. Y como aquello no funcionó del todo, además de inventarse una encuesta con la que dormir mejor por las noches y soñar con ser presidente, llegó lo de Pemex.

Resulta que el pecado de Feijóo fue encontrar un inversor para un astillero quebrado por la mala gestión de los amigos del alcalde de Vigo que, además, traía no solo un flotel —reduccionismo estúpido— sino solvencia para no cerrar y seguir asumiento nuevos encargos. El inversor no era un opaco jeque ni un oligarca eslavo, sino una empresa pública mexicana.

Ahora resulta que es culpa de Feijóo que los dirigentes de la empresa inversora estén siendo investigados por corruptos. Haría bien la oposición, si tiene el más mínimo indicio de actuación irregular de la Xunta, en presentarse ante un tribunal y denunciarla para que los gallegos sepan la verdad. De lo contrario, estarán limitándose a ensuciar el terreno de juego, eso que tantas veces le afearon al PP porque es «política sucia». Conste que hay avances: en 2012 el PSOE afirmaba que los floteles no existían; ahora la izquierda reprocha que «solo se hicieran dos floteles».

Esto es, sin duda, de lo que va a ir buena parte de la precampaña —e incluso la campaña— de la izquierda: sembrar de descrédito la década de Feijóo al frente de la Xunta y vender esperanza como alternativa. Claro que esa esperanza, en el caso del PSOE, está hipotecada por la sumisión de Caballero a Sánchez, llegando a tachar de «confrontación» todo lo que no sea agachar el lomo a las directrices de Moncloa y Ferraz.

¿Y qué cara va a enseñar el BNG? ¿La que firma manifiestos por autodeterminación junto a Esquerra, Bildu y JxCat, y se declara abiertamente soberanista? ¿La que suaviza su posición con una candidata como Ana Pontón, que deja atrás reivindicaciones extremistas por puro tacticismo? ¿O la que presume de obtener réditos para Galicia en el Congreso que luego no son tal y que por el camino se olvida de los 370 millones de euros de deuda del Gobierno con la Comunidad?

Poco espacio le queda a Galicia en Común: la gestión del Ejecutivo la va a rentabilizar el PSOE, y el discurso nacionalista regresa a su casa grande, el Bloque. Ni siquiera el hipotético tirón de Martiño Noriega parece suficiente para revitalizar una «unidad popular» muy venida a menos por errores propios.